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"El cine deja en el espectador un recuerdo emocional que perdura"

El profesor de Xàtiva Àlex Gutiérrez Taengua aborda la exhibición cinematográfica en Valencia de 1957 a 1975 a través de un riguroso ensayo - El autor analiza la evolución de esta histórica oferta de ocio

Àlex Gutiérrez Taengua, fotografiado en los Jardines del Antiguo Hospital de Valencia, frente al MuVIM, la pasada semana. | MIGUEL ÁNGEL MONTESINOS

Àlex Gutiérrez Taengua, fotografiado en los Jardines del Antiguo Hospital de Valencia, frente al MuVIM, la pasada semana. | MIGUEL ÁNGEL MONTESINOS

Películas comerciales que podían estar un año en cartel. Cines urbanos de sala única y aforo colosal. Cines de periferia a los que llegaban copias machacadas... Puede que el hecho de sentarse en una butaca a la espera de que comience la sesión sea prácticamente igual en su esencia desde hace décadas. Pero el consumo cinematográfico en los años 50, 60 y 70 tiene grandes diferencias respecto al presente. Y a analizarlo con detenimiento se ha dedicado el profesor Álex Gutiérrez Taengua (Xàtiva, 1989). Su Per a tots els públics. L’exhibició cinematogràfrica a València (1957-1975), editado por la Institució Alfons el Magnàmim es el primer trabajo que aborda de manera tan exhaustiva las salas de la capital. En un trabajo más científico que sentimental, Gutiérrez se aleja de los habituales libros sobre cines cargados de nostalgia y vivencias personales y ofrece un estudio de un enorme rigor documental.

El autor de este ensayo ha acudido a archivos. Pero también a los testimonios personales. Y es que es sabedor de que el séptimo arte proporciona una huella imborrable. «El cine deja en el público un recuerdo muy emocional, que perdura, así que todas estas lecturas un tanto románticas de las salas también nos dan mucha información del cine mismo y del momento del que nos hablan», explica.

Álex Gutiérrez es un gran consumidor de cine. Y es «un defensor a ultranza de la sala... Pero asequible. Lo que te da una sala de cine no te lo da ninguna otra cosa. Poca gente creo que sea capaz de tener esa concentración que se tiene allí. Tú estás en casa viendo una peli en streaming o grabada, y tienes el control. Pero al cine vas a abandonarte, a que otra persona mande de ti por un tiempo y tú te dejas llevar. Y eso te permite desconectar, concentrarte. En todo caso, eso es una visión mía muy personal», advierte.

Sin embargo, y precisamente porque en el libro detalla que el cine de entonces tenía diferentes precios, según la ubicación, considera que desde hace unos años el cine es caro. «Creo que nueve euros la entrada para una persona que desea consumir cine con mucha frecuencia, a diario, es mucho. Y no todos se lo pueden permitir. Uno de los subtextos del libro es que una sala de cine aporta muchísimo a una ciudad, pero a precios que deberían ser más asequibles. Y esa es precisamente una de las grandes diferencias del presente al pasado. Antes, había oferta para todos los bolsillos. Hoy eso se ha perdido y estoy por decir que la sala de cine es hoy día un espacio casi aburguesado», subraya.

De la diferencia entre los cines del centro («para ver y ser visto, como si fuera un acto social», explica) y los de barrio da buena cuenta un interesante análisis de un título concreto: Le llamaban Trinidad. Largometraje de 1970 enorme tirón popular, el investigador de Xàtiva cuenta que este seudo western de Bud Spencer y Terence Hill llegó a Valencia el 13 de marzo de 1972 y estuvo en cartel casi un año, hasta el 14 de enero de 1973, en el mismo cine, el Rialto. Semejante proeza no acababa ahí. La copia emprendió entonces un segundo recorrido comercial, muy habitual en la época, por cines de segundo y tercer reestreno. Se proyectó en el Goya. Y de ahí pasó a hacerlo hasta bien entrado el verano de ese año y en ocasiones por espacio tan solo una semana en cines de la periferia como Leones, Astoria, Alex, Malvarrosa, Boston, Montesol, Veracruz... A finales de 1973 Le llamaban Trinidad todavía pudo verse en salas como el Olóriz, el Jerusalén y en la terraza Barcelona para terminar sus días de nuevo en el Veracruz. No es el objeto de este volumen, pero Gutiérrez elucubra con el recorrido que todavía tendría la película en las pequeñas ciudades y en los pueblos. Tal vez un año más. Un blockbuster de semejante gancho hoy, con copias digitales, se estrenaría de golpe en los multicines de toda España aprovechando la promoción simultánea y su exhibición estaría liquidada en un mes. Quizá menos.

