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DIMARTS MERCAT

Lo que (no) nos preocupa

Lo que (no) nos preocupa

Lo que (no) nos preocupa

El rey emérito acaba de pagar al fisco 4 millones de euros para intentar regularizar su situación ante Hacienda por todos los chanchullos, prebendas, excesos y otros elementos distorsionadores para no ser acusado oficialmente de evasión de capitales, aunque la porquería le cubra hasta las cejas. Al monarca «le llena de orgullo y satisfacción» depositar en la hacienda pública ese paquetito de pasta que debería explicar de donde ha salido, porque le pidió a su novia Corina que le devolviese los cerca de 65 millones que le regaló por las noches de amor, pero la señora le dijo que «santa Rita, Rita, lo que se da ya no se quita», y entonces lo intentó con las otras 4785 amantes, cifra que se recoge en el libro las 4786 amantes del Rey, del coronel retirado Martínez Inglés.

Un servidor se despista en la casilla 45 de la declaración de la Renta y apunta la cantidad correspondiente en la 46, y le llegan cartas certificadas con acuse recibo; avisos de embargos; amenazas varias y no me marcan con la señal de la cruz en plena frente porque les doy lástima. Claro y lógico. El despiste ha servido para que me salga una declaración a pagar de 125 euros en vez de 132, y no está el país como para ir con equivocaciones como esta. Pero nadie le pregunta al emérito de donde ha sacado los 4 millones de marras y en qué ladrillo del palacio de los Emiratos Árabes los tenía escondidos. Por cierto, se me permitirá la frivolidad de dejar constancia y por escrito de lo que significa la palabra «emérito»: «es aquella persona que, después de haberse retirado del cargo que ocupaba, disfruta de beneficios derivados de una profesión, especialmente docente universitaria o eclesiástica, como reconocimiento a sus buenos servicios en la misma». Ale, ahí queda eso.

Y es que en realidad no entendemos lo que es el valor extremo y lo duro que es partirse el cobre con acciones que nadie entenderá excepto quienes lo practican. Ejemplos. La Isabelita de Madrid está tan colocada de calamares con cazalla que dice que el 8 de marzo del pasado año fue «el día de la mujer infectada». Con ese papelito que lleva siempre escrito por un segundo dice lo que le viene en gana, dentro o fuera de contexto y sus correveidiles (o alcahuetes) aplauden las tonterías de cada mañana, pero mire usted, lleva escrito de oro y plata la palabra presidenta, y con ello se arma de sin razón. Pero ese comportamiento es la copia de lo que se utiliza demasiadas veces en las decisiones políticas. Que se siga mintiendo al ciudadano a sabiendas que mentir es un gesto mezquino y cobarde, pero ya se contempla como algo normal. Que se rían del votante impidiendo una renovación del CGPJ debería estar penado por su antidemocrática situación. Que la izquierda continúe peleándose cada dos por tres y amenazándose de romper la coalición, es casi ten perverso como que la CUP siga siendo un colectivo anti sistema que no cree en nada, excepto en los sueldos que cobran cada mes por ser anti todo. O que los votos que otorgan las mayorías no sirvan absolutamente de nada. Personalmente no me vale cuando se dice que la derecha ha ganado unas elecciones contando los votos del PP, Cs y Vox. Quien vota al PP no ha votado a Vox, y quien vota a Podemos no vota a Compromís. Es todo tan retorcido como que a ver quien es el más chulo que termina antes que nadie con la pandemia del covid-19. A ver quien abre y cierra fronteras y permite o prohíbe que más de cuatro se vean en la calle y más de dos en los interiores de las casas si no son convivientes. ¿Y quien tenga una terraza en su casa puede considerarse aire libre?

Mientras tanto las noticias siguen repitiendo su eterna canción. Le damos importancia a lo que creemos que la tiene, pero olvidamos demasiado a menudo que vivimos en un mundo no globalizado en demasiadas ocasiones, poniendo una coraza delante de nuestros sentimientos que nos hacen ser duros, insensibles e indiferentes ante situaciones que deberían removernos hasta las tripas.

Mientras escribía esta columna, una televisión dedicaba exactamente 12 segundos para anunciar que más de 300 niñas habían sido secuestradas en un colegio al noroeste de Nigeria. No decían ni la cifra exacta porque seguramente no la sabían, y que 300 niñas sean secuestradas por un grupo armado tiene menos importancia que el anuncio de un coche híbrido. Si a esto no le damos importancia es que algo falla y nuestras conciencias son nubes negras con un futuro infecto y corrompido. Las niñas, ya liberadas, han estado una semana secuestradas. Pero, ¿nos preocupa?

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