08 de agosto de 2012
08.08.2012

Conversaciones con el último vecino de la Luna

08.08.2012 | 02:34

Viaje a la Luna. Ningún hombre ha vuelto a pisar el satélite desde que lo hizo Gene Cernan en 1972. Un español apasionado a la conquista del espacio se entrevistó con él y este es el relato de su encuentro.

Estaba a punto de hacer historia y un puntilloso policía de tráfico casi se lo impide. Era 1972, y Gene Cernan (Estados Unidos, 1934), que era el comandante de la misión Apolo XVII, se dirigía en coche a la base de lanzamiento. Su destino, grandioso, inabarcable: el espacio. Pero antes de encontrarse con su destino, conducía un vehículo a gran velocidad de camino a la base. A demasiada velocidad, según consideró el agente. Así que lo detuvo. Las explicaciones del astronauta no le convencieron. "¿Qué dice? ¿Que tiene que ir a la Luna? Sí, ya", le vino a decir el policía, incrédulo.
La anécdota se la contó el propio Cernan en persona a un vecino de Calvià (Mallorca), Roberto Jaime Gourlay, quien tuvo ocasión de conversar con él hace unos años durante la inauguración del Museo Apollo-Saturno V, adonde fue invitado. Gourlay es un gran aficionado a la NASA, a cuya sede de Florida se desplaza con bastante asiduidad.
¿Pero cómo acabó la historia del principio? Gourlay explica que solo la llegada de los funcionarios de la NASA pudo desbloquear la situación, que estaba a punto de acabar en la comisaría. Al final, el agente cedió, pero antes se quedó con la boca abierta cuando le explicaron quién era ese individuo que tenía retenido. Ese hombre se disponía a caminar por la superficie lunar, gracias a una misión con un presupuesto de cientos de millones de dólares. Lo que no le explicaron al agente, porque no lo podían saber en ese momento, es que Gene Cernan iba a ser el último que pisase la Luna. Una distinción que sigue vigente aún hoy en día, cuatro décadas después, cuando todos los esfuerzos de la maquinaria espacial están centrados en despejar con el robot más curioso, el Curiosity, los secretos que rodean a Marte.

Los secretos del astronauta
De aquel encuentro con el último vecino de la Luna, Gourlay recuerda que conversaron durante toda la tarde. Hablaron de los orígenes del astronauta (hijo de inmigrantes de Europa del Este), de su entrada en la NASA en la década de los sesenta para participar en los programas Gemini y Apolo y de las interioridades de sus tres viajes al espacio.
En 1966, lo hizo con el Gemini 9A, pero tendrían mayor trascendencia los que efectuó en 1969, cuando hicieron un viaje a la Luna para preparar el que haría posteriormente el celebérrimo Apolo XI (el de Neil Armstrong y su frase que aún retumba en la memoria: "Un pequeño paso para un hombre; un gran salto para la humanidad"). O el que hizo en 1972, cuando estuvo durante tres días y medio en la Luna como comandante del Apolo XVII. Sus compañeros eran Harrison Schmitt y Ronald E. Evans. Ambos también salieron al exterior, pero el último que puso el pie en el satélite de la Tierra fue Cernan.
Él fue el decimosegundo ser humano en caminar por la Luna. Años después, le contó a Gourlay que estaba tan maravillado por estar disfrutando de esa oportunidad única que no quería perderse ni un solo segundo de la experiencia. No quería ni dormir para aprovechar aquellos momentos al máximo, hasta que desde la Tierra le conminaron a descansar. Con el Lunar Rover, recorrió 35 kilómetros por la superficie lunar, más de lo que ha hecho ninguna otra misión tripulada. Con ese artilugio, alcanzó una velocidad de 18 kilómetros por hora. Nadie había circulado hasta entonces tan rápido por la Luna. Un astronauta de plusmarcas, por tanto.

Riesgo de muerte
Claro que el camino para lograrlo no siempre fue sencillo. Durante sus aventuras espaciales, más de una vez temió por su vida, según le contó Cernan a Gourlay. Como el día en que, en una misión de reconocimiento, se enganchó con su traje en el coche lunar y se rompió. Momento de alerta. "El polvo lunar es peligrosísimo. Como un súperpapel de lija. Con microcristales de piedra, níquel, hierro".
Pese a estar en la Luna, la solución al imprevisto fue muy terrenal. Cernan se hizo un apaño con una popular cinta adhesiva que se vende en Estados Unidos, la conocida como duct tape. Años después, recordando aquella estancia en la Luna, el astronauta afirmó con melancolía: "Aquel fue quizá el momento más brillante de mi vida. Y no puedo volver". Antes de irse de la Luna, dejó un mensaje para la posteridad. Sobre el polvo, unas iniciales, T. C., las de su hija Tracey Cernan. Dadas las condiciones ambientales del satélite (no hay viento ni agua que erosionen) las letras perdurarán por mucho tiempo.

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