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Libros

El escritor de Xàtiva que alumbró casi 400 novelas

El mítico Joseph Berna es el setabense José Luis Bernabeu y de 1973 a 1996 publicó en Bruguera y en su sucesora Ediciones B un total de 382 libros de bolsillo de ciencia ficción, del oeste, de terror y policiacos

José Luis Bernabeu, en su piso de València la semana pasada miguel ángel montesinos

Títulos truculentos, tramas macabras, personajes tremebundos, situaciones morbosas, amenazas siderales... Las novelas de Joseph Berna no engañan: su desbordante inventiva estaba única y exclusivamente al servicio de una literatura de bolsillo rápida, efectista, comercial, adictiva: entretenimiento puro y duro de consumo fugaz que los lectores esperaban con fruición. Pero, ¿Quién había detrás de las cerca de 400 obras firmadas entre 1973 y 1996 por ese desconocido jornalero de la escritura? Ni un norteamericano de California ni un inglés de Londres. El prolífico Berna era José Luis Bernabeu López (Xàtiva, 1946).

socarrat («aunque no me lo pregunten, yo digo enseguida que soy de Xàtiva», aclara) sabe que los nuevos hábitos „no ya los de ahora, ni siquiera los de hace veinte años„ hacen inviable el retorno de una actividad editorial y lectora que analizada hoy asombra: hasta 20.000 ejemplares vendidos a la semana; docenas de títulos nuevos de más de media docena de autores cada mes en los quioscos, varias colecciones para dar cabida a los distintos géneros... ciencia ficción, terror, erotismo, western. Pero la atención que jamás tuvo de los medios la tiene en internet desde que los frikis del género y una editorial han llegado hasta a documentar sus 382 obras. Le obligaron a regresar al ruedo en 2018, tras 22 años sin escribir ni una línea. Y lanzaron en papel Homenaje a Joseph Berna, con prólogo de quien fue secretario de Estado de Cultura, Luis Alberto de Cuenca. En Matraca Ediciones (Sevilla) ya lleva ocho nuevos títulos publicados.

Bernabeu iba para músico; tocaba en una conocido grupo de los primeros años 70, los Mikel's, que casi representó a España en la OTI en 1973. Finalmente, TVE escogió a Camilo Sesto. Y llegó a ser funcionario de Renfe, administrativo. Pero una grave lesión de espalda que acabaría dejándole en silla de ruedas trastocó sus planes.

Sin antecedentes literarios ni una especial vocación, la lesión le condujo a la novela. «Me aburría en casa, y empecé a escribir. Me dio por dar forma de novela a mis escritos y el primero que surgió [y primero que le editaron] fue La misteriosa Stella. Pero yo no me atrevía a enviarla a ningún sitio. No era persona de letras, no tenía carrera, había hecho el bachillerato en Xàtiva y ya está», cuenta. «Me lo pasé tan bien escribiendo que me puse a escribir la segunda, El club vampiro. Y una tercera, del oeste... Todo ello con una escritura desenfadada, sin pretensiones; sin tomármelo muy en serio», dice.

«Cuando ya tenía tres escritas e iba a por la cuarta [en septiembre de de 1972] los amigos, que las habían leído, me insistían: mándalas, mándalas. El no ya lo tienes». Las envió por correo certificado a Bruguera y «casi un mes después, entró mi padre en casa y me subió del buzón una carta de Bruguera. Yo pensé, ya sé lo que dice: que han ido a la papelera las tres. Y va y ponía que el informe de la Asesoría Literaria era positivo, que me iban a publicar. No sólo eso, que a partir de entonces debía enviarles una novela nueva cada mes. No sé cómo no me caí al suelo de la impresión, porque además de alegría era mucha responsabilidad atarte con una novela cada mes».

Y fue un no parar. El planeta de los cíclopes, El castillo de los ahorcados, Los discípulos de Satán, La mansión de los mil y un horrores, Los vigilantes del cosmos, La era de los robots, Un escocés de Texas, El hijo de Johnny Gatillo, El sádico de Baltimore, Terror en la Antártida...

«Las primeras las escribí en una máquina manual; luego me compré una eléctrica para poder seguir ese ritmo», cuenta. Los autores de literatura de bolsillo trabajaban a destajo y no gozaban del reconocimiento ni la exposición pública de los verdaderos literatos. Semejante productividad les convertía en seres entregados a una actividad casi industrial, sin vida social asociada a su oficio. «No nos conocíamos; solo tuve contacto, y aún lo tengo, con un autor de Valencia gallego de nacimiento, Adam Surray, porque la editorial equivocó un envío: a él le llegó mi carta y a mí, la suya en sobres con la dirección cambiada. Al devolvérnoslos nos vimos y la amistad se mantiene hoy». Adam Surray es José Luis García, tiene 77 años y vive en Valencia.

Tampoco había mucho contacto cara a cara con la editorial Bruguera, más bien ninguno. «Nunca me dijeron que fuera a nada allí, y por lo tanto no fui. Nunca estuve en Barcelona ni visité la sede de Bruguera y jamás vi a ningún jefe en persona. Todo fue por teléfono y por carta», explica.

Sobre el estigma de literatura menor que se aplica a la obra de este tipo de autores, Bernabeu dice que «lo mejor es no hacer caso, porque si haces caso te crea malestar... Yo siempre he dicho que quien manda en esto es el público. Tú puedes escribir; te pueden publicar inicialmente si tienes suerte, vale. ¿Pero quién decide comprarla y, por lo tanto, que te sigan editando? El público, los lectores. Si no gustas ya no te compran nunca. Y a nosotros nos buscaban en los quioscos semana tras semana», zanja.

