30 de marzo de 2014
30.03.2014
Cien años de la I Guerra Mundial

Blasco Ibáñez ganó la Gran Guerra

El «soldado de la pluma» visitó el frente y usó su experiencia de corresponsal en «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», la novela que le dio fama y riqueza

30.03.2014 | 05:30
Blasco Ibáñez, junto al general D´Esperey, en un edificio en ruinas en el frente.

Blasco Ibáñez se implicó como ningún otro escritor español en la Gran Guerra. Se vio con el presidente francés, visitó el frente y puso su pluma al servicio de la causa aliada frente a la expansión alemana. La fortuna cambió para Blasco entre 1914 y 1918: llegó arruinado a París tras su aventura americana y acabó rico y famoso por el éxito de «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», su novela de la guerra.

­«¿Tiene usted miedo?», le preguntó el general francés Franchet d'Esperey en 1915 a Blasco Ibáñez cuando este le pidió ver «absolutamente todo» lo de la guerra (la Gran Guerra entonces, hoy la I Guerra Mundial en los libros). El escritor tenía la respuesta preparada para el militar, hasta el cual había llegado enviado por el presidente de Francia, Raymond Poincaré. Sí tenía miedo, claro, «pero tengo vergüenza y con ella y el interés de la curiosidad, procuraré arreglar las cosas de forma que el miedo no se me conozca», contestó.

Así, el novelista pudo vivir de cerca (o todo lo de cerca posible sin pasar ningún riesgo) la contienda, en la que se involucró más que muchos intelectuales franceses. Fueron ocho días en el frente del Marne, en el cuartel de mando de D'Esperey, general jefe del quinto ejército francés, como él mismo contaba en un artículo publicado en La Esfera en junio de 1915. Tal vez no oyó «el abejorreo pegajoso de las balas de fusil», como escribió quizá con un punto de exageración, pero las fotografías ilustran la presencia de Blasco Ibáñez allí donde se dirimía el futuro de Europa.

Mientras España echaba cuentas con los beneficios de la neutralidad, el novelista amante de Víctor Hugo y Danton, creyente fervoroso en los ideales de la Revolución Francesa, no tuvo dudas acerca de dónde estaba su sitio y cuál era su bando. Y, como solía hacer, se dedicó a fondo a esa causa, la de los aliados.
Blasco no atravesaba en 1914 sus mejores momentos. La aventura de las colonias, empezada en 1909, había fracasado y en el año de comienzo de la guerra, el escritor y político se instaló en Francia con la intención de volver a escribir. Arruinado en América, su situación era bastante precaria, si bien mantenía su nombre y prestigio: sus libros se leían en los liceos y en su haber cuenta desde 1907 con la medalla de la Legión de Honor francesa, subraya el periodista Basilio Trilles, autor de la novela Tiempo de valientes (Planeta), en torno a estos intensos años franceses de Blasco.

Pocos meses después de su llegada, empezó a publicar la Historia de la Guerra Europea, con un objetivo claro, explica el profesor de la Universitat de València Javier Lluch: «Dar a conocer en España lo que estaba ocurriendo y levantar la bandera de la libertad y los valores de Francia». Ser «un soldado de la pluma», en expresión del propio Blasco, que ensalza los logros aliados y «denuncia las atrocidades de los alemanes», agrega el secretario de la Fundación Centro de Estudios Blasco Ibáñez, Ángel López García.
La Historia de la Guerra Europea se publica en fascículos semanales, con buen número de fotografías —muchas realizadas por Blasco con su secretario, José Franch— y una lámina central en color. Las entregas darán lugar a nueve volúmenes, de los que los tres primeros son obra directa del escritor, apunta López García. El resto de tomos los coordina Emilio Gascó Contell, entonces joven empleado de Prometeo, la editorial del autor, y luego biógrafo de este.

«Como republicano convencido, tenía fija la idea de que había que educar a las masas», apunta Lluch. Por ello, en esos mismos años se embarca en la edición a precios populares de los clásicos de la literatura universal.

