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Reloj no marques las horas
"Hablemos de cómo se organiza el caminar de las ciudades que siempre creyeron en sí mismas para ser ejemplo de muchas otras que optaron por el silencio o dejarse llevar por la memoria de lo que fueron"

Visitantes en el Palacio Museo del Tiempo de Jerez de la Frontera. / Ayuntamiento de Jerez /Europa Press

“Porque voy a enloquecer…" Es lo primero que uno piensa cuando visita el Palacio del Tiempo que nada tiene que ver con nuestras ciudades y comarcas. Este Palacio instalado en Jerez de la Frontera mantiene este misterio que otorga el tiempo que pasa y el que queda por pasar. El que pasó ya no sirve para nada excepto para los recuerdos dulces y amargos que nos obligan a mantener con vida la mente que cada día lucha por sobrevivir, entre silencios y gritos que nos identifica como somos y como llegaremos a ser. Aquí, los de la Costera, podríamos aprender en parte la memoria que nos dice como fuimos. Vivir a salto de mata no implica ser parte de la dejadez que tanto nos identifica y nos señala.
El tiempo, ese tiempo que lo construye todo y lo rompe todo, significa poder descifrar ese laberinto de pasiones (perdón Almodóvar) de cada alarma que suena a todas las horas del día. Ese Palacio neoclásico invita a recorrer una ruta de vino y brandi, pero sobre todo despertar con esa relojería histórica única en este país. Cuando hablamos del tiempo, poder meter en el mismo zurrón esta bella ciudad andaluza y jugar al juego de las comparaciones que siempre fueron odiosas, pero necesarias al mismo tiempo. Juguemos pues y comparemos Jerez con Xàtiva como ejemplo de lo que nunca deberíamos comparar. Hagamos entonces un silencio respetuoso y dejemos los juegos para mejor ocasión y que cada uno piense lo que quiera, que nuestra libertad es como el cambio de hora en primavera y otoño: para unos, urgente y necesaria y para otros, sin apenas sentido de ser.
En la distancia entonces, hablemos de cómo se organiza el caminar de las ciudades que siempre creyeron en sí mismas para ser ejemplo de muchas otras que optaron por el silencio o dejarse llevar por la memoria de lo que fueron. No se puede vivir esperando que suenen las cuatro de la tarde en ese reloj francés o las siete en el inglés, que como siempre surge la controversia de que fue primero, el huevo o la gallina. Cada uno lucha con sus propias armas para reivindicarse como sueño de verano, o como ejemplo a copiar.
No caeré en la tentación de explicar que tienen unas ciudades u otras como anunciaba antes, simplemente porque esas horas hacen reflexionar para crear un clima de momentos cálidos y necesarios. Pensaba poder hacerlo, pero prefiero que el viajante descubra todo lo que le rodea. Esa ciudad andaluza que sirve como motivo de esta columna, se reivindica con sus armas de razones y no quiere nada más que mostrar quien es y como se presenta a sus habitantes. Explotan al máximo su gusto a brandy, a vino dulce y blanco fino. No en vano se presentan como Capital Española de la Gastronomía y lo pregonan a los cuatro vientos sin provocar envidias, ya que sus razones son únicas y con brindis al sol de cada día.
Se sumergen en un sueño que vive el ruido de los relojes en su palacio de pocas palabras pero muchos hechos. Y desde aquí, desde nuestra capitalidad comarcal, podemos ver como se plantean las promociones de aquella. Tenemos tiempo para reflexionar y volver a escuchar las campanas misteriosas del tiempo que hemos podido vivir.
Y de nuevo resonarán los acordes, para que Lola Flores, ciudadana de allí y reconocida internacionalmente no como los ilustres de aquí, llenará de recuerdos los relojes: ¡Ay, pena, penita, pena –pena/Pena de mi corazón/Que me corre por las venas –pena/Con la fuerza de un ciclón!
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