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El Gran Teatre alzó de nuevo el telón con otro recital de Pou

El histórico actor catalán dio vida a Cicerón en el regreso de la actividad a Xàtiva

Imagen promocional de «Viejo amigo Cicerón».

Imagen promocional de «Viejo amigo Cicerón».

Hacía medio año que el Gran Teatre de Xàtiva estaba en dique seco. Y para el retorno postconfinamiento pocas cosas mejores que otro suculento plato teatral servido por Mario Gas e interpretado por el formidable Josep Maria Pou. Una lástima que la asistencia a la sala fuese algo menor que la que permitía la limitación de aforo, que ya es estricta. Así que entre filas anuladas y asientos vecinos igualmente suprimidos una vez se activa la venta de las primeras, la platea presentaba una fantasmagórica estampa de espectadores esparcidos por todo el recinto, con la obligatoria mascarilla y dejando enormes vacíos que hacen añorar el calor de esas funciones en las que se agotaba el papel y en el patio de butacas y los palcos no cabía un alfiler.

Tercera presencia en Xàtiva desde su debut en 2015 de Pou. Tardó en estrenarse por estos lares, pero en un lustro el Gran Teatre ya ha saboreado sus tres últimas entregas: Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano; Moby Dick y esta última. En Viejo amigo Cicerón el actor y director barcelonés regresa a registros menos físicos que el del enloquecido capitán Ahab, un esfuerzo titánico que confesó haber afrontado hasta con temor al desfallecimiento por la trepidante acción a la que se sometía. Ahora no es que la función sea un paseo en lancha, pero el intérprete regresa a esa situación en la que el poder de la palabra cobra toda su dimensión.

Con una decoración realista que introduce al espectador en la cálida atmósfera lectiva de una enorme biblioteca universitaria, esta obra es un artefacto teatral tan ficticio como sugerente. Dos jóvenes estudiantes (los actores Alejandro Bordanove y María Cirici en esta retomada gira) preparan un trabajo sobre el mítico orador romano. Un viejo profesor entra a la biblioteca a devolver a sus anaqueles un par de volúmenes. El chico está recostado sobre la mesa, dormido. El profesor le despierta y entabla contacto. Tras saber que está abordando la figura del filósofo para su tesis, le asegura que él es Cicerón. El chico y su pareja, que entra en acción, le siguen la broma; escenifican un toma y daca y van trasladando al espectador a través de una representación dentro de la representación inicial al complejo mundo del imperio romano; a sus virtudes pioneras y también a sus atrocidades. Aunque estas últimas tal vez se puedan revisar si no se las analiza con el punto de vista actual, como viene a señalar el texto.

No es el paranoico capitán en busca de la ballena blanca de la comentada obra. Pero Pou también tiene unos cuantos momentos de esa rotundidad actoral que agarra de las solapas al espectador; esos pasajes en los que el hombretón que pisa fuerte se convierte en un ser vulnerable y lloroso; en un inconsolable padre abatido (cuando muere su hija, Tulia) o en ese parlamentario atronador que se dirige al Senado y que tanto recordó al Sócrates de la otra aventura teatral que Gas le hizo casi a medida.

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