La Ciudad de las Damas
Tres mujeres en la dana
"Ninguna hubiera elegido voluntariamente ese papel y todas, sin ninguna duda, hubieran renunciado a su desempeño y a las circunstancias que las han convertido en protagonistas"

Rosa Álvarez, presidenta de la Asociación de víctimas mortales de la dana. / Alejandro Martínez Vélez / Europa Press
Mar Vicent
Son muchas las mujeres que han tenido un papel esencial en la tragedia de la dana desde hace un año hasta ahora. La mayoría de ellas son anónimas, mujeres que se arremangaron y afrontaron la catástrofe sin aspavientos, venciendo al barro palmo a palmo para recuperar sus vidas. Durante esa descomunal tarea, en la que estuvieron muy bien acompañadas, no dejaron, sin embargo, de responder a la cotidianidad que nadie iba a cubrir por ellas, el cuidado de las personas dependientes, de los mayores, etc. No hay homenaje suficiente para ellas.
Pero a día de hoy, cuando ha pasado poco más de un año -poco tiempo para algunas cosas, excesivo e intolerable para otras- se puede señalar a tres mujeres cuyos nombres siempre estarán vinculados a la dana con una característica en común: ninguna hubiera elegido voluntariamente ese papel y todas, sin ninguna duda, hubieran renunciado a su desempeño y a las circunstancias que las han convertido en protagonistas.
La primera es la juez Nuria Ruiz Tobarra, del Juzgado n.º 3 de Catarroja que es quien está realizando la instrucción de la causa. Es decir, está recopilando la documentación -ya son 35 los tomos elaborados- que permitirá en la fase judicial posterior poder dictar la sentencia más justa. No es la que servirá el plato final en la mesa -la sentencia- pero sí la que preparará los ingredientes con el peso y calidad justa para permitir el mejor resultado: hacer justicia. Dicen de ella los profesionales que conocen su trabajo que es una jueza minuciosa. Dicen las familias de las víctimas que es una persona empática y respetuosa con su delicada situación. Nada que ver con las críticas machistas que algunos, pocos pero chillones, han pretendido extender, cuestionando su capacidad y profesionalidad con la invasión de su privacidad que a nadie interesa. Pero es el precio por ser la mujer que lleva la batuta y solo piensa en hacer bien su trabajo, sin dar satisfacciones a nadie.
La segunda es Rosa Álvarez Gil, Presidenta de la Asociación de Víctimas mortales de la dana. Había que verla declarando en el Congreso con la cabeza alta y desde el corazón pero sin dejarse en el tintero ni una sola de las reclamaciones de las familias de las víctimas. Declaró que para ella, como para tantas, no hay olvido ni perdón posible. Afirmó su total convencimiento de que el daño producido por la catástrofe climática ha sido incrementado de forma considerable por la gestión torpe e inútil que aumentó la tragedia. También ha recibido su dosis de rencor y descalificación. Tendrá que echársela a la espalda y aguantar el veneno, aunque es seguro que estará bien acompañada por la confianza y el respeto de mucha gente. No hay que permitir que sea una segunda Pilar Manjón, representante de las víctimas del 11M, que tuvo que afrontar ataques extremadamente crueles e injustificados que pretendieron acabar con ella.
Y la tercera es Maribel Vilaplana, comensal del Ventorro. Alguien que estuvo en el peor sitio posible en el peor momento posible, pero que no debiera tener que lamentar más que su mala suerte. Porque ella no tiene ninguna responsabilidad en lo que pasó o dejó de pasar. Solo fue un peón secundario, espectadora en primera fila de la inacción criminal de otro, pero a la que no se puede atribuir ninguna culpa en lo sucedido. Es cierto que ahora sí que tiene una obligación ineludible: decir la verdad en sede judicial. Si así lo hace, no merece el linchamiento sufrido. Si no lo hiciera, se convertiría en cómplice merecedora de total repulsa, a la que se podría adjudicar responsabilidad sobrevenida en la tragedia. Colocada en el foco mediático por razones evidentes, es evidente que ha pagado un precio adicional por ser mujer. Comentarios malintencionados y crueles que cruzan todos los límites que protegen a las personas inocentes. Y ella, de la causa criminal que nos preocupa, es inocente.
Tres mujeres en la cresta de la ola cuyo mayor deseo seguramente sea poder volver a la playa y que las dejen vivir en paz.
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