07 de diciembre de 2013
07.12.2013

Centenario del gran tabú

Carles Recio

06.12.2013 | 22:28

La Constitución necesita reformas. Dejen de quejarse y háganlas», proclama el jurista Álvarez de Miranda. Superemos la Llei d'ús del valencià, pide Ramón Ferrer. «No hay ley sagrada», dice el diputado Císcar. Todo parece revisable, hasta la Iglesia tiene gestos impensables hace poco, todo se puede cambiar... menos una cosa, el gran tabú cultural.
La ortografía impuesta en 1913 por la política implacable del presidente de la Diputación de Barcelona, Enric Prat de la Riba. Curiosamente este año se han cumplido los cien años de la proclamación de las normes ortográfiques de l'Institut d'Estudis Catalans, pero no se ha hecho ninguna celebración masiva. ¿Por qué este silencio? ¿No será para no resucitar las grandes protestas que generó esta cacicada?
Las normes de 1913 fueron un golpe de estado ortográfico similar al que nos han hecho con la RTVV. El IEC era el brazo cultural, Prat necesitaba un filólogo dúctil que acoplara al catalán las máximas diferencias con respecto al castellano, y aprovechó al ingeniero industrial Pompeu Fabra para imponer una ortografía a su antojo, que luego fue revestida de cientifismo irrebatible.
Fabra era un «autodidacta» todos los de este apellido lo parecen que enseñaba Química en las aulas de ingeniería de Bilbao, donde absorbió el sabinoaranismo más rancio. En 1906, cuando se celebró el Primer Congrés Internacional de Llengua Catalana ni siquiera presentó una ponencia, era un amateur sin importancia.
Quien sabía de catalán, valenciano y balear era mossén Alcover, el religioso que potenció el gran Diccionari de triple título. Alcover defendía un modelo ortográfico tolerante, no sometido a un absurdo centralismo barcelonino que imitaba toscamente el centralismo madrileño y parisino que políticamente decían combatir. Nicolau Primitiu sugirió su bacaval y lengua bacavesa que si se hubiera aceptado nos hubiera ahorrado muchos disgustos.
Cuando Prat consagra el fabrismo como dogma indiscutible el padre Alcover huye a Mallorca y conserva el proyecto del Diccionari vivo, hasta que en los años treinta el barcelonismo compra sus derechos al alumno Moll, para acallar este foco de disidencia importantísimo.En Valencia el padre Fullana es el mentor de la lengua valenciana. Tan autodidacta como los otros, porque todos ellos fueron los primeros filólogos modernos, junto con el desgraciadamente fallecido Josep Nebot Pérez, probablemente el más lúcido para denunciar el atropello histórico que se estaba produciendo.
Cuando Fullana vio que Prat censuraba a Alcover y encumbraba a Fabra, convocó a todos los escritores valencianos en activo gesto democrático que nunca se tuvo en Cataluña y redactó las Normes Ortográfiques de la Llengua Valenciana aprobadas en la sede de Lo Rat Penat en mayo de 1914, aplicadas ampliamente en Valencia hasta que el nacionalismo catalán redobló sus esfuerzos por atraer a los valencianos a través de becas y subvenciones al acuerdo de 1932, que siempre se consideró temporal y mejorable. Al margen estuvo la «normativa de 1922» de Josep Maria Bayarri, completamente fonetista.
Las normes fullanistas, a través del tiempo, constituyeron la gran oposición al fabrismo. Con la intervención definitiva de Miquel Adlert (Casp en menor medida) devinieron normas de la Real Academia de Cultura Valenciana. En estos momentos es la sección filológica que dirige el académico Salvador López Verdejo el ultimo bastión de esta concepción lingüística disidente.
La Acadèmia Valenciana de la Llengua fue la gran oportunidad de atajar aquella imposición ortográfica de 1913 que ni siquiera se atreven a conmemorar. Que se adoptara directamente la ortografía existente me pareció genocida, pues era el momento de acometer una reforma clarificadora.
Pero algo misterioso parece impedirlo. Se puede reformar todo, menos lo que se impuso en 1913. ¿por qué? Misterios inexplicables. Turquía escribe el turco con letras latinas por una decisión gubernamental. La revolución soviética reformó la ortografía rusa para simplificarla y combatir el analfabetismo. Hasta el castellano ha efectuado sus reformas ortográficas sin tanto problema.
No debería Lo Rat Penat perder la oportunidad de festejar el centenario de la ortografía del padre Fullana, que con todos sus virtudes y defectos, fue la única verdaderamente democrática que hemos tenido en toda nuestra Historia. La otra, la implantada a la fuerza y brillantemente vigente, es un desafío intelectual que se mantiene victorioso como el gran tabú actual de nuestro paradigma cultural.

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