31 de mayo de 2010
31.05.2010

El bailarín de los zares

Francisco Miralles nació en Valencia, aunque su arte sobre las tablas pronto traspasó fronteras nacionales. Deslumbró y asombró en Europa, y enamoró en la Rusia imperial. Triunfó en París donde destacaba por su «pas spagnol» en el escenario

31.05.2010 | 07:30

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Francisco Miralles Arnau nació en Valencia, en 1871, en la calle de Sagunto, nº 144, junto a la actual ermita de San Lázaro. Allí tenían sus padres, Francisco Miralles Almenar y Vicenta Arnau Palacios, un taller de manufactura del cáñamo y en ella trabajó en sus primeros años Miralles, el único varón de cuatro hijos (sus hermanas se llamaban Vicenta, Francisca y Amparo).
Desde su tierna infancia ya se vieron en él sus dotes hacia lo que sería su gran pasión: la danza. Se inscribió en la academia de baile del maestro Porta y con tan sólo 16 años formó parte del grupo folclórico que actuó ante la reina María Cristina en su visita a la ciudad.
Comenzó a bailar en fiestas como las de su calle dedicadas al Cristo de la Fe, las demostraciones folclóricas de la Feria de Julio o en espectáculos improvisados en alquerías de l´Horta Nord, especialmente en las inmediaciones de Benimaclet, destacando en la ejecución del Ball de Torrent, pantomima por entonces bastante popular.

Conocido como «el valenciano»
Había entrado a trabajar en el taller de fundición de Carlos Gens, pero pronto abandonó este puesto de trabajo para dedicarse plenamente a la danza. Ofrecía clases particulares de baile clásico hasta que, con apenas veinte años, fue contratado para actuar en el teatro de la Gran Vía de Barcelona.
Tras días de éxito pronto fue reclamado como primer bailarín del espectáculo Rango Franco-Español marchando a París y, desde allí, viajó a América donde residió varios años, regresando nuevamente a Europa donde obtuvo resonante éxito. Bélgica, Alemania, Holanda, Inglaterra, Italia. En esta gira formó pareja con artistas como la célebre Mistinguet o la famosa Bella Otero. Era la época que, conocido como «el valenciano» bailaba el bolero vestido de torero, con traje de luces y la montera de los tiempos de Frascuelo que, con el tiempo cambió por el traje de estilo goyesco. Pronto instaló en París su primera academia de danses espagnoles en el nº 11 de la rue Geoffrey-Marie.
Además, en Rusia vivió diez años. A raíz de la revolución de 1917 abandonó Rusia y marchó a París donde compaginó sus clases privadas de baile clásico español con sus actuaciones en el Théâtre des Arts, destacando en la Bohémien con su pas espagnol. Su pareja preferida de baile fue Fernanda Ferrer, primera bailarina. En el Teatro de la Ópera llegó a ser codirector y profesor titular de danzas clásicas y estilo español. Siempre que pudo viajó a su Valencia, sobre todo durante la Feria de Julio, de cuyos festejos era un apasionado. Recordaba así sus primeras actuaciones, charlaba con antiguos compañeros del folclore autóctono y disfrutaba de aquellas características dansaes.
Miralles falleció en París el 9 de mayo de 1932, a los 60 años. Una afección pulmonar complicada con una dolencia cardiaca puso fin a su vida. El 30 de septiembre de ese año sus restos fueron trasladados al Cementerio General de Valencia, donde permanecen en la sección 5ª derecha. Valencia le reconoció su fama el 19 de marzo de 1934 con una artística lápida, obra de Francisco Marco, en la fachada de su casa natal. En 1964 se le dedicó una humilde calle en el barrio del Cabanyal.

Rasputín «era bastante antipático»
En la antigua Rusia permaneció durante 10 años. Pronto sería uno de los artistas preferidos por el zar Nicolás llegando a bailar en sus sesiones privadas. Llegó incluso a enseñar la disciplina del baile español a la zarina Alejandra y al príncipe Alejo. Conoció a Rasputín de quien en una entrevista dijo «que era bastante antipático, que le gustaba bailar, pero a su manera. Todos le temían, los artistas, la servidumbre de palacio e incluso los propios zar y zarévich, que eran personas bastante tímidas».
A Miralles todos le demandaban la ejecución del bolero, baile que hacía furor. Llegó a actuar en los salones privados del Teatro Imperial de San Petersburgo ante la aristocracia rusa y grandes personalidades, entre otras el sultán de Marruecos o el Sha de Persia. Nunca faltaron en esas fiestas los anfitriones, los grandes duques Boris y Nicolás.
Un día muy especial fue la actuación que tuvo ante la reina de Grecia. La augusta señora le pidió que interpretase el famoso bolero y, tras la actuación, le felicitó personalmente obsequiándole con un valioso alfiler de corbata que siempre llevó con orgullo. r. f. valencia

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