21 de octubre de 2010
21.10.2010

La educación de la virgen en Yale

21.10.2010 | 02:00

Matías Díaz Padrón

Al preguntar mi opinión sobre el lienzo de la educación de la Virgen localizado en la Universidad de Yale por John Marciari, que con optimismo comprensible vio los pinceles de Velázquez, recuerdo que el primer día que se notificó su aparición en El País con juicio positivo, mi buen amigo Antonio García Monsálvez me llamó adelantando su opinión: "Esto es más convincente que el apóstol adquirido en el museo de Sevilla". Un fino juicio al reconocer la calidad del lienzo a través de lo que la fotografía permitía. No fue la única opinión positiva de aficionados con sensibilidad y buen gusto. La misma pregunta se me hizo al terminar la conferencia de Velázquez y las fuentes literarias y formales de inspiración en el centro CARI (Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales) en Buenos Aires hace unos días. Jonathan Brown había respondido en el ABC con incredulidad a la autoría de Velázquez, y displicencia a los juicios de su colega americano. Por mi parte esperaba tener ocasión de ver algún día esta obra en directo, pero una buena fotografía permite algún prudente juicio a partir del reconocimiento de su antigüedad y naturaleza técnica, reconocida con crítica positiva a Velázquez hace unos días por mi joven colega, Benito Navarrete Prieto en El País.
No veo razonable la postura de Jonathan Brown a este lienzo. Son reconocidas sus aportaciones al estudio de Velázquez, pero existen diferencias que el tiempo puede ir ajustando para la gloria de nuestro pintor. Había descartado de Velázquez a Santo Tomás de Orihuela, rechazado a Santa Rufina y el boceto de Las Meninas de Kingston Lacy que publiqué. También excluye el Felipe IV con jubón de ante del Ringling Museum de Sarasosta, y acepta la autoría de los retratos del conde duque de Olivares de Várez Fisa y la Hispanic Society que restituí a Gaspar de Crayer. Diferencias positivas para el mejor conocimiento de Velázquez.
Yo empezaría por juicios de valor. Es evidente la relación de la cabeza de San Joaquín con personajes de los almuerzos de Velázquez en su juventud; como el gusto y la capacidad del joven sevillano en el tratamiento de las naturalezas muertas y los objetos, que tienen aquí una impactante vida propia y poder táctil difícil de igualar. Esto es típico en Velázquez como el realismo incondicional de las manos de Santa Ana, que nos traen a la mente aquellas otras de la Virgen en la Adoración del Museo del Prado. Manos de campesina acostumbrada a las labores del campo o el trabajo del hogar. Todo esto -puede decirse- es literatura como la tristeza que emana de la Virgen niña que parece presagiar el futuro que le espera. Es la escritura del pincel y la potencia monumental de las formas lo que nos acerca al estilo juvenil de Velázquez, implicado con el tenebrismo y la modernidad que pregonan Caravaggio y Ribera. La dependencia con la pintura del mismo asunto de Roelas es comprensible, es el mejor modelo que tiene, como hizo en parte con su suegro, Herrera y Montañés. También es suyo el colorido pardo y sólida forma de los plegados a juzgar por las fotografías y detalles.
No hay razón para dudar de la fecha a fines del primer tercio del siglo en Sevilla, y de una calidad, que por eliminación (aunque no es argumento único) difícilmente podemos encontrar en otro pintor español del momento.

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