Alfarrasí
El vuelo generacional de l’Angelet de la Corda
La solemnidad de la tradición convive en Alfarrasí con la mirada inocente de una niña de tres años y medio, Vera Ibáñez Agudo, que evoca la infancia como elegida para representar la escena el domingo de Pascua

Vera Ibáñez Agudo, Angelet de la Corda de 2026 en Alfarrasí. / Esther Sanz Cuquerella
Esther Sanz Cuquerella
El pasado veinte de marzo, desde este diario, se pudo llevar a cabo una conversación muy entrañable y emotiva con la familia de l’Angelet de la Corda 2026 (Vera Ibáñez Agudo). Lo que se pudo percibir en dicha charla es que en Alfarrasí, el transcurso generacional del tiempo no avanza en línea recta, sino que a veces se eleva. Como l’angelet que, suspendido en el aire, evoca historia y memoria de una tradición que respira fuerza y reconstrucción del pasado en la familia paterna de la niña. Y es que la pequeña Vera no duda cuando se le pregunta por si sintió miedo en la prueba de la posible altura desde la cual se escenifica l’angelet, sinó que responde con la naturalidad de quien pertenece a algo más grande que ella misma: “Que no he tingut por” sin duda alguna ni titubea.
Y es así que lo expresa con la única certeza de quien ha vivido de forma cotidiana escenificando l’angelet en casa como un gesto pequeño, como un juego heredado por su abuela paterna y su tía más directa. Así pues, respecto a las pruebas, Vera asegura que le colocaron en las cuerdas y en su barriga, una sujeción “súper chula” (el arnés), dice ella, como si la solemnidad de la tradición pudiera convivir con la mirada inocente de una niña de tres años y medio que evoca la infancia. Con todo, como la misma Vera nos asegura, vestida de blanco en su día grande, Vera no solo se prepara para representar l’Angelet, sinó también para encarnar un relato que la precede en su historia familiar.
Su madre, Estela Agudo, lo observa con la emoción contenida de quien sabe que está viendo repetirse un milagro íntimo. Y en su voz se percibe orgullo y asombro a la vez. Porque Vera era la única candidata posible. No solo por cumplir los requisitos administrativos (estar empadronada en el municipio desde hace más de un año y contar con raíces familiares paternas -en este caso- en el pueblo), sino porque su destino ante la realización de l’angelet parece escrito en una continuidad silenciosa que se remonta generaciones atrás en su linaje paterno. Porque en su familia, ser “angelet” no es un hecho aislado, sino una casualidad azarosa del destino. Así pues, su abuela, sus tías y su prima suman una cadena femenina que atraviesa el tiempo como si llevaran la esencia de l’angelet en la sangre algo destinado al azar que la lógica no puede explicar. De hecho, seis generaciones (Fernanda, Erlinda, Sara, Jéssica, Martina y ahora Vera) se miran hoy como si fueran una sola niña multiplicada en la historia, sostenida por la misma cuerda invisible que atraviesa el tiempo como el vuelo de l’angelet uniendo de forma paralela pasado y presente. Y en esa convivencia generacional, su abuela Fernanda recuerda otro mundo ante los preparativos de l’angelet.
Una realidad donde las alas estaban decoradas minuciosamente con papelitos blancos, la corona con cartón plateado así como los cinturones con envoltorios reutilizados del chocolate que su madre Nieves se guardaba para utilizarlo luego como papel de plata. Se trataba de unos preparativos para el atuendo que vestía el angelet de forma muy artesanal, humilde y doméstica, donde se respetaba al máximo lo sagrado con la humildad que suponía realizar los complementos del angelet. “Les ales estaven fetes de paperets y les sandalies que jo portava de cartró folrades de paper de plata”, recuerda, como quien evoca un sueño que en su memoria huele a infancia.
En aquellos años, la prueba se hacía en los patios o terrazas de los respectivos alcaldes que gobernaban en el pueplo. Así pues, entre ventanas de pallissa y alturas improvisadas con cuerdas que se utilizaban en las labores domésticas ya anunciaban el sentido profundo del rito: mirar hacia abajo desde arriba para aprender a confiar. Hoy el escenario ha cambiado, pero la esencia permanece intacta: la niña sigue siendo elevada no solo en el espacio, sino en el significado.
Porque en Alfarrasí, la figura de l’angelet no es solo una representación sino una herencia emocional que se transmite como pasan de madres a hijas las historias verdaderas: sin necesidad de explicación, porque se reconocen. Así pues, la prueba para ser angelet, no sólo es técnica, sino que es un diálogo entre la niña y lo invisible. Con todo, a Vera le explican que manos desconocidas la sostendrán y que deberá confiar. Y ella confía. Porque ya ha aprendido, sin saberlo, que ese instante es seguro, que ese vuelo simbólico es pertenencia a la historia de Alfarrasí. Por ello, las personas que prueban a Vera solo pueden afirmar que ‘Ho ha fet molt bé, però que molt bé’ o en otras palabras, como afirmarían muchos vecinos del municipio valldalbaidino ‘Esta xiqueta està bona per a fer l’angelet’.
Según su abuela paterna, en la tradición como ya hizo con su anterior nieta, la niña también aprende un gesto antiguo: acercarse a la Mare de Déu, saber dónde están los alfileres y ver cómo es el velo. De este modo el domingo de Pascua de Resurrección, ‘El dia de l’angelet’ para todo alfarrassiner i alfarrassinera, se toca lo sagrado con manos pequeñas. “Tires l’agulleta a terra i agarres el vel”, así es como su abuela le ha explicado a Vera qué es lo que tiene que hacer. Un gesto que no es solo un ritual, sino una transmisión de historia, de fe i de identidad que año tras año se reafirma con un futuro asegurado. Con todo, l’Angelet de la Corda no solo celebra una ceremonia, sino la certeza de que hay tradiciones que la esencia de Alfarrasí mima en su máxima plenitud. Por ello, cuando Vera se eleve no será solo una niña vestida de blanco suspendida en el aire, sino que representará a todas las niñas que fueron antes que ella. Todas las voces familiares que la preceden. Y también, de algún modo, a todas las que aún no han llegado y que la historia pondrá en su lugar. Porque Alfarrasí sostiene l’Angelet a través de la memoria colectiva de sus raíces.
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