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La Ciudad de las Damas

Nunca serán nuestras guerras

"La violencia indiscriminada, salvaje, ajena a cualquier valor ético y moral no es la solución, sino causa de nuevas batallas, cada vez más destructivas y crueles"

Nube tóxica en Teherán tras el ataque a una instalación petrolera en la capital y zonas cercanas.

Nube tóxica en Teherán tras el ataque a una instalación petrolera en la capital y zonas cercanas. / Jaime León / EFE

Mar Vicent

Mar Vicent

Xàtiva

Ayer pasaron 22 años desde los atentados del 11M. Y las familias de las víctimas lanzan un mensaje contundente sobre el coste humano de las guerras: los poderosos ordenan y las familias entierran a sus hijos. Saltarse las reglas de la convivencia y apostar por la violencia solo sirve para extender el dolor y la crueldad.

El panorama es desolador porque representa el triunfo de la cara más negra del ser humano. Pero incluso quienes no han cursado el curso de geopolítica, nivel avanzado, somos capaces de entender a la perfección que hay una forma correcta de actuar y otra que no lo es. Y percibimos con claridad que el matón grande que sacude un guantazo al matón pequeño, sólo lo hace porque quiere ser el único, no porque pretenda hacer un mundo mejor. Sabemos que la violencia indiscriminada, salvaje, ajena a cualquier valor ético y moral no es solución, sino causa de nuevas batallas, cada vez más destructivas y crueles.

De ahí, la existencia de un sentimiento compartido, quizás primario que exige que las guerras las hagan ellos, quienes las generan desde sus despachos, siempre cerca del refugio nuclear necesario para sobrevivir. Que reclama que sean ellos los que envíen a sus hijos, a sus nietos. Que vean sus casas destruidas, sus pueblos destrozados, su existencia dinamitada. Que pasen hambre y privaciones. Que sus ancianos y gente menuda tengan que luchar desesperadamente para sobrevivir.

Imposible saber cómo acabará la función. Ojalá a algunos les dé un ataque de cordura, opción altamente improbable. O un imponente ataque de pánico anticipando el horror resultante de sus insensateces.

Pero incluso en los tiempos de mayor miseria moral, aparecen atisbos de lucidez. Como la del presidente del Gobierno de España, saliéndose del guion previsto. Como el revoltoso que no sigue la corriente impuesta. Como el subversivo que no acepta la autoridad que otros pretenden tener.

El apoyo obtenido fue más allá del color del voto, del cuestionamiento de sus motivos o de la efectividad de su conducta. Y eso dice mucho y bueno sobre la capacidad de tener juicio propio, sin someterse a las militancias, a los prejuicios o a la desconfianza. Es un triunfo sobre el escepticismo y el miedo a pesar de los comentarios beligerantes e improductivos de quienes solo pueden pensar en machacar a ese perro que no acaba de morir.

Tal vez el aval ha contribuido a romper la inercia resignada de gran parte de la sociedad que veía acongojada como la llevaban al infierno. Porque está creciendo un potente sentimiento de solidaridad y complicidad que suaviza las heridas del individualismo feroz y recuerda que la actuación colectiva y sin fisuras es quizás la mejor defensa del mundo en que vivimos.

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