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A veces sí es tarde

M anuel Palau compuso Maror hace unos sesenta años. Entonces llegaba medio siglo tarde como alternativa valenciana menor a La vida breve. Pero, aunque no en España sino en París, Falla había podido estrenar su obra primeriza casi enseguida; para poder juzgar la del epígono, fallecido en 1967, hubo que esperar a la versión de concierto dirigida en el Palau a la Orquestra de València por García Asensio el año 2002; doce años más ha tardado en llegar a Les Arts, que en 2006 abrió sus puertas con Fidelio.

Además del retraso en todos los sentidos dichos, Maror adolece de algunas rémoras intrínsecas que la vetan como «clásico» nuestro. Para empezar, el libreto de Xavier Casp: la tragedia, en la ficción, sin maldad no funciona. En la partitura, por otro lado, se encuentra un poco de Puccini o Mascagni primero, después claro que algo de Falla, incluso algún giro que, de lejos, recuerda a Strauss o a Massenet..., más la carga folklórica esperada y como se esperaba, con una tarara por aquí y, aprovechando que el argumento incluye bautizo, un «padrí pollós» por allá. Lo más rescatable serían las danzas del segundo acto, al menos muy airosas. Los varios pasajes concertantes, por contrario, no delatan un conocimiento muy profundo de unas voces hacia las que a menudo la orquestación resulta hostil.

En el estreno, como gran acierto cabe señalar la escenografía de Manuel Zuriaga, sencilla pero que, con el impagable concurso de la iluminación de Carles Alfaro y las videocreaciones de Miguel Bosch, va cambiando sugerentemente de lugar los acentos sobre los elementos naturales: la arena, el fuego, el viento y, sobre todo, el mar. El acierto de Miguel Crespí en el diseño del vestuario y Julia Grecos en la coreografía, más el de Antonio Díaz Zamora para mover todo y a todos con naturalidad completan las razones para hablar de éxito rotundo en el aspecto visual.

Manuel Galduf dirigió con precisión y elocuencia en el sentido horizontal, pero sólo los buenos conjuntos corales pudieron resistir los volúmenes que permitió en el foso a la disciplinada orquesta, y en el primer acto por ejemplo hubo que esperar a la aparición del espectro de Tonet sobre el proscenio para oír con claridad una voz individual.

En un elenco solista en general muy competente, Minerva Moliner, de voz engolada cuando no estrangulada, decepcionó, especialmente por comparación con los brillantes agudos de Javier Palacios y la calidez tímbrica y expresiva por la que destacaron Sandra Fernández y Josep Miquel Ramon pero que desde luego no faltó en todos los demás.

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