14 de julio de 2018
14.07.2018

XÀTIVA CONTRA LOS BONAPARTE

13.07.2018 | 23:24

nos situamos en el tórrido verano de 1813. Tiempo en que Xàtiva y el Reino de Valencia se hallaban en plena guerra contra el francés, o de la Independencia. Un siglo después de la conquista y exterminio de Xàtiva por las tropas de Felipe V en las duras jornadas de 1707, los franceses venían de nuevo a la ciudad pero esta vez no en nombre del absolutismo monárquico, sino del liberalismo. Hoy Francia celebra la toma de la Bastilla, y el inicio de la Revolución Francesa que llevó al imperio napoleónico. Lo que es motivo de orgullo para la nación gala, constituyó fuente de decadencia y sufrimiento para España, y la capital de la Costera optó por dos veces no resistirse a las hordas infames del tirano europeo, como definían los setabenses a los ejércitos de Napoleón, según el reciente facsímil publicado por Ulleye, que reproduce el folleto impreso para celebrar la proclamación de Fernando VII, tras la victoria en la guerra de Independencia.

El liberalismo, con su laicismo, sus derechos inalienables, la abolición de privilegios de nacimiento y la consolidación de las libertades en base al trabajo y el esfuerzo individual nacía en los Estados Unidos, proseguía en Francia, y se extendía por Europa mediante la fuerza bruta. Napoleón pensaba introducir la nueva fe en España, poniendo como rey a su hermano José Bonaparte. Xàtiva, como el resto del país, siguió fiel al hijo de Carlos IV, ajena a las miserias de la vergonzosa abdicación de Bayona y deseando el regreso de Fernando VII, al igual que los diputados concentrados en Cádiz, que aprovechando la coyuntura bélica, redactaban la primera constitución de España, en la que la península ya no sería una suma de reinos habitados por súbditos sino una nación católica y monárquica, pero con los poderes limitados. Y no sometida a la arbitrariedad sino al imperio de la ley, que reinaría sobre una ciudadanía repartida por ambos hemisferios

En agosto de 1811, el general Suchet inició la ofensiva para la conquista del Reino de Valencia. Xàtiva, como segunda ciudad del reino, se preparó para la resistencia solicitando al numeroso clero regular y secular que se prestase a fabricar cartuchos, y a la ciudadanía a hacer acopio de víveres. Mientras, se colgaba en el salón de plenos un enorme cuadro de Fernando VII encargado por las autoridades en 1808. Y la sociedad civil costeaba un nuevo altar para homenajear a la Santísima Virgen de la Seo, patrona de la ciudad. Pero el hostigamiento de los franceses hizo postergar las fiestas de proclamación; la real y la religiosa

Desde Cádiz llegó la magnífica noticia de que el diputado setabense Joaquín Lorenzo Villanueva había conseguido que Xàtiva restituyese su nombre y dejase de ser conocida como San Felipe. Pero llegaron también malas nuevas del frente de guerra. Suchet era el nuevo D'Asfeld, saqueaba, incendiaba, y mandaba al paredón a todo el que se le resistía. Xàtiva no quería repetir los horrores de 1707, y todo hacía pensar en una rendición incondicional. Nadie quería ver correr la sangre, ni quemada la efigie de Fernando VII ni guillotinada la imagen de la Patrona, dado el fuerte anticlericalismo que anidaba en aquellos ejércitos acostumbrados a la violencia gratuita.

Agustín Gosalbo gestionó la capitulación, y a cambio de respeto y jurar sumisión y fidelidad a José I, la ciudad abrió sus puertas sin pegar un solo tiro. El coronel Delort hizo entrada triunfal en Xàtiva con todos los setabenses metidos en sus casas. Contentos los franceses, no asaltaron iglesias, ni saquearon casas, y mantuvieron en el poder a la oligarquía de siempre, a los nietos de aquella nobleza botifler como los Cebrián, Llaudés, Llinás o Alarcón, y acabaron acogiendo en sus palacios al estado mayor francés. El general Suchet y el rey Bonaparte tuvieron el honor de pernoctar en Xàtiva en el palacio de Alarcón, no sin antes descolgar del consistorio el cuadro de Fernando VII, que con mucho respeto se lo agenció el coronel Delort, como si fuera de su propiedad, para enviarlo a Valencia como regalo personal al barón de Andilla.

Xàtiva se convirtió en una ciudad de retaguardia; un gran centro de operaciones desde donde se organizó la campaña militar contra el resto del sur del Reino. La ocupación duró desde enero de 1812 hasta el 11 de junio de 1813, momento en que se retiraron momentáneamente, por cuestiones de estrategia bélica, para volverla a ocupar el 26 de aquel mes, hasta principios de julio, momento de la liberación definitiva. Pensando que los franceses ya no volverían, Xàtiva se acogió a la legislación de Cádiz, y nombró una ayuntamiento constitucional interino dirigido por Vicente Diego, que se marcó como objetivo mantener el orden y seguir abasteciendo a los soldados y partidas guerrilleras que se enfrentaban a los galos. Pero poco más pudo hacer porque a los pocos días, los generales Harbert y Suchet decidieron volver a Xàtiva, y como en la primera ocasión, el gobierno ahora liberal abrió de nuevo las puertas, y el alcalde constitucional, Vicente Diego, decidió alojar a Harbert en su casa de la calle Moncada, para evitar de nuevo el desastre. La segunda ocupación sólo duró hasta el tres de julio, momento en que los franceses ya se retiraron definitivamente.


Fervor en Xàtiva

Recuperada la paz, se decidió celebrar la victoria con una gran fiesta de tres días para dar la bienvenida al deseado Fernando VII, rey al que el pueblo pensaba que Napoleón había tenido secuestrado en un calabozo cargado de cadenas. Nada más lejos de la realidad. De los festejos realizados se publicó incluso un pequeño opúsculo. Las festivas demostraciones de gratitud se desarrollaron durante cuatro días, del 21 al 24 de octubre de 1813. Y, la misma, no se hizo sin antes recuperar el cuadro de Fernando VII, que se convirtió en icono de culto al mismo nivel que la Patrona de Xàtiva, siendo escoltados ambos por una guardia de corps ataviada con un traje diseñado para la ocasión que llevaba cosido en lugar bien visible el lema: unión, patriotismo, y religión. En menos de un año, Fernando VII abolió la Constitución de 1812, volvió al absolutismo, envió a Joaquín Lorenzo Villanueva al exilio, y generó otra guerra, ya sin franceses y sin la dinastía Bonaparte por el medio.

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