30% DTO ANUAL 24,49€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

UNA VISITA AL DESaPARECIDO «HOSPITALET» DE SANT MIQUEL DE XÀTIVA

la crisis sanitaria ha obligado a los gobiernos a intensificar las políticas asistenciales. En el pasado no había, desgraciadamente, seguridad social, ni estado del bienestar, ni fabulosas inyecciones de capital europeas que ayudaran a la población a superar coyunturas difíciles. Excepto rentistas y privilegiados, el resto tenía que trabajar para subsistir. Si no se podía, no se comía.

Con la llegada del humanismo cristiano y la Ilustración, la situación cambió. La filosofía moral obligaba al estado a socorrer a todos aquellos que no podían ganarse el sustento por no tener en qué trabajar, ya fuese por inclemencias meteorológicas, crisis económicas, conflictos bélicos o crisis sanitarias, como la actual, que está masacrando a tantos sectores económicos que dependen de la cultura de la aglomeración.

El trabajo comenzó a verse como una ineludible obligación para ganarse el sustento en las familias de baja cuna. Y si coyunturas desfavorables obligaban a estar inactivo, en condición de paro forzoso, el estado debía proveer de actividad. Pan a cambio de trabajo, prestando servicios en obras de interés general. En opinión de aquellos ilustrados subvencionar el desempleo o dar ingresos mínimos vitales a cambio de nada fomentaba la floja ociosidad, madre del vicio.

La vagancia y la mendicidad estaban prohibidas. Hoy no. Para erradicarlas de las calles se crearon las instituciones de pobres, especializadas en acoger a los sectores más vulnerables: huérfanos, viudas y ancianos. Unos por no poder trabajar, otras por no poder volver a casar, y los más mayores que habían trabajado toda su vida, no merecían ahora caer en la miseria al no tener ya fuerzas para ganarse el sustento vital. El joven que se negase a trabajar recibiría castigo, e incluso se le podría enviar al ejército. Los actuales "ni ni" sólo existían en las familias cuyas rentas podían permitir mantener a unos hijos inactivos

Tener prole resultaba para las familias pobres una inversión, y no un gasto, como ahora. Al no haber pensiones, ni asilos o residencias de mayores, era la mejor forma de no convertirse en una carga el día de mañana, es decir, la pensión del abuelo eran los hijos, y además constituían una fuente de ingresos para la economía familiar, al aprenderse los oficios con la práctica desde bien joven. No tener hijos, podía suponer acabar recluido en la Beneficencia, o bajo el cuidado de las monjas de la recientemente desaparecida residencia de ancianos desamparados.

Nos centramos en el colectivo femenino donde la pobreza sigue siendo una cuestión de género. La covid se ha cebado en la pauperización de las familias monoparentales, principalmente mujeres con hijos a su cargo. La historia se repite en este aspecto.

Cuatro hospicios. Xàtiva contó con cuatro hospicios especializados en acoger viudas pobres. Mujeres mayores, que al no poder volver a casar, se quedaban literalmente en la calle, y necesitaban de techo público, siempre que no contasen con familia que les pudiese socorrer: la Sagrada Familia, en Fuente Terol, y el Hospicio de Sant Miquel, en Sant Francesc, ambos centrados en acoger viudas ancianas, pero fuertes y sanas; el de la calle de Santo Tomás, para viudas de soldados destinados a Xàtiva, y por último, el de la calle Vera, destinado a acoger viudas enfermas convalecientes del Santo Hospital.

En 1920, un periodista llamado Juan Brocal realizó una visita al hospicio de Sant Miquel para retratar la vida de las internas. El hospicio de Sant Miquel es el más antiguo, del que sólo nos queda el portón de acceso y el escudo Ferriol, que el paseante puede detectar a mitad altura de la calle de Sant Francesc. Ramón Ferriol dejó copiosas rentas a la iglesia de Sant Francesc para sufragar misas por su alma, donde además se alzase un edificio para acoger pobres enfermos, y financiar entierros cristianos a los que morían solos y sin recursos. Con el tiempo fue transformado en posada, luego el edificio fue destruido durante la Guerra de Sucesión, hasta que Cristóbal Sanz Roca de la Serna y Ferriol, marqués de Mascarell y Vallés, decidió reconstruirlo y recuperar la antigua funcionalidad siguiendo la voluntad de su ilustre antepasado.

Se convirtió en una casa de acogida especializada en dar techo a viudas pobres, que no tuviesen familia que las pudiese mantener. Se dividió en diferentes habitaciones, se añadieron cocinas y letrinas, se habilitó una sala para rezar el Santo Rosario, se higienizaron las acequias subterráneas, y se cerró con dos enormes puertas coronadas con el escudo de la familia, único resto que hoy nos queda en una calle plagadas de tiendas. Y que en los años 40 fue subastado por el ayuntamiento y comprado por comerciantes de la zona, que lo utilizaron como almacén de sus negocios.

En los años 20, el periodista aludido aportó una interesante visión del conjunto aún ocupado por decenas de viudas. Tenía el aspecto de una casa, y frente a la puerta de entrada colgaba un cartel con dos palabras: "Ave María". En dos pisos se repartían habitaciones cerradas, y en cada puerta se había escrito el nombre de un santo. De la habitación con el nombre de San Miguel salió la anónima anciana objeto de la entrevista. Ella era la que tenía la guardia. El resto de compañeras habían salido a pedir o a realizar pequeños trabajos en el sector informal en tareas de apoyo doméstico o cuidado de niños, con el que ganarse el sustento. El techo lo tenían asegurado. El pan, no

Las habitaciones eran pequeñas. La mujer abrió la propia, calco de lo que son todos los habitáculos de la institución. Sólo se diferenciaban por la cantidad de muebles que guardaban. Una cama, armario, mesita de noche, una cómoda con espejo y un hornillo. Las paredes repletas de estampas y algunas fotos. En una, cuelga el retrato de un joven desañilado con un mechón de pelo adherido a un borde. Al preguntarle quién es, la anciana se echó a llorar y recordó que era su marido, que se fue a la Guerra de Cuba estando ella embarazada. Nunca regresó y al poco tiempo perdió a su hijo. Mayor desgracia, imposible. La mujer no se volvió a casar debido a que «mi amor no murió con el paso los años; seguirá viviendo hasta la eternidad», dejó dicho. Y es que hay amores que te dejan en la miseria.

Compartir el artículo

stats