Les buscaban, sin duda. De La misteriosa Stella, su debut de 1973, fueron casi 7.000 ejemplares. Bruguera pagaba un anticipo por la venta estimada de los primeros 4.500, que por lo general se superaban. «Luego te pagaban más si la novela tenía más venta, claro: siete mil, ocho mil, nueve mil ejemplares...». Pero esas cifras a veces se quedaban cortas, y de algunas novelas, «sobre todo las de ciencia ficción y las de terror», apostilla, llegó a vender 20.000 ejemplares a la semana: un 50 % en España, y la otra mitad en Hispanoamérica, donde Bruguera también llegaba semanalmente. Eran tiradas descomunales, hoy insólitas. El escritor llegó a la extenuante cifra de escribir una novela a la semana durante varios meses.

Y se ganaba dinero. «Me lo enviaban por giro postal; el anticipo y la liquidación posterior», cuenta. «Nunca pedí más; me pareció bien lo que me pagaban. Yo ya me sentía feliz publicando al lado de gente como Silver Kane, que era Francisco González Ledesma, que llegó a director de La Vanguardia y escritor de éxito; gente de mucha categoría, monstruos de la literatura popular», destaca. Cuando Bruguera entró en quiebra en 1986 a Bernabeu le adeudaban dos millones de pesetas (12.000 euros).

Berna (considerado por los estudiosos el rey del punto y aparte y del erotismo y el humor en sus novelas) conserva en su piso, desde la primera hasta la última, las 382 publicadas con Bruguera de 1973 a 1986, y desde esa fecha hasta 1996 en Ediciones B, que reeditó nada menos que docientas de la primera etapa. Están perfectamente ordenadas y una ojeada permite ver que de algunas entregas hay dos, tres... «Bruguera, una vez editada la novela, te enviaba por correo unos días después de que ya estuvieran en los quioscos, un paquetito con seis ejemplares como obsequio editorial», cuenta. Pero cuando salió La misteriosa Stella, no pudo esperar y cuenta que fue a comprarla antes de que llegara a su domicilio.

Si anónimos fueron la mayoría de estos currantes de la tecla, no lo eran menos los ilustradores. Las cubiertas son espectaculares; Bruguera reclutaba a los mejores para hacer de la portada otro reclamo. Pero cómo casar el contenido de la obra y la ilustración. «Nosotros nunca tuvimos contacto directo con los autores. Bruguera te obligaba a enviar, con el original de la novela, un cuestionario sobre la obra en el que además del título original ponías algunos alternativos por si ya había otro muy parecido o era muy repetitivo, y tenías que redactar una sinopsis y una breve descripción física de algún personaje. Y ellos se lo pasaban al ilustrador, quien basándose en eso hacía la portada», cuenta sobre el proceso. «Además había un apartado que se titulaba: sugerencias para la portada. Yo daba a veces la mía, no siempre la cogían. Pero el ilustrador sabía de qué iba la novela y con eso acertaba bastante. La mayoría eran una maravilla. Eran buenísimos y competían entre ellos», dice. Pero cabía el factor sorpresa, ya que el resultado no se podía ver hasta la llegada al quiosco del ejemplar. «Ahora te enviarían al ordenador o por el móvil pruebas y te dirían si te gusta, si la cambiamos un poco, si la retocamos...», bromea Berna.

Cae Bruguera en el 86. Y el Grupo Z, a través de Ediciones B prolonga el bolislibro. Lo mantiene con reediciones, menos autores y poca obra nueva, aunque él fue de los pocos que se salvaron. Hasta 1996. «Una reestructuración de su política editorial liquidaba por completo, a excepción de casos muy puntuales, toda su línea de literatura popular. Y al igual que ocurrió con la práctica totalidad de sus colegas, Joseph Berna dejó de existir», cuenta en su blog el experto del género José Carlos Canalda.

«Yo me consideraba totalmente olvidado, no pasaba por mi cabeza que después de aquella etapa alguien se acordara. Fue una sorpresa morrocotuda que hubiera gente interesada en conocerme, que supiera de mi obra y que me editaran cosas nuevas. Estaba tan olvidado que me asusté un poco porque yo ya dejé de escribir totalmente en 1996, y ponerme ante un teclado de nuevo en 2017...». Así resume Bernabeu el envite que supuso que la Asociación Cultural Hispanoamericana de Amigos del Bolsilibro le localizara y difundiera su figura. Y que Matraca Ediciones se entusiasmara con editarle obra nueva. En la firma sevillana ya son ocho las piezas nuevas de Berna en 2018 y 2019 ( La máscara del mal, La invasión de las luciérnagas, La garra de Satán...), además del citado Homenaje a Joseph Berna, más el anterior recopilatorio El maravilloso mundo de Joseph Berna, en este caso del colectivo de los Amigos del Bolsilibro.

«Una sorpresa enorme»

«Ha sido una sorpresa enorme ver cuánta gente se acordaba de mis novelas de entonces, porque yo me consideraba ya totalmente arrinconado. Y es que en esa época „se sincera el autor de Xàtiva„ no tenías constancia de tus lectores, aunque los hubiera a miles, ni recibías comunicación alguna; de hecho sólo me escribió un lector en todo ese tiempo. Envió una carta a Bruguera pidiendo que me la rebotaran felicitándome efusivamente por mis obras, de las que era asiduo lector semanal. Ahora, por internet y redes sociales cada semana me llega algo nuevo», afirma. Lo cuenta para Levante-EMV en la primera ocasión que un medio de comunicación aborda su trayectoria. A su actual felicidad literaria se une la personal: en 2000, con 54 años, dejó la soltería casándose con Guadalupe Vila. Ambos son padres de José Luis, quien acaba de cumplir 12 años.

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