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LA CIUDAD DE LAS DAMAS

Pruebas y oposiciones

Pruebas y oposiciones

Pruebas y oposiciones

Son estas unas semanas tensas para mucha gente que ha de superar diferentes pruebas y exámenes cuyo resultado les llenará de felicidad permitiendo proyectos de futuro o hundirá en la miseria por el fracaso de la energía invertida. Muchas expectativas vitales están en juego para quienes se examinan; casi todas ellas, tras realizar un esfuerzo ímprobo de preparación.

Por un lado están las chicas y chicos que han de superar las temidas EBAU, mucho menos fieras de lo que las pintan, pero que en todo caso pueden determinar o condicionar la orientación profesional del alumnado que las ha de superar. Son cerca de 200.000 jóvenes quienes se han enfrentado a un papel en blanco cuyo contenido, por otra parte, varía según el lugar del examen, algo a todas luces fuente de injusticias que no son del todo subjetivas a la vista de diferentes informes que resaltan las desiguales cifras de aprobados y suspensos en algunas materias dependiendo de la Comunidad autónoma de referencia.

De ahí las numerosas críticas a la organización de estas pruebas, que el Sindicato de Estudiantes lleva mucho más lejos, en la línea lógica de una juventud que ha de pedir la luna, porque ya se impondrá la dura realidad. Por eso, exigen directamente su desaparición alegando que es una prueba clasista que pretende ocultar la falta de plazas públicas en la Universidad para todos los estudiantes. «Por eso se hacen estas pruebas: para que nos enfrentemos en una suerte de los juegos del hambre para acceder a las pocas plazas públicas que existen». Y ciertamente, eso no debería pasar en una sociedad mucho más equitativa y justa de la que conocemos.

Hay también otra generación de personas que se enfrenta también a difíciles exámenes, en su condición de opositoras a una plaza pública con la que aspiran a unas condiciones laborales suficientes y, sobre todo, a una estabilidad que se cotiza en el mercado profesional mucho mejor que los salarios altos, pero inestables. Este es su perfil: mujeres, menores de 40 años, que invierten en algunos casos, cantidades considerables de dinero y tiempo en la preparación de la prueba a superar.

Las oposiciones, como tantas cosas útiles e inútiles, fueron inventadas por los chinos. Eran bastante más duras que las de ahora y, de hecho, sólo un 10% de las personas que se presentaban aprobaban el examen. Las pruebas representaban el camino más corto para ascender en la escala social pero de ninguna forma el más fácil. Los opositores eran cacheados y solo podían llevar aparte de la ropa, tinta, pinceles, tinta china, vasos de agua y algo de comida, además de sacos de dormir, orinal y velas, artículos necesarios dado que algunos exámenes duraban hasta tres días y dos noches que debían pasar en estrechas celdas a merced del tiempo y de los insectos. De ahí el dicho de la época que afirmaba que hacía falta tener la fuerza de voluntad de un dragón, la fuerza de una mula, la insensibilidad de una carcoma y la resistencia de un camello para aprobar el examen. Dicho sea para consuelo de la clase opositora de hoy en día, que sin duda, en la comparación, ha visto mejoradas sustancialmente las condiciones de participación.

En todo caso, volviendo a la realidad, parece injusto tener que demostrar capacidades y conocimientos de forma tan obsoleta y arriesgada, a merced de circunstancias puntuales imprevistas y sin evaluar otros factores como el tesón o la creatividad frente a la casualidad provechosa o la mala suerte.

Y es que siempre es endiabladamente complicado conciliar justicia y exclusión pero no hay que dejar de intentarlo.

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