OPINIÓN
El apocalipsis de la recogida puerta a puerta
"No solo se trata de mejorar los índices de reciclaje en un contexto de emergencia climática, sino de evitar el colapso provocado por un modelo que premiaba el incivismo y la gestión irresponsable de la basura"

Reparto de cubos en el auditorio de Chella, este lunes. / Perales Iborra
Un fantasma recorre Ontinyent y los pueblos de la Canal de Navarrés y la Costera: el fantasma de la recogida 'puerta a puerta'. Ratas, cucarachas y las siete plagas de Egipto se ciernen sobre una población en pie de guerra ante la inminente llegada del apocalipsis. La gente anda cabreadísima porque van a pasar a recogerles la basura a la puerta de casa por el escandaloso precio de 0,34 euros al día.
Que nos parezca caro este importe evidencia el fracaso de una política que durante demasiado tiempo premió la gestión irresponsable de los residuos. Qué tiempos aquellos en los que los ayuntamientos subvencionaban la mayor parte del recibo, generándonos la (falsa) sensación de que tratar nuestros deshechos (aunque no los recicláramos) resultaba casi gratis. Qué placentera la impunidad con la que uno podía arrojar al contenedor todas sus inmundicias, cuantas más mejor, a cambio de un coste tan simbólico como irrisorio. Lástima que, a base de enterrar nuestras vergüenzas bajo la alfombra terrestre, los vertederos hayan terminado colapsando. Simple y llanamente, el territorio ya no da abasto para absorber la cantidad de mierda que generamos. ¿Acaso algún activista en contra del reciclaje, de esos que hoy se dedican a esparcir bulos y a agitar las redes de odio, está dispuesto a que su pueblo albergue una instalación de eliminación de la basura?
El nuevo marco normativo estatal -amoldado a los dictados que emanan de la Unión Europea- obliga a los ayuntamientos a repercutir a los ciudadanos el coste real del servicio de recogida y transporte de los residuos. Se trata, pues, de abandonar el escenario de fantasía en el que vivíamos instalados, de equilibrar derechos y obligaciones y de poner nuestro grano de arena para paliar la decadencia de un planeta que se va al garete.
Los municipios también están obligados a reformular sus sistemas de recogida si no quieren exponerse a las sanciones por no alcanzar los objetivos de reciclaje marcados por la UE. El puerta a puerta es más caro de implantar que otros modelos que implican ampliar el número de contenedores, sí, pero también es el que más recomiendan los técnicos y expertos por su eficacia a la hora de incrementar drásticamente la recogida selectiva de los hogares y empresas, sobre todo en pequeñas áreas poblacionales. A largo plazo, los beneficios están más que demostrados en múltiples estudios.
Entendiendo los recelos normales frente a un cambio de hábitos tan brusco, antes de dictar sentencia convendría mirar hacia experiencias similares que se han desplegado -por ejemplo- en municipios muy cercanos de la comarca de la Ribera, donde el sistema 'puerta a puerta' ha permitido multiplicar hasta por cuatro la recogida de residuos orgánicos por la mejora de la separación en origen, mientras que la cantidad de residuos impropios ha caído en picado, la recogida selectiva se situó en el 80% en 2024 y la factura que pagan las familias por el tratamiento ha disminuido de forma significativa. De hecho, diez de los doce pueblos con la tasa de tratamiento más barata del Consorcio de Residuos Ribera-Valldigna realizan la recogida puerta a puerta.
Cuesta mirar al futuro cuando nuestro pesimismo antropológico nos brinda la certeza de que será peor a lo que hemos conocido hasta ahora. Pero hay que hacer un esfuerzo. El puerta a puerta facilita una mayor trazabilidad de los residuos, de cara a identificar malas prácticas y a fomentar la corresponsabilidad ciudadana en la protección del entorno. El objetivo debería ser avanzar hacia una fiscalidad más justa, que verdaderamente incentive a quien hace los deberes y contamina menos, rebajándole el recibo mediante el llamado "pago por generación". No es admisible que en una comarca de pequeños municipios dispersos como la Canal de Navarrés apenas se esté consiguiendo separar adecudamente un 14% de los residuos. Solo con campañas de concienciación ciudadana no vamos a ningún sitio.
