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Moros y Cristianos

Mehmed II toma Ontinyent en una espectacular Entrada Mora que acaba con un mensaje de unidad

Los Moros Marinos, con Juan Luis Galiana como capitán, recrean la gesta del sultán que conquistó Constantinopla con un gran boato de barcos, guerreros y camellos antes de que los Moros Espanyols cierren la noche con un viaje por los reinos de taifas en la Embajada Mora

El capitán moro, al paso de la tribuna de autoridades.

El capitán moro, al paso de la tribuna de autoridades. / Mossàrabs

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Sergio Gómez

Sergio Gómez

Ontinyent

Moros Marinos reescribió anoche el guion de la historia en Ontinyent. Constantinopla dejó las orillas del Bósforo y se trasladó hasta la Vall d'Albaida para convertirse en el hilo conductor de una Entrada Mora marcada por la espectacular Capitanía encabezada por Juan Luis Galiana Aleixandre.

El bando de la media luna tomó las principales arterias de la ciudad con el segundo de los grandes desfiles de las fiestas de Moros y Cristianos de Ontinyent, declaradas de Interés Turístico Internacional. El protagonismo inicial recayó en los Moros Marinos, con una propuesta estrechamente vinculada al mar.

La comparsa construyó su Capitanía sobre una licencia histórica que partía de un acontecimiento que cambió Europa: la conquista de Constantinopla por Mehmed II en 1453. El sultán otomano consiguió entonces romper las defensas de una ciudad considerada prácticamente inexpugnable. En el relato diseñado para la Entrada de anoche, sin embargo, aquella conquista no fue suficiente. Después de Constantinopla, el conquistador puso sus ojos en un nuevo objetivo: Ontinyent.

El boato dio comienzo con la fragata Almanzor, uno de los símbolos históricos de los Moros Marinos y la embarcación que daba sentido al inicio de esta particular expedición por el Mediterráneo. Antes de desembarcar, el ejército se topó con un primer gran obstáculo: las cadenas. Como aquellas que protegían el acceso marítimo a Constantinopla, una barrera impedía ahora la entrada de los barcos del sultán hasta la nueva ciudad que pretendía conquistar.

La ruptura de esas cadenas marcó uno de los primeros grandes momentos de la Capitanía. Masters Ballet trasladó a la danza la batalla entre la resistencia de la ciudad y la fuerza de las embarcaciones de Mehmed II, mientras el avance de las tropas comenzaba a tomar forma. Después llegaron los guerreros.

El alcalde de Ontinyent, Jorge Rodríguez, en la Entrada Mora.

El alcalde de Ontinyent, Jorge Rodríguez, en la Entrada Mora. / Levante-EMV

La Escuadra Dardanelos simbolizó a los combatientes del mar encargados de franquear las defensas y preparar el desembarco, mientras la Escuadra Mitja Lluna representó a los ghazis, guerreros de inspiración religiosa que acompañaban a las tropas otomanas. El mar quedaba atrás. La conquista continuaba ya sobre tierra firme.

El boato fue desplegando entonces distintas unidades inspiradas en la organización militar otomana. Aparecieron los sipahis, soldados de élite que combatían a cambio de tierras y privilegios; los jenízaros, núcleo esencial del ejército del sultán; y los tiradores de infantería, preparados para avanzar con sus armas en la vanguardia. El ritmo de la batalla iba creciendo con cada escuadra hasta alcanzar otro de sus puntos centrales: el sitio de Ontinyent.

Cañones y bombardas evocaron el asedio de Constantinopla y trasladaron simbólicamente aquella ofensiva hasta las murallas de la capital de la Vall d'Albaida. La pólvora y la artillería representaron el momento en el que las defensas comenzaban a ceder ante el avance de Mehmed II. Tras ellas entraron en escena guerreras procedentes de Rumelia y Anatolia, arqueros y soldados de origen nobiliario. La resistencia había caído.

La Entrada se adentraba entonces en una segunda fase: la de mostrar no solo la potencia militar del Imperio otomano, sino también la magnitud de la corte que acompañaba al conquistador.

