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Entrevista | Luis Eduardo Aute

"La vida nos enseña que hay que convertirse en monstruo para sobrevivir"

"Los llamados artistas son niños que no quieren crecer y que quieren seguir jugando", asegura el cantautor y pintor

"La vida nos enseña que hay que convertirse en monstruo para sobrevivir"

"La vida nos enseña que hay que convertirse en monstruo para sobrevivir"

Su último trabajo, «El niño que miraba al mar», está compuesto por doce canciones y un «regalo»: una película animada que sale de su propio puño con la ayuda de sus hijos. ¿Cómo surgió esta idea?

Fue una jugada del azar. Estábamos en La Habana con mi familia, con mis hijos, paseando por el malecón, nos hicimos una fotos, estábamos ya retirándonos cuando me quedé un ratito más sentado mirando el mar. Mi hija me hizo una fotografía mirando el mar. Cuando vi la fotografía me quedé muy sorprendido porque era la misma foto que me había hecho mi padre en 1945 sentado en el malecón de Manila, también mirando al mar. Se lo comenté y cuando llegamos a Madrid le enseñé la foto y se quedó muy sorprendida porque fue casi como si se hubiera hecho a propósito. Me pidió la fotografía y sin decirme nada entre ella y su hermano hicieron un montaje con las dos fotos y fue el regalo de cumpleaños que me hicieron. Era verme sentado junto a mí mismo pero con toda una vida por delante. A partir de esa imagen se me ocurrió primero una canción, la que da título al disco y alguna otra más del álbum y la película de animación,

¿Cómo es esa animación?

Primitiva y rústica, pero fue a partir de esa imagen, de qué podría pasar a partir de ese encuentro imposible, uno con uno mismo con toda una muy larga vida por medio. Yo pensaba que el niño al ver a esa persona mayor ahí diría «qué monstruo, yo no voy a ser nunca ese monstruo». Y el monstruo se preguntaría mirando al niño qué queda de ese niño en él.

¿Qué se pensaba ese Aute niño que sería de mayor?

En ese momento tenía dos años y tengo poca memoria de entonces. El paisaje que miraba era el de una ciudad totalmente bombardeada. Manila fue la segunda ciudad más bombardeada en la segunda guerra mundial por la aviación yanqui para echar a los japoneses. De mi casa no quedó nada, vivíamos en casa de unos tíos en el interior. Recuerdo los tanques que estaban en el bulevar del malecón. Mirando el horizonte quizás esperaba que hubiera otro paisaje más agradable.

¿Qué le diría el Aute maduro al niño, ya con una experiencia?

Que la vida está rodeada de peligros y basiliscos, de ahí la imagen del basilisco, de un animal monstruoso que mata con la mirada y en el que uno puede convertirse porque la jungla de la vida nos enseña a que hay matar al niño que somos porque no se puede ir por la vida con una impostura inocente, sino todo lo contrario, hay que convertirse en un monstruo para poder sobrevivir. Para poder crecer hay que matar también al padre para poder ser individuos independientes.

¿La realidad ha superado las expectativas del Aute niño?

La vida es complicada y hay que ir desmontando mitos que nos cuentan de pequeños. Aun así intentamos conservar algo de ese niño. Los llamados artistas son niños que no quieren crecer, que quieren seguir jugando. Son personas que por incapacidad de crecer son inadaptados de la sociedad que se comunican mal e intentan hacerlo a través de un medio.

Usted entonces es un inadaptado por los cuatro costados: escribe, pinta, hace cine, música,?

En algo hay que matar el tiempo.

Lleva muchos años y éxitos para solo estar matando el tiempo.

Tampoco sé hacer otra cosa. No establezco ninguna diferencia entre mi vida y lo llamado mi trabajo. Para mí vivir es escribir, hacer canciones, pintar, coquetear con la fotografía, con el cine. No es trabajo, sino mi forma de vivir.

¿Hay alguna faceta que le seduzca más?

Me gusta más el cine porque reúne todas las demás artes. El cine es una síntesis de teatro, poesía, música, fotografía y en sí tiene lenguaje propio. Es el arte más perfecto. Donde me siento más cómodo es pintando porque no interviene nadie, solo es el espacio en blanco, las pinturas, no hay una regla que respetar sino todo lo contrario, hay que ser indisciplinado. Cuando pinto me siento libre, sin embargo cuando escribo un poema o canción me siento atado a los requerimientos del lenguaje.

Sin embargo, su faceta más pública es la de la música en la que empezó a ser reconocido gracias a Massiel.

Sí, ella fue la primera que cantó mis canciones. Yo no tenía ninguna intención de cantar ni tampoco la sigo teniendo ahora. Soy más de entre bastidores. Me gusta poco el foco, pero me tocó cantar las canciones que escribo y lo intento hacer lo mejor qué se y que puedo y algún público lo agradece.

Pero, a finales de los 60 dejó la música para volver poco después.

Sí, pero fue un accidente también. Escribí unas canciones, empezaron a grabarlas otros intérpretes, prácticamente me obligaron a grabar las canciones. Yo estaba encerrado en mi estudio pintando, preparando unas exposiciones y no tenía ninguna intención de grabar discos. Estuvieron casi un año persiguiéndome y ya me rendí y grabé un disco por curiosidad.

Hay artistas que no pueden vivir sin hacer música.

No puedo dejar de escribir canciones, otra cosa es grabarlas y los conciertos, eso me gusta menos. Me gusta más el momento de sacar de la nada una canción. De canciones como Rosas en el mar se hicieron versiones prácticamente en todo el mundo, creo que hasta en esquimal.

Uno de esos éxitos rotundos, que le siguen pidiendo es «Al alba», más que una canción, un himno.

No tuve ninguna intención de hacer un himno. Los himnos me asustan muchísimo.

También ha publicado un libro, «Claroscuros y otros pedimentos», que reúne todas sus canciones, unas 414. ¿Le quedan más páginas por escribir de ese libro?

Estoy haciendo otra película de dibujos y también trabajando en canciones nuevas, probablemente veinte.

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