Este Día de Difuntos se presenta francamente diferente, como ha sucedido con todo lo relativo a este año 2020, que despediremos indudablemente con poca pena y nada de gloria.

En un día como hoy, previo al de Todos los Santos, los informativos y medios de comunicación tendrían que estar ocupados en mostrar de mil y un maneras, con enfoques más o menos originales o costumbristas , eso que se podría llamar cultura funeraria, o tradiciones mortuorias que , tienen amplio seguimiento en este país y conforman un nutrido grupo de costumbres que se practican fielmente en estas fechas.

Siendo las vísperas que son, se tendría que hablar hasta la saciedad de los arreglos realizados en los cementerios, de las medidas tomadas para organizar el tráfico y el aparcamiento. Sería el tema público obligado las toneladas de flores vendidas para la ocasión mientras que privadamente casi cualquiera tendría un momento de recuerdo íntimo para alguien que no se volverá a ver y al que se echa de menos. Pero hasta a los muertos, la pandemia les ha quitado el protagonismo, los ha escondido y enterrado nuevamente bajo toneladas de información, de cifras y estadísticas, de expectativas frustradas, de crecientes ansiedades y miedos alimentados.

Por eso, lo que en general se está tratando son las medidas y recomendaciones que todos los Ayuntamientos han tomado para evitar a toda costa que la celebración de día de los Difuntos cause algún difunto más que pueda ser evitable.

Por eso se van a pintar los cementerios como si fueran circuitos de IKEA, señalando itinerarios de entrada y salida. O se limitará el tiempo de permanencia en el recinto o incluso el número de personas visitantes por familia, obligando a un triaje bien delicado. Por eso, se regulan aspectos tan concretos como el origen del agua para las flores o para asear la lápida, que no podrá ser compartida y cada cual se deberá traer de su casa.

En resumen será una jornada dedicada a recordar a los que se fueron pero viven en nuestros corazones y nuestra memoria, ocasión para muchos de retomar conversaciones interrumpidas, pero que, en todo caso a día de hoy, se ha de gestionar con un manual de instrucciones de obligado cumplimiento. Algo absolutamente necesario en aras de la prudencia y la seguridad pero poco recomendable desde el punto de vista de la naturalidad y la intimidad para mostrar sentimientos y afectos.

Aunque se produzca ese brutal cambio cromático que llena los camposantos de flores de colores vivos que rompen la monotonía visual de las lápidas, aunque el silencio de los muertos se vea roto unas horas por las conversaciones de los vivos, este año nada va a ser igual aunque en el fondo se trate de lo mismo.

Y la culpa de todo, es evidente, la tiene el bicho, ese virus inhumano e implacable que nos derrota porque se aprovecha de nuestras debilidades y contradicciones… que nos acorrala en base a nuestra desmemoria, a nuestra soberbia y nuestra fragilidad.

En realidad, hemos vivido todo un año de difuntos, el que la muerte , que intentamos siempre mantener en el patio trasero de nuestro espíritu, ha impuesto un protagonismo indebido a cuenta de una pandemia que en muchos sentidos, nos ha puesto en nuestro lugar o por lo menos en una situación cuya superación exige lo mejor de cada cual. Si la felicidad consiste en encontrar el equilibrio entre las luces y las sombras, quizás la enorme sombra que proyectan las 35000 personas fallecidas en España en los últimos meses sean suficientes para valorar la alegría de vivir y tener salud.