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dos años y medio y ché qué tio

Pau tiene dos años y medio, edad propicia para que escuche la típica frase de «és que està per a menjar-se’l». Es capaz de mantener una conversación perfecta con su vocabulario personal, tremendamente rico: «papa la papa» (falta la tapa) o «la iaia babilel i iaio Papo» (abuela Maribel y abuelo Paco) y cuando tú le dices «has vist al iaio Papo?» copiando su forma de pronunciar, Pau te rectifica de inmediato: «iaio Papo noooo, és iaio Papo». Te está diciendo que Papo no está bien dicho, pero como no sabe decir Paco, en su mundo Papo es Paco. Lo dicho, «per a menjar-se’l». ¡Ché que tío!

Pau intuye que algo se cuece en la sociedad en la que apenas lleva dos años y medio. Sabe que una mascarilla debe ponerse en la cara para no infectarse de un bicho que se llama covid-19, que cuando te ataca hace mucha pupa. Por eso se supone que Pau no entiende de los inconscientes que se sientan en una terraza con un café bien cargado y allí echan la tarde, saboreando cafeína y fumando un Marlboro que les está destrozando los pulmones. Ni de las cuatro señoras que a pocos metros ponen a parir a sus vecinas, casi tocándose los codos, riéndose de las distancias de seguridad, y asegurando que la del cuarto derecha es una mal follá por la cara de vinagre que pone últimamente.

Luego, se escucha que cada día aumentan los casos, que los hijos de papá montan fiestas en los colegios mayores y de paso se contagian entre ellos, que los bares cierran a la madrugada «cuando el alma necesita un cuerpo que acariciar...». Pero todo bajo un contraste de insensibles e incomestibles comparaciones. No saldremos por la noche pero tendremos fútbol en televisión, ciclismo en directo, manifestaciones ultra y chaladuras como las del Bosé. Tendremos hospitales al borde del precipicio, números de contagios que estremecen, el miedo en el cuerpo esperando que todo pase, e insensateces y decisiones que ponen los pelos de punta.

Esta sociedad se está volviendo insensible ante las cifras de muertos que solo son un número y vemos perplejos como la economía se interpone a la salud de los seres humanos. Que mientras unos luchan por parar el maldito bicho, otros insensatos pretenden resucitar el fascismo y aquí nada se para, todo camina, aunque lentamente, pero camina sin saber dónde queda la hoja de ruta. Donde está el bien y donde está el mal, si es que existen en cada uno de los casos. ¿Una sociedad enferma o una sociedad donde los círculos se abren y se cierran según nos convenga? Donde los ricos son más ricos y los pobres comparten un sin techo preparándose para el invierno. Unilateralmente se les ha marginado.

Una sociedad donde lo que importan son las cifras y los números y donde nos restriegan por la cara que mucho infectado, mucho muerto, mucha crisis, mucho paro, muchos ERTEs, mucha calamidad y mucha catástrofe, pero aquí hemos batido récord de visitas al castillo, como si eso fuese un indicador de buena salud. Más bien indica la necesidad de huir hacia adelante y, como dijo Machado, «al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar». Quizás sea esa la intención que nos llena de gozo al comprobar cómo la fortaleza setabense sigue siendo un bastión de ataques amigos. Bienvenidos sean todos al mundo de Yupi que harán de la pandemia un juego de poca supervivencia. Accesos sin ningún tipo de control ni organización. Desbarajustes entre Movilidad y Patrimonio. ¿Qué más da?.No nos amargue usted las cifras ahora con estas chorradas, por favor. Faltaría más.

Quizás contagiado por esas cifras y números, hay quien pide una partida presupuestaria para la Plaza de Toros de Xàtiva «y así poder coger actos» ¿Actos? ¿Qué tipo de actos? ¿Ahora, precisamente, es esa la prioridad? ¿Estamos hablando en serio o hay que hacer alguna revisión a quien toque? ¿Los pactos electorales se pagan de esta manera? ¿Ese es el precio del poder? ¿No basta con los 15 millones enterrados en la arena de un coso calificado por Joselito y Belmonte como el más grande del mundo cuando no consiguió llenarse en la corrida con los dos matadores aquel 11 de abril de 1920?

Y Pau se hace mayor ordenando sus coches por colores, paseando con su moto de juguete al sonido del «rrrrrrrr» que hace con su boca y merendando un yogur natural, al tiempo que se pone el brazo en la boca cuando está tosiendo. Lo ha aprendido en la escoleta. Es la esperanza del futuro y para él ya es un gesto normal y asumido hacerlo de esta forma. Los adultos aún nos resistimos a hacer lo mismo. Lo dicho, ¡che que tío!

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