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BIBLIOTECA DE FAMILIAS

Xàtiva y el desastre de annual

Xàtiva y el desastre de annual

Xàtiva y el desastre de annual

En el verano de 1921 unos diez mil soldados españoles murieron en Annual y varias fortificaciones próximas a Melilla, mal abastecidas y peor comunicadas, fácilmente atacables, fueron totalmente arrasadas. El Ayuntamiento de Xàtiva se adhirió a la campaña patriótica en pro de los heridos y mutilados, ofreciendo veinte camas y asistencia médica completa y gratuita a los evacuados de aquel infierno. Aquella masacre fue el detonante de un problema que se arrastraba desde hacía años, y de la que Xàtiva fue testigo a través de la caja de reclutas y del regimiento militar que se acuartelaba en el antiguo convento de Sant Francesc. Durante décadas muchos setabenses tuvieron que prestar servicio militar obligatorio en el Marruecos colonial. Algunos murieron allí sirviendo a la patria sin entender los motivos.

Caído su recuerdo de la ley de memoria histórica, un siglo después las relaciones entre el hoy Reino de Marruecos (entonces Protectorado hispanofrancés), vuelven a tensionarse ante la masiva migración de familias, que buscan el sueño de la prosperidad en el paraíso español o europeo. De nuevo el pueblo se utiliza como escudo para defender oscuros intereses. Ayer enviando soldados para defender minas y ferrocarriles, propiedad de políticos, accionistas y financieros, que pagarían lo necesario para redimir a sus hijos del servicio a la patria en condiciones tan hostiles.

Mientras, hoy, se abre inesperadamente la frontera para que la crucen miles de familias desesperadas que ansían llegar a las costas de España porque en Marruecos no hay trabajo. Una sutil forma de presión sin armas, que ha provocado recientemente la condena de la Unión Europea, y todo para conseguir la evacuación del líder del Frente Polisario. Tras su marcha, la playa de Castillejos ha recuperado repentinamente la seguridad perdida, utilizando alambradas con concertinas, policías, y negándose el gobierno a repatriar a menores no acompañados que han sido abandonados a su suerte, para que la «opulenta» España asuma unas obligaciones que no le competen, ante la desidia de unas familias que les obligan a marchar esperando que en Ceuta, Melilla o la península puedan aspirar a tener mejor vida que en sus pueblos de origen.

En la Conferencia de Algeciras de 1906 Marruecos se convirtió en un protectorado compartido por Francia y España. Francia gestionaría la parte más rica, mientras que a España se le adjudicaba la más pobre: el Rif. Una región inhóspita, montañosa y poco productiva, excepto alguna explotación minera de cierta relevancia, que solo servía de consuelo para evocar el recuerdo del glorioso imperio perdido.

El Atlas marroquí era un espacio habitado por tribus bereberes hostiles al dominio español, que desde 1909 tendían a sublevarse contra el ejército invasor, generando cuantiosas bajas entre las tropas, que tenía su repercusión inmediata en la península, al provocar motines populares entre los reservistas, muchos padres de familia que eran obligados a ir a servir a la patria, siempre que no dispusieran de 1500 pesetas para librarse de un servicio militar que podía durar hasta tres años. Uno de los líderes de la revuelta, Abdelkrim, se convirtió en el coco con el que las madres setabenses asustaban a los niños.

Y no era para menos, dada la peligrosidad de aquel destino, convertido en oportunidad de negocio para los setabenses más avispados. Así lo vio el agente matriculado de sustituciones, Emilio Hostench, que abrió en la calle Santo Domingo de Xàtiva una oficina de «sustitución del servicio activo en Africa», en la que ofrecía un sustituto a los mozos de reemplazo que deseasen librarse del servicio en el protectorado. Antes del sorteo debían firmar el contrato legal por 450 pesetas, para iniciar los trámites. Un negocio legal que había tenido su origen en Barcelona.

A las colonias fueron los pobres, o los desesperados que necesitaban dinero para sostener a sus familias. Tanto antes como ahora, fue la miseria la que determinó los movimientos migratorios entre ambas regiones. Cosa que jamás denunciaría la prensa liberal local que se dedicó a practicar un imperialismo de masas, hablando de honor y patriotismo, mientras las madres pudientes repartían escapularios a los jóvenes o padres sin recursos que tenían que partir hacia Melilla.

Para el oculista y editorialista del Heraldo, José Vidal Bellver, no se podía abandonar el Rif tras aquella humillación de Anual, porque en un país sin prestigio y con un ejército humillado, no se podía vivir. España tenía que ser el baluarte de la civilización cristiana en la vieja Europa, y controlar aquella frontera como en tiempos de la Reconquista, para prevenir otra invasión como la del 711. Además de buscar venganza, para dar su merecido a las salvajes tribus bereberes. Era una cuestión de desagravio, para recuperar el honor perdido, y castigar a aquellos desagradecidos que no habían sabido aceptar el progreso en forma de hospitales, escuelas y mejoras agrícolas.

La dictadura del general Primo de Rivera, la ayuda de Francia, y la profesionalización del ejército con la intervención de la Legión y las fuerzas mercenarias autóctonas, permitieron al final pacificar el territorio hacia 1925, tras el desembarco de Alhucemas y la conquista de Axdir, feudo de Abdelkrim. Pero Xàtiva siguió enviando reclutas para defender y justificar lo injustificable, bajo la dirección de unos militares curtidos en una guerra colonial, que no tuvieron ningún reparo, según cuenta la leyenda, de ofrecer al cirujano de hierro y jefe del gobierno y del ejército, un menú de huevos, servido en una cena de visita oficial, que era lo que habría de tener el dictador si se atrevía a ordenar el abandono del Rif.

Entre los reclutas setabenses llegados a servir a la patria pocos años después de la pacificación encontramos al joven escultor local José Aragonés Saborit, quien tras soportar la disciplina cuartelera de los africanistas, pudo disfrutar de la belleza del país. De los olores y sabores del zoco islámico, de las costumbres tribales rifeñas, y de los paisajes del Atlas, cuya paz y quietud sólo fue perturbada por la infinidad de pequeños cementerios de cruces blancas que se extendían por aquellos montañosos y desérticos parajes. En ellas reposaban los restos de aquellos soldados a la fuerza, muchas sin ningún nombre que los identificase. Otras con nombres valencianos, alguno de Xàtiva. Nunca nadie se acordó de ellos.

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