02 de noviembre de 2019
02.11.2019

DE LÁPIDAS, DIFUNTOS E HIJOS ILUSTRES de xàtiva

01.11.2019 | 22:06

en estos días festivos, el cementerio de Xàtiva es uno de los lugares más visitados para rendir homenaje a los antepasados. Las necrópolis siguen siendo los mayores monumentos a la memoria que existen, y la principal razón motivadora del nacimiento de esta biblioteca de familias, enemiga del olvido, y en la que intentamos resucitar a los difuntos. Muchas lápidas, panteones y tumbas nos dan pistas sobre el final de una existencia, para iniciar las indagaciones que nos lleven a reconstruir biografías en el contexto de las familias que les dieron el bien más preciado. Uno con el paso de los años, tiene más conocidos entre los muertos, que entre los vivos.

Pero además de espacios de memoria, los cementerios son también museos de arte funerario. Muchas lápidas tienen una bellísima simbología que nunca debería perderse. Lápidas como las de Simarro o Bolinches intentan reflejar artísticamente lo que fueron en vida, o la del patriarca de los Soldevila, Tomás Soldevila Grau, al que se añadió posteriormente su nieto, Cándido Soldevila Chocomeli, para plasmar el drama de la muerte del neonato, con ese reloj de arena alado que asciende a los cielos, mientras abre un pergamino rodeado de un círculo de flores esculpidas sobre una blanca lápida, en cuyo centro rezan los nombres de sus eternos moradores, con especial atención al pequeño Cándido, quien nació para morir el mismo día.

La muerte del inocente fue siempre una constante hasta hace cuatro días, con aquellos altísimos índices de mortalidad infantil, que tienen su reflejo en el campo santo setabense, con la foto de algún niño durmiente entre lápidas blancas, símbolo de la pureza de un bebé al que el médico asistente al parto, bautizara de urgente necesidad para librarle del injustísimo pecado original. Era muy corriente la muerte del recién nacido, como el caso de Cándido, y también la de inmortalizar el eterno descanso antes del sepelio, e incrustar posteriormente la imagen en la lápida.

También la cultura de la imagen ha desplazado la tradición de esculpir en medio o bajos relieves, con alegorías a los ángeles de largas trompetas, al dolor de la Virgen, o a la Pasión de Cristo, con cruces envueltas en sudarios. La tradición escultórica de los talleres de los Bolinches, Aragonés o Mompó, entra en decadencia para dejar paso a las nuevas tecnologías, y convertir las lápidas en negras pantallas donde retratar les espacios en los que se disfrutó de la vida, ya sea algún rincón de Xàtiva, como el Castillo o la Seo, el amado Bixquert o cualquier otra residencia de recreo. Y a ser posible, en algunos casos, rematados con un epitafio de cosecha propia.

Y si uno desea enterrarse en familia, y dispone de liquidez, adquiere un panteón, tradición cada vez más en desuso, y se suele optar por agrupar nichos, y si no se puede, se piensa en la incineración para compartir lecho mortuorio con el ser querido. Y si no se desea tener eterna sepultura, uno puede llevarse las cenizas a casa, o esparcirlas por los espacios más relevantes que marcaron la vida del difunto. Opción más barata y humilde, para aquellos que no deseen tener un espacio de memoria, el cual por cierto acabará desapareciendo con el paso de las generaciones, siempre que no alcance la categoría de ilustre y el derecho a aparecer en los libros de historia.

Aunque la muerte en teoría nos iguala a todos, Xàtiva imitando a otras grandes urbes, ha querido tener un espacio reservado a los personajes más relevantes de la historia local. Intención que, junto también a las reformas que acabaron con otras tumbas, ha generado polémica. La ciudadanía se sigue preguntando qué criterios se siguieron para declarar a once setabenses como personajes ilustres que merecen un espacio reservado en la casa de todos los que quieran ejercer su derecho a tener una sepultura digna.

Encabeza la lista el arquitecto frai Vicente Cuenca Pardo. Su mérito fue el de ser arquitecto de la Colegiata. Por orden cronológico les seguirían Serapio Artigues Sonsolí, Juan Morcillo Olaya y Jaime Garí Fabregat. El primero, fundador de la Botica Central y máximo exponente de cuando las farmacias eran fábricas de remedios. Morcillo fue precursor de la inspección sanitaria de todo tipo de carnes. Debe estar revolviéndose en su tumba al ver cómo aquel Matadero, por el que tanto luchó, ha desparecido de Xàtiva. A Jaime Garí se le atribuye la creación del armazón de la primera falla de Xàtiva, que se levantó en la plaza de la Trinitat, frente a su taller de carpintería. A pesar de la importancia histórica de los Garí, el humilde fuster ha pasado de ser un completo desconocido a alcanzar la condición de ilustre en un tiempo récord, casi dos siglos después de su muerte.


Controversia. Y siguiendo en el mundo fallero, es ilustre también Blai Bellver, autor intelectual de la sátira fallera, creador del primer llibret e histórico impresor, al que le acompaña uno de sus descendientes, Enrique Martínez Bellver, al que se le atribuyó su condición de ilustre por la generosa donación realizada para levantar una escuela. Los Bellver suman dos, al igual que los Sarthou, que cuentan con Carlos, por los méritos sabidos, a los que se suma increíblemente su hija Lidia por su condición de bibliotecaria. Nos preguntamos si ejerció el cargo público sin cobrar para poder atribuirle algún mérito y así entender el logro de tan alta distinción. Doblete que suma también la sociedad musical La Vella, donde han alcanzado también la condición ilustrada Antonio Torres Caballero y Ramón Fayos Segarra, lo que constituye también un agravio comparativo con respecto a la Nova, que también cuentan con una gran cantera de directores y compositores. Y, por último, encontramos a José Romero Soldevila como personaje más significativo, extraído de la cultura política conservadora, y que fue jefe de dicho partido, y alcalde de Xàtiva en numerosas ocasiones. Lo que supone, a su vez, otro agravio comparativo, por lo que respecta al resto de ideologías, ya que muchos de sus protagonistas, fueron también alcaldes en repetidas ocasiones.

Salimos del cementerio de Xàtiva pensando en lo poco que sabemos de muchos de sus muertos, y en la curiosidad que nos despierta investigar sobre ellos, de cuanto ha cambiado la forma de concebir las lápidas, y de que muchos de estos ilustres perderán con el paso de los años tal condición, al ser excesivo el homenaje recibido en relación a los méritos contraídos. Y nos preguntamos si aquellos setabenses, cuyos restos yacen en fosas, podrán regresar un día a su patria para poder ejercer su derecho a tener una sepultura digna.

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