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Entrevista | Andreu Martín

"Me repele que, a costa de rigor y de realismo, se olvide emocionar"

«Las nuevas consideraciones de la libertad y el castigo se introdujeron en España por el discurso económico»

"Me repele que, a costa de rigor y de realismo, se olvide emocionar"

"Me repele que, a costa de rigor y de realismo, se olvide emocionar"

­Es difícil que un lector o espectador no conozca algo de este escritor de muchos miles de páginas adultas, juveniles, que dirigió Sauna, hizo el guión de Estoy en crisis (Fernando Colomo), publicó en El Jueves con Mariel Soria las primeras historias de la pandilla de Mamen y escribió guiones de Naranjito, mascota del mundial de fútbol España 1982. Con su novela Prótesis, Vicente Aranda hizo la película Fanny Pelopaja. Desde 1979 ha escrito más de 40 novelas policiacas en castellano y en catalán. Enfatiza las tres últimas, desde Cabaret Pompeya.

¿De dónde le viene el placer de narrar?

Es el placer de fascinar siendo contador de historias que viene del placer de haber sido escuchador de historias. También he hecho poesía privada a mi mujer, que tiene prohibido publicarla para que no piensen mal de un escritor policiaco.

¿Quiénes le fascinaron?

Una amalgama remota de libros que estaba dentro del armario blanco de mi hermana, 9 años mayor. Empecé por Guillermo Brown, de Richmal Crompton, y seguí por las historias de Ridder Haggard. Muchos libros me atraparon y otros no, por ejemplo El gas de la risa, de P. G. Woodehouse, de la etapa americana, cuando se echó a perder pero cuando descubrí las historias de Jeeves lo convertí en un autor de referencia porque a su humor no se le ha pasado el arroz. El humor, como la intriga y el misterio, cautiva. En la adolescencia seguí con el miedo. El adolescente está asustado por el mundo que tiene por delante, por su cuerpo mutante y porque los chicos o las chicas sean tan guapos y exorciza ese miedo leyendo o viendo. El miedo que está fuera no está dentro. Así di con Drácula y con los cuentos de Poe.

Estudió Psicología pero en seguida escribió y le publicaron.

Hice Psicología para no ejercer la escritura. Leía y escribía y jugaba a hacer libros pero en casa me habían convencido de que no iba a ganarme la vida escribiendo „aunque ya cobraba por guiones de historietas„ porque no tenía padrinos.

¿La carrera le dio su interés por los personajes?

Mi interés por los personajes me llevó a hacer Psicología y la carrera me ayudó a escribir personajes.

Dice en «Cómo escribo novela policiaca» que no puede distanciarse de los personajes. ¿Hay algún personaje o delito al que no pueda acercarse?

Hace poco habría dicho que a quienes hacen daño a los niños pero ahora estoy escribiendo una novela sobre pederastas y tráfico de niños y he tenido que distanciarme porque me repugnan tanto que sería políticamente incorrecto el castigo que les impondría.

En su libro invoca continuamente la realidad para hacer novela policiaca. ¿Su gran día fue cuando se acercó a una comisaría?

Lo fue porque entonces daban miedo las comisarías. Siempre llegas a la realidad, aunque por atajos raros, también si escribes Juego de tronos pero el género policiaco requiere mucho contacto con la realidad. Dicho esto, cada vez me repele más que, a costa de realismo y rigor en el procedimiento, se haya olvidado emocionar. A veces el protagonista también tiene que quedar colgado de un precipicio. Me decía una escritora que a ella lo que le interesaba contar era la vida del vecino de 4ºB y yo pensaba que buena gana tenía habiendo personas como Dalí y sus mundos extravagantes o Gabrielle d´Annunzio que creó su propio estado de Fiume. Prefiero a los raros que a los normales. Y en el policiaco hablamos de raros, gente tremenda, que mata.

¿Hay violencias locales? No sé si el español mata como el estadounidense o como las personas del Este.