Leer el libro de Gutiérrez Taengua es también darse de bruces con una realidad inapelable: por la exhibición cinematográfica de Valencia —y de cualquier ciudad homologable— ha pasado un tsunami. No queda ninguna sala de las que operaban hasta 1975. Jerusalén, Rialto, Suizo, Rex, Tyris, Gran Vía, Paz, Martí, Lauria, Oeste, Capitol, Actualidades, Eslava, Serrano... Los actuales ABC Park y los reconvertidos Lys son las únicas salas veteranas. Mientras que el Olympia ejemplifica esa transformación de cine en teatro tan habitual desde hace décadas.

El autor de Per a tots els públics insiste en su visión del hecho de ir al cine y su transformación hasta llegar a al presente. Así, explica que antaño «el cine estaba tan presente en la vida de la gente; era tan natural ir al cine frecuentemente, que las personas de cierta edad tienen una cultural visual increíble que los más jóvenes no tenemos. Y me sorprende —añade— la naturalidad con la que se asumía que el cine era un negocio, una marca de la existencia de un barrio. En el momento en que había unos mínimos en la periferia de la ciudad, gente viviendo en nuevas edificaciones, dotaciones... En ese momento, alguien veía esa opción: abrir un cine. Era la oferta total de ocio, tal vez la única para algunos. Era como abrir un bar o una tienda de telefonía», expone.

El cine para ir a echar la siesta

Ahora el cine es una salida repleta de gastos: al centro comercial, en coche o en transporte público, el desplazamiento tal vez a varios kilómetros del casco urbano... Nada que ver con el consumo modesto de otras épocas. «Se iba al cine muchas veces —detalla el profesor de Xàtiva— sin ninguna pretensión, a consumir cine en el más amplio sentido: películas antiguas, en malas condiciones... Ibas a un sitio a entretenerte y no te costaba un riñón. Me han contado de todo: gente que iba al cine y que en la pausa del trabajo, después de comer, si vivían lejos de allí entraban al cine, fuera la película que fuera, porque había aire acondicionado. Y se echaban la siesta», cuenta. «También había gente que iba casi a diario; cuando salían del colegio, los padres les llevaban con el saquito de la merienda como hoy sería ir al parque. O los novios, a festejar a la última fila. Era un espacio de sociabilidad en el barrio y cada uno le daba un uso pero siempre alrededor de una cosa: la película», cuenta.

Pero gran parte del libro de Àlex Gutiérrez analiza otro fenómeno muy floreciente en los 60 y 70: los cineclubs. Es curioso que en el franquismo esta actividad gozó de cierta libertad. «Lo que pasa -explica el autor- es que en un determinado momento el régimen levanta un poco la mano porque es una forma también de quitarse presión, de que todas esas organizaciones que ya empezaban a plantar cara, estén entretenidas. El cineclub no es que fuera una cosa permitida sino que la administración franquista tenía tantos frentes abiertos, que el hecho de que lo que para ellos eran cuatro muertos de hambre viendo cine, les daba igual. Y si hubieran prohibido los cineclubs, se habría puesto más aún en el foco de una prensa internacional que ya les vigilaba, que cuestionaba esa dictadura. Debían de pensar: si van a ver Viridiana, como le hemos cambiado el final... Que vean ésas de Bergman, que las vean, que como no las van a entender. El cineclub era para ellos como tener a la gente entretenida y no metidos en otras cosas. Pero ojo, que al fin y al cabo, un cineclub es una asociación de gente que quiere ver pelis y punto», desmitifica Gutiérrez.

Las salas de arte y ensayo

El trabajo del profesor e investigador de Xàtiva también destaca en este volumen el fenómeno de las llamadas salas de arte y ensayo, de las que cita Aula 7 y Xerea pero, sobre todo, el cine Artis. Eran pequeños templos de la modernidad y la cinefilia compulsiva en los que la programación comercial apenas llegaba y solo se proyectaba cine de calidad contrastada: «neorrealismo italiano, la nouvelle vague, el free cinema o el Nuevo Cine Español», destaca. A modo de anécdota sobre ese tipo de cine y el otro enteramente de entretenimiento, el autor avanza que está preparando una tesis sobre el cine español de comedia de los años 60. «Me he zampado todas las de Paco Martínez Soria», bromea. Su análisis de esta producción tan denostada pero interesante será objeto, quizá, de un futuro volumen.

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