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Biblioteca de familias

attilio bruschetti y las cartas a un explorador

En la pasada exposición celebrada en la Casa de la Cultura de Xàtiva para celebrar el centenario de la presencia del movimiento scout en la capital de la Costera, echamos de menos alguna referencia más a la ciudad, y sobre todo, algún recuerdo a los primeros exploradores locales, o en el apartado bibliográfico, a una obra referente para este movimiento reformista de la sociedad de su tiempo, que tuvo gran divulgación en la Xàtiva de los años veinte y que fue una lectura de juventud de nuestros bisabuelos. Se trata del libro titulado Ciencia Práctica de la Vida, escrita por el mecenas Attilio Bruschetti en aquel año de 1914, y que constituye en mi opinión la versión autóctona del manifiesto fundacional del escultismo mundial, publicada por el militar Robert Baden Powell en 1908, con el título de Escultismo para muchachos.

Para el neófito en estas cuestiones diremos que el escultismo propone un modelo educativo basado en la realización de actividades lúdicas en contacto con la naturaleza, donde el niño pudiese desarrollar valores humanos de compañerismo y solidaridad a través de la convivencia entre iguales, con el objeto de sembrar la semilla que convirtiese a los púberes y adolescentes en futuros buenos ciudadanos, que antepusiesen el bien común al interés individual, para crear un mundo mejor, menos egoísta y más solidario, e intentar así llevar a la práctica lo que tanto se ha predicado de palabra a lo largo de la historia.

Por la prensa de la época sabemos que la Primera Asociación de Exploradores de Xàtiva vino a oficializarse allá por el año de 1914, cuando ya llevaba dos años de actividades. Así su primera junta directiva estuvo constituida por el militar Isidoro González, el introductor del movimiento, el empresario Ricardo Sanz, los sacerdotes Gonzalo Viñes y José Garí, el médico Ernesto Sanz, y el periodista Alejandro Sanz. Ellos aportaron el capital y la organización para el desarrollo de actividades educativas relacionadas con la naturaleza, al tiempo que Bruschetti se encargó de insuflarle una filosofía de vida a través de la edición de aquella obra en la que a través de una serie de cartas explicaba las características de lo que debía ser un joven explorador, pasando por las diversas etapas del desarrollo humano, desde la niñez, a la época adulta. Llegó a publicar 25.000 ejemplares desde la editorial barcelonesa de A.Roch, todas ellas repartidas gratuitamente a lo largo de buena parte del país, por deseo expreso del autor que las financió de su bolsillo, en tres grandes tiradas. La primera en 1914, la segunda en 1920, y la tercera en 1921.

Xàtiva le debe mucho a Bruschetti, un mecenas italiano asentado a finales del siglo XIX, junto a su esposa Carmen Pérez, y que vivió a caballo entre Barcelona y la capital de la Costera. Invirtió buena parte de su fortuna en Xàtiva fomentando el urbanismo, la música, el arte, la caridad y la educación de los niños, de la que siempre defendiera al escultismo como movimiento de renovación pedagógica, capaz de forjar una humanidad nueva, en la que mente y cuerpo se equilibraran a través de la educación moral, que cultivase el espíritu de entrega a los demás y de ayuda al débil, la intelectual que se cimentase en conocimientos prácticos y no en aprendizajes memorísticos ni huecas erudiciones sin ninguna utilidad social, y la de la actividad física, que cultivara la salud en armonía con el músculo del intelecto.

Y todo bajo la influencia del estallido de una Primera Guerra Mundial, de la que también se celebra el centenario, y del horror de la mayor de las barbaries, quiso Bruschetti construir un mundo nuevo, que acabara con la civilización anterior, corrompida, ambiciosa y materialista, para en su opinión dar el salto hacia otro mundo mejor, más altruista y espiritual. Pensaba que el hombre había aprendido una gran lección, y que la sangre derramada tan inútilmente, daría paso a una nueva civilización, que renovase la ciencia, la política, las relaciones sociales, el arte y la religión. Se equivocó totalmente, y en su idealismo, tuvo la suerte de morir para no ver el ascenso del fascismo, que viniera de nuevo a repetir los horrores de una nueva guerra mundial aún peor que la anterior, y en España, la peor de las guerras civiles, que degeneró en una dictadura que condenó su filosofía de raíces teosóficas, pero profundamente cristianas, y convirtió el escultismo en un movimiento paramilitar, ultranacionalista, y de culto a la violencia, justo en la línea contraria de lo que Bruschetti y los primeros exploradores quisieron construir. Hoy se le presenta, cien años después, una nueva oportunidad al escultismo para recuperar aquel mensaje de regeneración ante un mundo que vuelve a pecar de corrupción, ambición y materialismo, donde el interés individual pesa más que el del bien común.

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