No, y mezclarlo todo es un disparate. Hay escritores españoles que hacen hablar a la policía como si fuera la americana y nada es lo mismo. Aquí se resuelven el 90 % de los asesinatos y en Nueva York el departamento de homicidios brindaría con champán si resolviera la mitad. En Islandia nunca se mató tanto como en las novelas de Arnaldur Indriðason y eso es legítimo para exorcizar nuestros miedos. En realidad, nuestra sociedad tiene pocos miedos. Pagamos policías para no tener miedo pero no te acuerdas de ellos cuando todo va bien. A mis amigos policías les digo que siempre llegan demasiado tarde y se van demasiado pronto. Llegan tarde porque no han podido evitar el crimen y se van pronto porque dejan su investigación en manos del juez y de los abogados, cuyo trabajo consiste en demostrar que la policía se equivoca.

Usted dice en su libro que hemos pasado de una sociedad paranoica a otra psicopática. ¿por eso es más protagonista el «serial-killer» que el policía?

En España el serial-killer es un personaje de ficción. Salvo el Arropiero, con el que no pudo la policía franquista, el resto han sido detenidos cuando aún tenían pocos muertos. Eso es una herencia de Estados Unidos y de su filosofía de la ley del más fuerte y de la justicia como venganza que se nota en los familiares de los asesinados que van a ver las ejecuciones de los condenados. Eso tiene poco que ver con la idea de reinserción que hay en Europa.

Ya hay menos voluntad de perdón.

Porque hay más competitividad y menos escrúpulos y menos reglas. Ese discurso entró por la vía económica. Entre los paleoliberales hay partidarios de que haya menos gobierno y menos ley para tener más facilidades de tomar el dinero y correr. Lo peor es que se han adueñado de la palabra «libertad».

También el significado de la palabra «perdedor» ha variado en 40 años.

Aquel detective que era perdedor por coherencia con sus principios y que arrastraba los pies enfrentándose a una sociedad invencible perdió importancia en favor de un ganador ganador. Esa es la figura del psicópata que sólo se combate con otro psicópata y así llegamos a una sociedad psicópata.

¿La novela policiaca, es de proximidad? Marlowe era de Los Ángeles y los detectives son de Barcelona, de Edimburgo, de Estocolmo?

El realismo de las novelas de policías de Nueva York, para nosotros, era un realismo bajo palabra de honor. Nuestra policía no se relaciona como la estadounidense con los ciudadanos y lo sé porque conozco agentes estadounidenses y van por nuestras calles desconcertados de nuestra forma de comportarnos.

Al final ¿acertó más García Pavón con Plinio, escribiendo del policía municipal de un pueblo de La Mancha?

Va a extrañar que lo diga yo pero nos abrió los ojos más que Vázquez Montalbán, un maestro, porque el detective privado, en España, es un personaje de ficción en sí mismo. Petros Markaris pensó «siempre me han caído mal los comisarios, voy a hacer que el mío sea una persona normal» y creó a Kostas Jaritos. García Pavón fue el primero e hizo que Plinio fuera una persona normal en una época en que ser policía no era ser una persona normal.

Usted no discrimina la novela de enigma respecto a la negra.

La novela enigma es la más difícil. Agatha Christie tiene bastantes novelas malas pero siempre empezaba con la idea de plantear un desafío y eso es muy difícil. Siempre admiraré al autor que arriesga. A veces lo hago.

¿Le merece la pena ese riesgo?

Creo que todo lo que he escrito en mi vida ha sido una preparación para escribir Cabaret Pompeya. Cuando la acabé pensé que si no escribía más no pasaba nada, que había sacado un doctorado con buena nota. Luego hice Sociedad negra y Les escopinades dels escarabats y tienen ese nivel.

Esta semana murió Francisco González Ledesma (también Silver Kane).

Ha muerto el Boss. De pequeño los aventis que yo contaba eran del Inspector Dan, que escribía él, y uno de mis primeros trabajos para Bruguera fue una historia de Inspector Dan. Tenemos una hecha a medias.

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