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Entrevista | Fernando Delgado

"La inocencia es una forma de limpieza en este maremágnum"

El autor canario, asentado en Faura desde hace 20 años, publica nuevo libro de poesía, "Donde estuve"

"La inocencia es una forma de limpieza en este maremágnum"

"La inocencia es una forma de limpieza en este maremágnum"

«Mirar con inocencia a los malvados es levantar una barrera entre ellos y tú», dice mientras abriga con sus dos manos la taza de café con leche. En Faura ha encontrado su refugio entre el mar y la montaña. Jubilado, pero muy activo, acaba de llegar de Canarias. La poesía (Donde estuve es su último libro) es el mejor pretexto para hablar de la vida. Vivir, en definitiva, son más que dos días.

Donde estuvo, ¿qué quedó?

Iba a titularlo Allí donde estuve y me sonaba a libro de viajes. Pero al acabar me di cuenta de que no me importaba que fuera tomado como libro de viajes, porque es un viaje por la vida a través de la memoria y con la perspectiva de futuro de la muerte, que es la primera vez que aparece de modo tan determinado en mi poesía.

¿Y la memoria es dichosa o dolorosa?

Ambas, pero en el dolor encuentra uno a veces también placer, no por ser masoquista, no creas, sino en el sentido de que uno comprueba que estamos hechos de satisfacciones e insatisfacciones, triunfos y derrotas, y esa mezcolanza da lugar al examen más correcto. Si hago un balance de mi vida es satisfactorio, porque los contratiempos, vistos en la distancia, justifican a veces nuestra vida y la hacen más plena.

Por peso gana la prosa a la poesía en su producción. ¿Cómo sabe que el cuerpo le pide una u otra?

Es sencillo. La poesía no te la puedes proponer, llega y se impone, no puedes ir a buscarla. Yo le tengo enorme respeto, porque me parece la esencia de la literatura. Esta es algo más esencial que contar historias, que lo puede hacer „algunos muy bien„ cualquier periodista. Soy un muy exigente lector de poesía y soy más benévolo con la prosa, porque me parece más impura. Del mismo modo me exijo mucho a mí mismo en la poesía, y publicar no acaba con la incertidumbre. Me quedo siempre insatisfecho.

Pero el contexto actual no puede ser más prosaico, ¿no?

Es muy prosaico y degenerado. Un mundo de cloacas apestoso, pero no deja de originar emociones, contrarias, y la poesía puede venir con una mirada también crítica. En el libro hay algunos poemas que pueden entenderse así.

Empieza con un recuerdo a Francisco Brines. ¿Es el reflejo de un vínculo literario?

Literario y vital. Tenía una enorme admiración por él desde los 16 años, a los 18 nos conocimos y nunca nos hemos separado. En Madrid nos veíamos casi cada día y nuestros amigos eran comunes. Me he criado entre poetas, en ese mundo me he cultivado, y han sido fundamentales la cercanía, el ejemplo y la bondad enormes de Brines.

«Hay que buscar la inocencia y no dedicarse a ser uno mismo». ¡Qué cita de Heaney!

Es verdad. No hay que perder la inocencia, que no tiene que ver con la ingenuidad o la indiferencia. La inocencia es una forma de limpieza en medio de este maremágnum. Mirar con inocencia a los malvados no es hacerlo con indulgencia, sino poner una barrera entre ellos y tú.

¿La poesía es palabra de honor?

Creo que sí. He valorado mucho el compromiso por la palabra, el respeto por ella, y la poesía exige un enorme respeto.

¿Queda poco de eso?

Sí, pero es que esta sociedad se ha vulgarizado mucho y el deterioro del lenguaje forma parte de la vulgarización. Se empieza por tirar la palabra a la basura, por perder su honor, y se acaba con unos en la cárcel, otros esperando y otros que no llegan aunque se lo merecen.

¿El mejor uso de la palabra es en defensa de los que no la tienen?

Sí. Y lo peor es comprobar que muchos no la tienen y que los que creemos tener la palabra para defenderlos a veces no podemos instalarla en el espacio adecuado porque forma parte de la corrupción generalizada.

Dios, templos, incienso? La religión está presente también en el libro.

Hay una parte estética de la religión que forma parte de mi educación sentimental: el sonido del órgano en la infancia fue lo que me despertó a la música. Y así muchos factores de la relación hombre-Dios, con un aspecto crítico también, porque más que Dios exista o no me preocupa que se le use y se le nombre en vano.

Pero también carne y sexo, como en el poema «Dueño del mundo»...

Ese es un poema con un tema delicado, la masturbación: un ejercicio de la imaginación extraordinario y un ejercicio muy libre del sexo. Goza de poco prestigio, pero es algo íntimo, personal e integrador, porque puedes meter a quien quieras por medio.

«El amor nos roba la libertad y encierra el pájaro que somos», dicen sus versos.

En realidad, el amor nos quita la libertad siempre, incluso cuando es placentero. Es hermoso poseer la libertad, pero renunciar a ella voluntariamente quizá es otro modo de libertad.

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