Camellos, mamelucos y la corte imperial

Mercenarios africanos procedentes simbólicamente de tierras lejanas dieron paso a una caravana de camellos que convirtió el recorrido en una representación del imperio que avanzaba sobre una ciudad ya sometida. Tras ellos llegaron jóvenes vinculados a las familias turcas y los mamelucos, soldados-esclavos capturados y reintegrados en los ejércitos otomanos.

La guerra fue dejando así espacio al la ceremonia. El Ballet Òpera introdujo la llegada de la corte con una danza de inspiración turca, antes de que un nuevo espectáculo simbolizara los deseos y augurios dirigidos al sultán en su entrada triunfal. En ese momento, apareció el harén imperial. Una escolta femenina a caballo acompañó a la representación del palacio de las favoritas del capitán, en una escena concebida para mostrar la opulencia de la corte antes de la irrupción del gran protagonista de la noche. Todo estaba ya preparado para recibir a Mehmed II.

El momento culminante de la Capitanía llegó con Juan Luis Galiana Aleixandre. El capitán moro apareció convertido simbólicamente en el conquistador otomano al frente de un séquito que reunía a los representantes de las grandes familias de su particular imperio, con la música de la Banda Sinfónica de Ontinyent. Una gran cuadriga tirada por cuatro caballos frisones precedió su llegada. Dos arqueros custodiaban la comitiva y el fuego anunciaba el avance del sultán. A su alrededor, las doce banderas de las familias de la corte reforzaban una imagen concebida para representar la posesión definitiva de la ciudad.

Era la culminación de un viaje iniciado en Constantinopla y terminado, al menos por una noche, en Ontinyent. Tras el capitán llegaron los propios Moros Marinos, encabezados por sus tradicionales Gastadors, recuperados por la comparsa como homenaje a una figura encargada antiguamente de abrir camino al resto de las tropas.

Concluido el gran despliegue de la Capitanía, la Entrada Mora continuó con las otras once comparsas del bando de la media luna. Tras los Moros Marinos llega el turno de los Chanos, Omeyas, Benimerins, Abencerrajes, Kábilas, Saudites, Mudéjares, Mossàrabs, Taifas y Moros Berberiscos, cada una con sus escuadras, cabos, bandas y trajes de gala.

La Embajada Mora cierra el desfile con un viaje al Al-Ándalus de 1086

La comparsa Moros Espanyols puso el broche final al desfile ya entrada la madrugada con una sorprendente Embajada Mora ambientada en el año 1086, cuando Al-Ándalus estaba dividido en distintos reinos independientes. El boato recreó el momento en que, por encima de sus rivalidades, los distintos pueblos decidieron unir sus fuerzas para hacer frente a una amenaza común, un episodio que el relato sitúa en torno a la batalla de Sagrajas.

El recorrido comenzó con el estandarte de la comparsa y un anunciador encargado de abrir las puertas de la historia, seguido de los más pequeños de la formación. A partir de ahí, el boato se estructuró en grandes bloques dedicados a algunos de los principales territorios de Al-Ándalus: los Abadíes de Sevilla, los Amiríes de Valencia y el reino del Albaicín de Granada.

La embajada mora.

La embajada mora. / A.O.

Nobles, guerreros, estandartes, caballos y diferentes formaciones artísticas dieron forma a cada uno de estos territorios, antes de confluir en una representación del concilio de las tres grandes familias. Era el momento clave de la Embajada: la unión de los diferentes reinos para preparar una gran coalición.

El último bloque estuvo protagonizado por los Asdiqa, encargados de dirigir la alianza y proteger a sus líderes. Tras ellos hicieron su entrada los máximos representantes de la comparsa, el embajador moro, Sergi Garcia, y el banderero, David Mateu, acompañados por la música de la Unión Musical de Ontinyent.

La Embajada concluyó con un epílogo protagonizado por los Moros Españoles con su traje de gala oficial y el primer tro, Enrique Galbis, cerrando un boato que convirtió las calles en un recorrido por la historia de Al-Ándalus y que lanzó un mensaje final de unidad especialmente poderoso en tiempos de polarización: las grandes victorias no pertenecen a un solo hombre o a un solo reino, sino a quienes son capaces de caminar juntos bajo una misma causa.

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