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Cómo está el patio

Se inicia el curso escolar y continua el Bruschetti esperando que se haga realidad el proyecto elegido por la ciudadanía en los presupuestos participativos de hace ya demasiados años. En el Pla de la Mezquita sueñan con su nuevo centro, cada vez más cerca. Siguen preocupados en el Teresa Coloma por una propuesta que no les satisface en absoluto y están dispuestos a experimentar la jornada continua en el Martínez Bellver o el Jacinto Castañeda. Celebra, porque el tiempo pasa veloz, sus diez años el renovado Gozalbes Vera.

Hay cosas que cambian aunque otras permanecen inmutables. Como los patios de los colegios. Siempre fueron un espacio ruidoso, un sitio para jugar, para relacionarse, altamente emocionante por el riesgo de sucumbir ante un balonazo. Porque, ciertamente, el patio del recreo estaba siempre dominado por el campo de fútbol y esa chavalería que, amando el fútbol por encima de cualquier deporte ,lo practicaba con devoción infinita. En los bordes del patio, pegaditas a las paredes, bien enseñadas a no traspasar las fronteras invisibles que marcan el terreno de los chicos, las chicas se dedican a sus ocupaciones. Sus juegos son diferentes y se adaptan a la fuerza al espacio disponible. Es evidente que su posición es subordinada a las necesidades de otros. Y ahí se planta la semilla de la desigualdad.

Quienes se aferran a esa malhadada creencia que mantiene que lo que siempre ha sido así no tiene porqué cambiar, despreciarán la cuestión. Habrá quien considerarán que es un tema menor, una forma de rizar el rizo, de dar importancia a cosas que no la tienen y se negarán a analizar la realidad desde un punto de vista coherente con todas esas expectativas que se depositan en la educación como herramienta para cambiar el mundo. Y, sin embargo, es tan cierto como que el sol sale cada día que, cuando se habla de desigualdad y de violencia machista se reivindica siempre, hasta el aburrimiento, que es en la educación donde todo empieza. Todo, desde la educación sexual a la educación vial, pasando por la correcta nutrición o la ecosostenibilidad, se encomienda a un sistema educativo que ante la impotencia generalizada, cambia a la velocidad de un caballo de mármol.

Tal como está el patio político, más revuelto y caótico que el de cualquier centro escolar, no parecen probables cambios legislativos. Así que nos seguimos comiendo la LOMCE, una ley educativa bastante necesitada de revisión y actualización por no decir derogación. Sin embargo, en la espera, se podrían adelantar iniciativas renovadoras en un tema cotidiano e importante como es el funcionamiento de los patios escolares, lugar en el que nuestra gente menuda pasa unas 525 horas al año, tiempo más que suficiente para aprender formas de relacionarse desde el respeto y desaprender otras que ojalá todos fuéramos capaces de olvidar.

Una iniciativa pendiente

Hay proyectos muy bien trabajados, que redistribuyen zonas, diferencian entornos y democratizan esos espacios para que todos y todas puedan jugar. Que reservan zonas para juegos de pelota, que nadie trata de prohibir, pero estableciendo otras para el sambori, el tres en raya, las chapas... sin pretender nunca asignar zonas por sexos, sino al contrario, fomentar la convivencia enriqueciendo su ocio desde el reconocimiento de la igualdad. Según la Conselleria de Educación un 10% de los centros (unos 600) cuentan con patios inclusivos y coeducativos. En Xàtiva, el porcentaje es de un 0%. Quizás podría ser un solidario y coherente objetivo de ciudad trabajar entre todas las partes implicadas „ayuntamiento, claustros, familias„ por un recreo sin discriminaciones ni conflictos, donde las criaturas aprendieran a convivir y compartir un espacio común de gente diversa.

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