Invocar el manido argumento de la libertad para oponerse al cambio recuerda a aquella misma libertad que reivindicaban los fumadores para rechazar la prohibición de inundar de humo muchos espacios privados y públicos de reunión cuando se aprobó la ley antitabaco. Entonces, los hosteleros auguraron el fin de los días. Iba a suponer la quiebra. El mundo se acababa. Hoy, 20 años más tarde, nos parecen anacrónicas las imágenes de cigarrillos colonizando los interiores. También se ha cercenado la libertad de no poder circular sin cinturón o casco y se han salvado muchas vidas. "El comer y el rascar, todo es empezar", reza el refrán.
No solo se trata de mejorar los índices de reciclaje en un contexto de emergencia climática que requiere medidas valientes, sin matices ni aplazamientos, sino de evitar el colapso provocado por la inasumible cantidad de deshechos que generamos unos seres humanos adictos al consumo desenfrenado en el primer mundo. Los vertederos valencianos reciben diez veces más basura sin reciclar del máximo exigido por la UE para 2035 y se enfrentan a una situación crítica por la sobrecarga de residuos. Hay un problema sanitario y ambiental de primer orden vinculado a la generación de basura que exige una respuesta desde la ética y la conciencia personal. Millones de toneladas de residuos textiles procedentes de la cultura de la moda rápida de los países ricos terminan exportándose cada año y generando montañas de basura en los países pobres del sur global.
Para que el 'puerta a puerta' funcione hace falta la implicación ciudadana. Y eso es lo más complicado, puesto que hasta ahora -en líneas generales- nos hemos desentendido bastante de la basura que generamos. Quizás, la asignatura pendiente ha sido fomentar una participación vecinal más activa desde el principio . Los ayuntamientos y mancomunidades que van a implantar el sistema lo aprobaron hace varios años, pero no ha sido hasta ahora, cuando está a punto de implantarse de manera efectiva, cuando ha comenzado a arreciar una corriente contraria que recoge firmas y organiza acciones para tratar de revertir estas decisiones, vinculadas a contratos millonarios ya adjudicados y en vigor.
Información y pedagogía
Una vez más, son los ayuntamientos los que tienen que dar la cara ante la indignación vecinal por la difícil transición al nuevo modelo, mientras las administraciones superiores se limitan a dictar las normas y a salir corriendo. A un año para las elecciones, muchos alcaldes observan con pánico el clima ciudadano por la subida de la tasa y la desaparición de los contenedores de toda la vida, auténticos focos de suciedad especialmente molestos para quienes les toca tenerlos cerca. El cambio requiere muchas explicaciones, mucha información y mucha pedagogía. El alcalde de Ontinyent -donde el puerta a puerta ya funciona desde hace décadas con éxito para la basura orgánica- ha tomado buena nota de ello y no ha dudado en multiplicar sus apariciones y dar la cara para contener la crisis, con una llamada a la tranquilidad y a la paciencia.
Tampoco estaría de mas que, de una vez por todas, los representantes políticos fueran capaces de ponerse de acuerdo para impulsar las instalaciones de tratamiento de la basura que requieren la Costera, la Canal y la Vall d'Albaida y que arrastran un retraso de quince años.
Pero el ciudadano medio no puede cargar a sus espaldas con todo el peso de las obligaciones. La mejora del reciclaje a pequeña escala tendría que ir acompañada de mayores exigencias a los productores para mejorar la sostenibilidad de los objetos de consumo y de políticas verdaderamente efectivas de reducción del plástico producido y distribuido. Que las grandes empresas y corporaciones cumplan realmente con los estándares medioambientales y que las grandes fortunas también ajusten su modo de vida, mucho más contaminante que el del trabajador que llega a final de mes con lo justo.
La recogida puerta a puerta requiere un periodo de adaptación lo más gradual posible, con mucha flexibilidad por parte de las autoridades y la búsqueda de soluciones a los posibles problemas que se puedan generar. Cambiar de hábitos nunca es sencillo, y es natural que surjan dudas, cabreos o reticencias. Sin embargo, estas dificultades iniciales pueden (y deben) disiparse con tiempo, escucha y comunicación.
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