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LA CIUDAD DE LAS DAMAS

NORMALIDAD

NORMALIDAD

Siempre con las debidas precauciones, pero desde luego sin miedos existenciales, parece que estamos en franca recuperación de eso que llamábamos vida normal y se bloqueó abruptamente hace casi 20 meses. Quedan flecos, es cierto, como algunas limitaciones de aforo y sobre todo, la puñetera mascarilla que se ha convertido en objeto de amor-odio ya que es claramente un incordio que roza el castigo y para algunos ha sido una maldición, pero ha protegido y sigue haciéndolo de un puñado de enfermedades infecciosas que nos ha venido muy bien ahorrarnos, desde las gripes de los adultos hasta las bronquiolitis de los bebés.

Vamos a recuperar la vida que teníamos, algo que se ha de celebrar aunque con plena conciencia y recuerdo para quienes la perdieron , que de ninguna forma pueden ser olvidados. Hacerlo sería una injusticia intolerable y una enorme falta de respeto, aunque no sería imposible a la vista de otras desmemorias colectivas, debidamente fomentadas por quienes saben que la historia no jugará nunca a su favor. Con la caída casi total de las restricciones, quienes continúan en la carrera de la vida, tienen motivos para la alegría. Porque indudablemente alegra tomarse una tapa en la barra, sobre todo pudiendo hacer uso de más de una servilleta, convertidas en objeto de lujo con las restricciones sanitarias.

Que se abran las pistas de las discotecas y se pueda bailar hasta altas horas de la madrugada va a ser para la gente marchosa un verdadero regalo divino. Igual que ir a Misa sin tener que hacer turnos por el aforo. Cuando las entidades bancarias recuperen la presencialidad y dejen de castigarnos con horarios imposibles, abandonándonos en manos de cajeros autómatas en oficinas bancarias desarboladas y carentes de personal, también recuperaremos algo de esa sociedad más humana y presencial que habitábamos. Claro que las personas salen más caras que las máquinas y por las señales que nuestros amados bancos están enviándonos no parece que estén muy por la labor. Pero lo harían, sobre todo si sintieran, aunque fuera fugazmente, la fuerza arrolladora de su clientela mayoritaria, la de las pensiones , las prestaciones y las nóminas menos que mileuristas, haciéndoles un par de sentadas en sus inmaculadas oficinas vacías.

Y nos queda también el sector sanitario donde se acaban los filtros, las consultas telefónicas, las salas de espera vacías y se vuelve al 100 % de presencialidad. Aunque aquí lo deseable no sería exactamente volver a lo de antes, sino a un sistema de salud que, si bien ante la urgencia ha demostrado su fortaleza sustentada sobre todo en la valía de sus profesionales, ahora tiene que demostrar que en lo cotidiano, en la triste y exasperante vivencia diaria de la enfermedad, también protege nuestra salud y no abandona a nadie. Que levante la mano el que quiera volver a las listas de espera desesperante para cirugías, pruebas y tratamientos. Que hable quien añore esas consultas a reventar porque los cupos asignados a cada profesional son disparatados. Si volver a la normalidad es volver a un sistema público de salud tensionado y agotado, con cargas de trabajo excesivas y con situaciones como las que se viven en el Departamento de Salud Xàtiva-Ontinyent donde, por ejemplo, no hay ni un solo especialista en Neurología para atender a los centenares de miles de personas del área sanitaria, casi es mejor que se metan esa normalidad donde les quepa.

A la mayoría, tras el terrible aislamiento pandémico y las terribles enseñanzas extraídas, ya no nos caben más ansiedades ni preocupaciones en relación al cuidado de la salud propia y de nuestra gente.

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