18 de febrero de 2013
18.02.2013

Eduardo Hervás, poeta maldito

Rafael Prats Rivelles

19.02.2013 | 02:38

Lo hermoso del suicidio es que es una decisión. Es muy halagador en el fondo poder suprimirse. El propio suicidio es un acto extraordinario. Así como llevamos, según Rilke, la muerte en nosotros, llevamos también el suicidio». El pensamiento del paradójico Cioran es un juego entre filosófico y literario, que no alcanzarían a comprender quienes están interrumpiendo su vida como consecuencia de los desahucios.
El suicidio y otras circunstancias relacionadas con vidas tortuosas, han permitido confeccionar largas listas de creadores malditos. No es el caso del escritor rumano-francés quien, pese a su creencia, falleció a los 83 años de muerte natural.
«Clavados en la historia con un alfiler, como mariposas raras, los artistas de aura oscura y muerte temprana siguen irradiando su luz». Vicente Molina Foix llamaba la atención sobre la existencia de algunos malditos: Félix Francisco Casanova, Antonio Maenza, Haro Ibars, Casariego, Aliocha Coll... y destacaba la figura del valenciano Eduardo Hervás quien «tenía en sus versos una propensión o cadencia surrealista, y las marcas inevitables del adolescente.
En realidad se llamaba Eduardo Gómez González, si bien sus amigos le conocían por La Bola, aludiendo a que sus lecturas abarcaban toda la esfera del planeta. Había nacido en 1950, fue estudiante de Filosofía y Letras, militó en el grupo maoísta Bandera Roja y se consagró, por medio de las vanguardias artísticas, a una utópica revolución social. Se suicidó el 28 de octubre de 1972.
Varios de sus estudiosos „entre los que no debe olvidarse a Joaquín Piqueras„ han creído ver, en Las razones para escribir un libro, alguna explicación a su suicidio: «Lo que yo deseaba ser para otros excluía el serlo para mí y era natural que el uso que yo quería que se hiciera de mí „y sin el cual mi presencia en medio de los otros equivalía a una ausencia„ exige que yo muera, es decir, en términos inmediatamente inteligibles, que reviente». Por otro lado, dicen que dejó escrito en una pizarra „costumbre de los maoístas, me indican, esto de expresarse en el encerado„ la frase siguiente: «Estuvo bien mientras duró».
La Instutució Alfons el Magnànim publicó en 1994 su Obra Poética, edición de Rafael Ballester Añón, un buen conocedor de literatura valenciana contemporánea; libro que parece estar descatalogado. Casi el mismo día en que apareció Intervalo (Hontanar, Valencia), Hervás optó, a los 22 años edad, por abrir la espita de gas para despedirse de este mundo. Ese libro es uno de los que suelo tener a la vista en mi biblioteca. De tarde en tarde, lo abro y leo («apenas en la almohada/los cangrejos se reparten/almendras varas de luz/negra la luna por la elipse/tú bella balas/mulos de miel imanan»), tratando de descifrar su hermético discurso poético.

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