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"El legado de César Orquín es único, su figura debe ser un honor para nosotros"

El ontinyentí Guillem Llin rescata la historia de un valenciano que salvó a 300 prisioneros en Mauthausen

Guillem Llin, ayer por la tarde en Ontinyent

Guillem Llin, ayer por la tarde en Ontinyent

Una vida novelesca, el viaje desde el frente de la Guerra Civil Española hasta Mauthausen, y la salvación de varios centenares de presos españoles. Es la hoja de servicios de César Orquín, un personaje hasta ahora controvertido por la falta de certezas sobre su historia. Despejada la neblina que envolvía su figura, su papel entre los reclusos y prisioneros bajo el yugo nazi ha quedado claro: «un héroe», según Guillem Llin. El historiador ontinyentí, reconocido estudioso con varios trabajos sobre la Guerra Civil, posguerra y franquismo en la capital de la Vall d’Albaida, ha publicado junto a su compañero Carles Senso el libro César Orquín Serra. El anarquista que salvó a 300 españoles en Mauthausen.

Se trata de una investigación que desmiente la leyenda negra que pesaba sobre el anarquista valenciano y hace justicia con su figura. Según prueban las investigaciones de Guillem Llin, gracias a Orquín pudieron salir con vida de Mauthasen varios centenares de republicanos españoles. «De una historia como la de César Orquín», sostiene el historiador de Ontinyent, «la de un deportado con influencia directa en la salvación de centenares de presos, no hay constancia en ningún otro campo de concentración. Es un héroe único».

Su historia, desde luego, es de película. Según recogen Guillem Llin y Carles Senso en su publicación, César Orquín, alistado en la brigada de voluntarios Lincoln, acabó tras la Guerra Civil en Mauthausen, destino de la mayoría de los presos republicanos españoles. Allí, sus conocimientos de alemán le permitieron distinguirse como oberkapo, el grado más alto entre los prisioneros. Revestido de cierta autoridad, Orquín formó un comando de trabajadores, «todos españoles», que fue destinado en el año 1941 a Vöcklabruck. En 1942 el grupo fue trasladado a Ternberg, y en 1944 a Redl-Zipf, siempre bajo la dirección del anarquista valenciano. «Su comando llegó a tener 430 deportados —señala Guillem Llin— de los que tan solo murieron entre 12 y 14, por accidentes de trabajo». Una mortalidad de alrededor del 3 %, cuando la letalidad en Mauthausen era «de cerca del 60 %», recuerda. «Sencillamente, se cuidaba mucho de que todos los prisioneros siguiesen con vida. Trabajaban en mejores condiciones que en Mauthausen, y llegado el caso era él quien hacía de intermediario ante los nazis, para que nadie saliese mal parado».

De ahí que los dos historiadores sostengan, firmes, que gracias a la labor de César Orquín unos 300 prisioneros pudieron salvar su vida, lejos de Mauthausen. Pero hasta ahora corría una versión muy diferente sobre su papel: «Los presos republicanos nunca estuvieron bien avenidos. En el campo de concentración se formó un grupo de resistencia de presos comunistas, que llegó a tener mucha fuerza. César Orquín, que era anarquista, no quiso entrar nunca y realizó su labor por libre», resume el historiador de Ontinyent. Tras el fin de la guerra, el Partido Comunista vertió sobre él la acusación de colaboracionista y de haber provocado la muerte de un centenar de prisioneros. «Por esto, César Orquín decidió poner tierra de por medio y emigró a Argentina», explica Llin.

Para recoger la historia de César Orquín, Carles Senso y él se pusieron en contacto con su familia, que por primera vez accedió a colaborar en una investigación sobre su figura. Con ello, y documentación recogida de los archivos sobre la Segunda Guerra Mundial de varios países de Europa, los dos historiadores pudieron escribir su biografía completa y desmentir, con los documentos del campo de concentración de Mauthausen, que algún comunista muriese por intermediación suya.

Llin destaca la «enorme satisfacción» del resultado de su estudio, que limpia el nombre de César Orquín para los libros de historia. También la familia del anarquista, a la que han hecho llegar el libro. «Aunque conocían que su antepasado fue una persona extraordinaria, su leyenda negra como colaboracionista estaba tan extendida que en algunos momentos, llegaron a dudar. Y ahora ya no. Están convencidos del valor de César». Que el resto de la sociedad ponga al personaje en el lugar que le corresponde es algo que ya escapa a las manos de los dos historiadores, reconocen. «Debería contar con el mejor reconocimiento, como Amado Granell, el primer soldado que entró en la París liberada. Es un honor que un compañero valenciano hiciese lo que Orquín hizo», sostiene Llin.

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