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el virus del miedo

dice Iñaki Gabilondo que esto del coronavirus nos va a permitir saber si somos un gran país, una medianía o una birria. Y tiene razón, aunque a gran parte del personal, por lo menos en esta primera fase de medidas de choque, le cueste mirar más allá del problema que se les genera con el cuidado de las criaturas o superar la decepción causada por la cancelación de los jolgorios generales previstos para estas fechas.

En el tratamiento de este tema, debería imperar una regla de oro, habitualmente incumplida, que consiste en no atribuirse ninguna autoridad para analizar o aconsejar, ya que la prudencia y la inteligencia sugieren que se reserve este papel sólo y únicamente a quienes tienen la formación y competencia para ello. Nos ahorraríamos así muchos disgustos derivados de consejos y recomendaciones que son pura basura, fruto de la malicia o de la ignorancia. Aunque también es cierto que para apuntalar esa conducta es necesaria una transparencia absoluta que permita confiar en que somos tratados como seres inteligentes a los que hay que contar la verdad, sin adornos ni cocinados previos, porque sabiendo que sabemos la verdad, actuaremos, en la mayor parte de los casos, con la responsabilidad exigible.

Atender las recomendaciones de los especialistas, sin embargo, no quiere decir que no nos hagamos preguntas. Tendríamos que estar anestesiados como para no sentir cierto desasosiego al afrontar una experiencia colectiva que antes nunca habíamos vivido y que afecta nuestra cotidianidad. Una experiencia que nos expulsa a patadas de la zona de confort en la que estábamos instalados y nos hace conscientes, o debería, de la privilegiada situación que tenemos y que a menudo infravaloramos. Como es nuestro sistema público de salud, que pese a las desesperantes listas de espera o los incómodos sillones para los acompañantes de los hospitales, ofrece ahora unas garantías que ya quisieran para sí otros países, léase EEUU, cuyo frágil sistema público sanitario sí que puede dejar en la estacada a gran parte de su ciudadanía. Cosa que aquí no pssará. En cualquier caso, en situaciones de crisis, lo importante es que cada cual esté en su sitio y afronte sus responsabilidades. Los gobiernos tomando las decisiones con agilidad y sin otro condicionamiento que el bienestar colectivo. No tendrían perdón si influyera en sus decisiones cualquier otro factor relacionado con votos o buenos titulares. Y la ciudadanía asumiendo su parte, que mayormente pasa por controlar el pánico, rechazando las burdas manipulaciones de quienes falsean información y generan catastrofismo a granel .Acaparar alimentos y papel higiénico no parece la mejor manera de contribuir a la tranquilidad general ni está en la línea de la recomendación de ningún experto. Difundir tantísimas falsedades, o medias verdades, pero siempre de origen desconocido y sin contrastar sobre las formas de contagio o el tratamiento, es propagar algo mucho más peligroso que el coronavirus, que es el pánico.

Del miedo al pánico. Una epidemia de miedo es letal para la convivencia, es tóxica para eliminar todos los lazos de apoyo y solidaridad. Fomentar ese grito de "sálvese el que pueda" es embrutecedor; un torpedo a la línea de flotación del barco en el que estamos todos y nos salvamos todos si no naufraga. Así que es el momento de la sensatez y no de la frivolidad obviando relatos aterradores de ciencia ficción y acallando a los alarmistas. De presumir de generosidad y solidaridad interesándose, por ejemplo, por las personas mayores que viven solas a nuestro lado. En resumen, de demostrar que somos un país grande porque la gente pequeña „cuando la necesidad es grande„ damos la talla.

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