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Opinió | Dimarts Mercat

La calle Sant Joaquim de Xàtiva: ya no habrá Varon Dandy ni Jean Paul Gaultier

"Las grietas se están haciendo dueñas de esas casas llenas de recuerdos, mientras cambiar pavimentos de ultima generación justo donde el bingo de la Albereda es la prueba evidente del poderío de algunas zonas"

Operarios trabajando en una obra de la calle Sant Joaquim de Xàtiva, en 2021.

Operarios trabajando en una obra de la calle Sant Joaquim de Xàtiva, en 2021. / C.V.C.

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Vicent Soriano

Vicent Soriano

Xàtiva

Tenía que pasar y pasar en plan gordo. En estas mismas páginas me he quejado y analizado amargamente del deterioro progresivo del casco antiguo, que poco a poco ha venido convirtiéndose en negativo protagonista sin haberlo buscado. Mire usted por donde.

Pero el deterioro no es cuestión de cuatro casitas y dos aceras rotas, sino de un lamentable aspecto que posiblemente tenga su epicentro en la calle de Sant Joaquim. Sí, en esa calle donde la memoria renace de nuevo, y en mi caso, despierta con obligado recuerdo a mis primeros pasos, mis primeras fiestas, mis primeras amigas que me dejaron cogerlas de la cintura y bailar aquello de «tengo una motocicleta» y por las noches eternas salir de casa escondidos para ver como la traidora «cordà» quemaba algún dedo corazón sin que el perjudicado soltase ni una lágrima de dolor. Sant Joaquim era la última (y lo sigue siendo) de las calles en fiestas, cuando termina la Fira d’Agost y renace la fiesta popular, la folia y el pregó, la procesión y la traca peligrosa.

En aquella calle silenciosa en invierno y habitada por dentro y por fuera en verano, despertaban los sentidos gloriosos de la propiedad compartida. Todos los vecinos éramos vecinos de criticar, de comprender, de saber que aquello era nuestro, de hacer turnos por las noches mientras se secaba el asfaltado sobre la arena que el Consistorio se dignó echar en la calle «cañamó» y colocar los tubos para el agua potable en todos y cada una de las casas. Y aquello se hizo deprisa y corriendo, para regocijo de Paco el Mort, de la Chona, de San Pedro, los Cheyanos, la Tarzana, Pepe el barber, Pepito que vendía a raya, l’Herbeser, Mariu…todos aplaudieron la iniciativa, pero los años han venido pasando y marcando sus huellas en las paredes de las fachadas, en el pavimento mal colocado de la calle, en el agua que corre por debajo de las viviendas y se escucha como corre haciendo todo el mal que puede.

Pero es su libertad, la libertad de no saber dónde terminará. Es su carrera contra el tiempo que no se detiene y quienes deberían poner freno a tanta desidia contemplan las grietas que se están haciendo dueñas de esas casas llenas de recuerdos, mientras cambiar pavimentos de ultima generación justo donde el bingo de la Albereda es la prueba evidente del poderío de algunas zonas. Mirar hacia más arriba es un pecado moral del que no hace falta preocuparse. Un día de estos caerá la primera casa y luego la segunda, y vendrán las lamentaciones desde la Casa de la Ciutat cuando el remedio sea imposible. Y seguro que en Sant Joaquim ya ni habrá fiesta ni festeros con Varón Dandy y festeras con Jean Paul Gaultier. Será un lamento compartido y un silencio que nadie desea

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