El creador de La barraca, intenso hombre de acción, ya había intentado aproximarse por su cuenta al frente, pero los centinelas le cerraron el paso. Llegó entonces hasta el propio presidente francés, que vio con agrado al francófilo valenciano y su contribución para ganar la guerra de la prensa. El escritor consiguió así el salvoconducto para que el general D'Esperey le permitiese el acceso a las trincheras, hasta los soldados «sucios de barro, con grandes barbas», «con el mismo fulgor heroico en los ojos» que los guerreros de la Revolución.

Es el Blasco propagandista de la causa aliada, lejos de debates sobre la objetividad, anacrónicos entonces y casi en medio de cualquier guerra, como demuestran conflictos recientes. El mismo que, con ese fin, regresa en junio de 1915 a Valencia y Barcelona para dar conferencias.

No lo tuvo fácil, asegura López García, porque la neutralidad oficial española no era tal en buena parte de la cúpula militar y en los partidos conservadores, abiertamente germanófilos.

El Gobierno de Eduardo Dato prohibió algunos de los actos en Barcelona en favor de Francia y el escritor fue objeto de una campaña en su contra hasta el punto de que tuvo que ser protegido por las fuerzas de seguridad. Era la primera que se alegraba de ver a la Guardia Civil, ironizó entonces el bravucón y duelista Blasco.

En esa época se acentúa también la confrontación del prolífico novelista con una parte de la intelectualidad española, siempre atenta ante cualquier atisbo de afrancesamiento. Azorín deja caer mordazmente que el aventurero republicano, que aparece ahora en las fotografías más grueso, con menos pelo y sin barba, «se ha aburguesado».

Incluso circuló el comentario entonces de que Blasco Ibáñez había viajado a España en calidad de agente del gobierno francés para tejer una red de informadores sobre los movimientos de la armada alemana. No hay ningún dato fiable sin embargo que lo demuestre, comenta López García.

Sí que está constatado que la indicación del presidente Poincaré sobre la importancia de ganar la batalla de la opinión llevó a Blasco a la redacción de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, la novela en la que vuelca su experiencia como peculiar corresponsal y opinador de guerra y el libro que cambió su vida.

Lo comenzó en noviembre de 1915 y la primera entrega se publicó en Madrid en marzo de 1916. No pasó nada especial, señala López García, hasta que en 1918 se publicó en Estados Unidos. El éxito fue tan grande que en los años veinte del siglo pasado figuraba como el libro más vendido después de la Biblia.
En una relación en 1924 del número de ejemplares impresos de sus obras, Los cuatro jinetes reina en la lista con 164.000 libros. Y los siguientes son los otros dos títulos de la trilogía de la guerra: Mare Nostrum (104.000) y Los enemigos de la mujer (100.000).

Blasco Ibáñez pasó a ser un personaje conocido en el todo el mundo, reclamado por Hollywood y adinerado. Y el escritor no oculta su situación: viste bien, le gustan el lujo y los buenos coches, y puede comprar una residencia de envidia en la Costa Azul. En su vida personal asienta su relación, antes pasión clandestina, con la aristócrata chilena Elena Ortúzar.

Claro que, en los dulces años parisinos, siempre le quedó la nostalgia del Mediterráneo. En julio de 1916, en una carta, pedía que le enviaran un litro del perfume Flores de Valencia, «el que hace Don Sixto en la Malvarrosa». «Huele a jazmín y azahar» y «me recuerda a Valencia», escribía.

Los aliados ganaron la guerra, pero Blasco tuvo claro que el conflicto no había sido bien cerrado. En 1922, recuerda López García, anuncia en una carta al editor de Prometeo su intención de escribir El quinto jinete, una secuela, que no vería la luz, de su obra más famosa y que iba a ser «la novela de la inutilidad de la pasada guerra y de la seguridad de que no tardará muchos años a surgir una nueva, más terrible que la otra». Profético Blasco Ibáñez.

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