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Xàtiva y Franco, cincuenta años después

"Ya es tiempo de sentarse a contar lo que siempre se nos ha ocultado de la represión por el miedo a despertar de nuevo la brutal violencia de los años cuarenta, la peor etapa de la dictadura"

Militares ante el monumento a los caídos en la Seu de Xàtiva.

Militares ante el monumento a los caídos en la Seu de Xàtiva. / Levante-EMV

Salvador Catalá

Salvador Catalá

Xàtiva

Contaba con poco más de dos años cuando Arias Navarro comunicaba con infinita pena al pueblo español la muerte de Francisco Franco desde una pantalla de televisión. Era el inicio de la Transición de la que apenas nada me contaron en el colegio, ni en el instituto, y casi nada en la facultad, a pesar de estudiar historia. Se obsesionaron siempre las fuerzas vivas, en cada momento histórico, de edulcorar la etapa y construir un discurso triunfalista donde España fue ejemplo modélico de evolución de dictadura a democracia sin que hubiese demasiados muertos, donde el rey fue el garante de la democracia, y los líderes de los grandes partidos en el exilio volvían para participar en la nueva España, donde una ley de amnistía sacaba de la prisión a los presos de la dictadura, y perdonaba a los verdugos, por el bien de España, no sea que se enfureciese a los generales sublevados victoriosos en la Guerra Civil, garantes de la unidad y valores patrios. Uno puede entender aquello desde la perspectiva de finales de los años 80 y 90, pero no en los tiempos que corren.

Cincuenta años después, seguimos en la misma tónica de contar la verdad a medias, o de esconder otras muchas cosas, como si corriésemos peligro de un nuevo golpe de estado, o fuésemos niños que sufren ante lo políticamente incorrecto. El sábado, TVE emitió un documental que parecía un programa de entretenimiento, con un regusto de hasta aquí puedo contar. Se intentó explicar todas las argucias extralegales impulsadas por el gabinete de Adolfo Suárez para que los procuradores de las Cortes franquistas, por el tercio de la familia, empresa y sindical, se “suicidasen”, para votar a favor de la ley de la reforma política que permitiese acabar con esta cohorte de privilegiados y dar paso a un verdadero parlamento, formado por partidos, cuyos representantes habrían de ser elegidos por sufragio universal. Se recordó cómo se evitó el voto de una treintena, enviándolos a un crucero al Caribe, que coincidía con el día de la votación. Se nos obviaron las otras medidas, propuestas por la C.I.A, y que eran imitadas por los servicios de inteligencia de todo el mundo, basadas en el soborno, extorsión o asesinato.

En Xàtiva, Franco fue hijo adoptivo desde diciembre de 1946, cuando el alcalde Rafael Lluch Piñana convocaba un pleno de urgencia para tratar un único asunto, el de nombrar a Franco “alcalde perpetuo e hijo adoptivo predilecto de Játiva”. Honor que merecía su “Excelencia el jefe de estado, caudillo y salvador de España” en atención a “los elevados méritos contraídos ante la nación y ante la historia que le han hecho merecedor de la gratitud de todos los españoles, amantes de su patria…”. Como es de imaginar, la moción fue aprobada por unanimidad en el contexto de bloqueo internacional donde se exigía la democratización del régimen “…se establezca en España un gobierno cuya autoridad proceda de sus gobernados y que se comprometa a respetar la libertad de expresión, religión y de reunión, y a celebrar cuanto antes las elecciones en las que el pueblo español pueda expresar su voluntad, libre de coacción y de intimidación”. Desgraciadamente, la ley de reforma política tampoco estuvo libre de coacción e intimidación.

Venga esta para aclarar con respecto a que cincuenta años después de la muerte del Generalísimo, ya es tiempo de sentarse a contar lo que siempre se nos ha ocultado de la represión por el miedo a despertar de nuevo la brutal violencia de los años cuarenta, la peor etapa de la dictadura. Ya es hora de derogar los monumentos de glorificación al franquismo, como la placa dedicada a Magraner, que perpetúa la sombra del dictador en plena Alameda, y dejó eterna presencia visible en las calles de Xàtiva de la conversión del fascismo en Movimiento Nacional, en la nueva etapa nacionalcatólica, iniciada por el régimen franquista en la década de los años 50, y que a partir de entonces significó su supervivencia, obviando para siempre la condena de 1946 y convirtiendo ahora a España en aliado de Estados Unidos. Picar el escudo de la Falange de la placa o eliminarla de los emblemas de vivienda social, es absurdo, ya que alteran las pruebas de un pasado que fue así, y que tenemos que asumir y superar. Hora también de realizar homenajes como toca al pobre José Medina Maravall. Asesinado por los incontrolados de inspiración ácrata por su defensa de una República de orden, y puesto su nombre en la Cruz a los Caídos por Dios y por España, que se ubicó en la fachada de la Seo, cuando él era un alcalde republicano anticlerical que defendía la escuela sin Dios y la España tricolor, y que por ironías de la historia, aparece hoy en el monumento de las Cortes valencianas, dedicado a los ejecutados en Casa Blanca, en los tiempos en que esta era un campo de tiro. Crímenes franquistas de los que Medina Maravall no fue víctima, pero sí que es el único del monumento que se puede considerar como reza la placa, defensor de la democracia, al contrario que el resto que sí fueron antifascistas, pero jamás demócratas.

Y el resto de asesinados, por ser sacerdotes o afiliados o a la Derecha Regional Valenciana, o a la Falange, si se quiere, cuya memoria fue secuestrada durante décadas en el monumento a los Caídos por Dios y por España de la Colegiata, no tuvieron el derecho tras la muerte del dictador, a permanecer en un monumento conjunto, que se hubiera podido titular algo así como víctimas de la barbarie de la guerra. Tras la muerte del dictador, desapareció la Cruz y el recuerdo de los inocentes asesinados en la retaguardia republicana, de nuevo relegados al olvido, como si realmente hubieran sido franquistas antes del estallido de la Guerra Civil.

Y fueron los 50, cuando volvieron a Xàtiva los represaliados del franquismo que habían tenido la suerte de evitar el fusilamiento por penas de prisión causadas por pueriles acusaciones. Hoy cincuenta años después, nos vamos a enterar a través de la publicación de los juicios sumarísimos, cómo funcionó la justicia del autodenominado por los propios militares sublevados como “ejército de ocupación”, que convirtieron Xàtiva en un gigantesco campo de concentración, donde la delación y las ansias de venganza desequilibraron la balanza de la justicia, a favor de la injusticia. O ni siquiera la hubo tampoco, porque medio siglo después de la muerte dictador nos enteramos que en Xàtiva también hubo ejecuciones extrajudiciales, como la del Gallo. Y es que medio siglo después, nos queda aún muchísimo por descubrir.

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