26 de septiembre de 2013
26.09.2013

Toros y vergüenza

25.09.2013 | 22:44

Una sociedad que disfruta con el maltrato no puede considerarse avanzada. Por desgracia esto se da con demasiada frecuencia. De vez en cuando surge de lo más oscuro un psicópata con un fusil de asalto y descarga su ira liquidando con una ráfaga a todo bicho viviente que se le ponga por delante. Pero hay otras formas de perversión que no se entienden, por más que muchos las disimulen bajo la capa de la tradición. Los hay que incluso se atreven a diluir el asunto en algo a lo que llaman cultura. Y después están los que se protegen en el manto de ambas cosas, es decir, en la tradición cultural. Por eso, algunos seres perversos liberan sus psicopatías humillando y haciendo padecer sobremanera a unos pobres novatos allá donde se encuentren, bien sea en la universidad o en una oficina. Se amparan en que lo de las novatadas es una tradición cultural y así dan rienda suelta a todas sus miserias ocultas.
Hasta hace más o menos doscientos años, aquí se celebraban los llamados autos de fe, que no eran otra cosa más que manifestaciones públicas de la Inquisición en las que a través de una ceremonia se solemnizaba el castigo a los herejes impenitentes. Era todo un rito que, aunque ahora nos cueste creerlo, solía celebrarse en la plaza mayor del pueblo para goce y disfrute de la población. Y así, de paso, atemorizar un poco para que nadie más se desmadrara.
Afortunadamente, ahora ya no se lleva esto, al menos de la misma manera. Aunque se siguen manteniendo tradiciones que algunos no llegamos a entender. Se supone que algo debíamos haber evolucionado, pero aún hay festejos en los que se descalabran patos o cabras desde un campanario, se ponen bolas de fuego a los astados o, simplemente, se jalea a un matador que se pavonea orgulloso por la plaza todo manchado de sangre tras haber dado muerte a un toro. Son raras formas de divertirse desfogando perversiones atávicas matando, viendo matar, haciendo sufrir o regodeándose en la angustia.
En Tordesillas celebran a finales del verano una de esas tradiciones culturales que, dicen, proviene de época medieval, y por eso, según cuentan los defensores, no se puede suprimir. La susodicha costumbre consiste en que un numeroso grupo de humanos persigue y acorrala a un toro hasta matarlo con lanzas. Que esta crueldad esté considerada como Bien de Interés Cultural es una vergüenza y un insulto para cualquier ser humano que crea en el bien y en la cultura.

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