Biblioteca de familias
El doctor Ernesto Sanz y las consecuencias del 18 de julio de 1936 en Xàtiva
"El padre de la médica setabense Cecilia Sanz, director del hospital de la plaça de la Seu, vivió un doble infierno tras el alzamiento militar que le cogió en pleno viaje de luna de miel: el comité revolucionario le desposeyó de sus bienes y de su título y bajo el franquismo se le instruyó un juicio sumarísimo"

El hospital de la Seo de Xàtiva.

Casaron felizmente un 14 de julio, Cecilia Sanz y Vicente Ridaura, en la capilla del hospital cívico-militar de la plaça de la Seu de Xàtiva, hoy actual centro médico, lugar donde el padre de la contrayente, Ernesto Sanz, ejercía como director del mismo. Tras la ceremonia religiosa, banquete en el hotel del Españoleto, y luego viaje de luna de miel al balneario de Cestona/Zestoa, en Guipúzcoa/Guipuzkoa, lugar donde Ernesto solía veranear acompañado de su segunda esposa, María Pérez. Tras la ceremonia, el día 15, partió la nueva pareja a tomar las aguas acompañada de los padres de Cecilia. No sabemos si fue un regalo de bodas, pero el caso es que compartirían luna de miel por unos escasos días, ya que los recién casados, ambos médicos, deseaban viajar por Europa para realizar estudios de posgrado. Pero la alegría fue efímera.
Sábado, 18 de julio de 1936. Las noticias del levantamiento militar llegan a Xàtiva vía radiofónica. La España norteafricana se encuentra ya bajo dominio de los africanistas en espera de poder cruzar el Estrecho. En Xàtiva, los militares y fuerzas del orden permanecen tranquilas. La vida continua ajena a la catástrofe que se avecina, como un fin de semana más de un tórrido verano, donde los niños disfrutan de vacaciones escolares, los casinos y tabernas a reventar, el Albaida se llena de bañistas, la Glorieta mantiene su programación de conciertos nocturnos, y los más pudientes, se acercan al Balneario de Bellús, o a la playa, a veranear.
Todos de fiesta, excepto las poderosas centrales sindicales, de la UGT y CNT, que se agrupan en un Comité Revolucionario Unificado, dispuesto a frenar a los fascistas que vienen del sur, pasando por encima de las autoridades republicanas setabenses, que son desalojadas del poder con amenazas de muerte al alcalde Vicente Parra, y sus milicianos se dispersan por la ciudad para perseguir a todos los simpatizantes de los golpistas, y copiar así sin darse cuenta la declaración del estado de guerra contra los civiles, propio de los tiempos de la dictadura militar de Primo de Rivera, pero mucho peor, ya que se va a derramar sangre de gente inocente.

El balneario de Bellús. / CS
El ejército sublevado no sólo se concentra en el Norte de África, sino también el norte de la península, apoyados por los requetés carlistas. Ernesto desea volver a Xàtiva, pero su regreso se hace cada vez más difícil, al atravesar las rutas ferroviarias de territorios, controlados entonces, por los mal llamados, "nacionales", porque españoles eran todos. Por fin, el 7 de agosto, consigue un pasaje en un buque alemán que procedente de Bilbao hace escala en Bayona, y de allí trazar ruta férrea hasta Portbou, desde donde entrar a España por la costa mediterránea bajo el control de la República. Llegó a Xàtiva, a principios de agosto, en el peor momento, ante la ola de terror desatada por el Comité Revolucionario, que se ceba contra la burguesía setabense, con incautaciones, requisas y asesinatos, de la que Ernesto, se convierte en objetivo. No hubo feria aquel año, y el bullicio de estío, se convirtió en un horrible silencio, a la espera de no ser secuestrado, ni objeto de expropiaciones por razones de economía de guerra. La extroversión y alegría propia del estío se transformó en introversión, dolor, y mucho pánico a ser protagonista de un "paseíllo".
Director del hospital de la Seo
Nada más llegar a Xàtiva, se le desposee de su título médico, se le requisa su coche, una imprenta, y su chalet en Bixquert, es "ocupado" por su desafección al régimen, al haber sido militante del Partido Unión Republicana Autonomista, y haber realizado un pacto con la derecha para intentar frenar el avance del Frente Popular. Dado su prestigio como médico, y su experiencia al frente de la dirección del hospital, pasa de la inhabilitación a ser nombrado como comisario de sanidad y director del hospital de la Seo, rebautizado como hospital de sangre número 1, donde no recupera los bienes incautados, y es responsable ante el Comité de la atención de los heridos de guerra. Al poco tiempo, es militarizado con el grado de teniente, bajo la promesa de que nunca abandonará su amado hospital.
Es un engaño, para someterlo a la disciplina militar, y poder trasladarlo según las necesidades de los hospitales de sangre en el frente de guerra, y más cuando la todopoderosa Brigada Apellániz, creada por la República para luchar contra los quintacolumnistas, y tristemente famosa por las torturas y ejecuciones extrajudiciales. Entra en sus listas negras, se incluye a Don Ernesto, por ser "amparador de monjas". Él defiende a las Hermanas de la Caridad, las enfermeras del centro médico, que tanto molestan a los extremistas por su condición de religiosas, sin prestar atención a la labor que estaban realizando.
Se le traslada temporalmente a Valencia, y tras la disolución de la Brigada, regresa a Xàtiva, para recuperar la dirección del hospital, no sin antes ser destinado a Caudete temporalmente, por las necesidades de médicos en los hospitales de sangre. Vuelve a Xàtiva, para hacer frente al momento más difícil, suponemos de su vida profesional, atender de urgencia a los cientos de víctimas causadas por el virulento bombardeo del 12 de febrero de 1939.
Segundo infierno
Y cuando las tropas de Franco se convirtieron en el ejército de ocupación, liberadoras del "terror rojo", no significó ello la paz para don Ernesto, sino el inicio de su segundo infierno. Tras el 18 de julio de 1936, le llegó el del 28 de mayo de 1939. Varios vecinos, conocidos, e incluso compañeros de profesión, presentaron denuncias contra él. Muchos amigos, se convirtieron a partir de aquel día, en enemigos.
Las denuncias sirvieron para instruir el juicio sumarísimo de urgencia número 15.475, al que después de unos cuantos años de acabada la guerra, hemos podido tener acceso, y que inspira esta crónica para reivindicar y dar voz a su viuda, María Perez, representante de tantas mujeres que lucharon por limpiar la memoria vilipendiada de su esposo, víctimas de aquellos procesos judiciales, donde delaciones sin pruebas eran motivo suficiente para iniciar causas penales, como la sufrida por el médico Ernesto Sanz, cuya historia estaba sumida en el olvido, como la lucha de su segunda esposa, por demostrar la inocencia de un marido, que lo único que hizo en la guerra fue cumplir con su juramento hipocrático de salvar vidas. Lucha que recordaremos la próxima quincena, día de Sant Feliu.
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