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Conciertos

Los sonidos de "la casa escondida"

Intérpretes de la orquesta del Palau de les Arts ofrecen conciertos de música de cámara en el salón familiar para devolver la experiencia al ámbito más cercano y humano - No hay entrada, ni vestidos de gala, ni zapatos, mientras los instrumentos suenan

Paco Roca ha dibujado algunos de los ensayos.

Paco Roca ha dibujado algunos de los ensayos. Gracia López Patiño

Si la entrada de la casa de Arne y Eun-Jin está repleta de pares de zapatos, hoy hay concierto. Él es violonchelista. Ella es violinista. Los dos proceden de Alemania. Él está en la orquesta del Palau de les Arts desde que se formó. Ella colabora como refuerzo, cuando la necesitan, desde hace menos. No ha ido sobrada de tiempo tampoco en los últimos años con los nacimientos de Adrian y Julius.

A «la casa escondida» „así la han bautizado para sus conciertos„ se llega después de superar una escalera empinada. Tras la puerta, techos altos, madera en suelo y paredes, aunque cubierta casi siempre de discos compactos y libros, que han acompañado a Arne Neckelmann allí donde ha vivido. Un tapiz narra la historia de Buda. Lo compró hace unos años en un anticuario del centro de Valencia. Una terraza regala sol al espacio y, al otro lado, un piano de pared da pistas sobre las inquietudes de los jóvenes propietarios.

Diferentes tipos de quesos esperan sobre la mesa. Los pone un amigo que tiene un puesto en el mercado de Russafa. Suele ser así los días de concierto, pero hoy solo hemos venido a hablar de ellos, a descubrirlos.

Dejamos los zapatos en la entrada e intentamos no hacer demasiado ruido, porque el pequeño Julius duerme. No por mucho tiempo. Se despierta sin alboroto y sonríe antes de que Paco Roca se una a la conversación y a la mesa. Vive al otro lado de la escalera y dibuja a veces a los músicos durante los ensayos. Luego han utilizado esas ilustraciones en los programas.

Los hauskonzerte (conciertos en casa) pueden ser algo extraño en Valencia, pero en Centroeuropa son corrientes. Arne está empeñado en defender esta tradición y, en la medida de sus posibilidades, la ha practicado en sus casas de Valencia, pero esta es especial, por su acústica y su imagen tan vetusta como acogedora. Hace unos años que empezaron con los conciertos en esta casa escondida, dieron una decena, pero los interrumpieron por el nacimiento de Adrian. Ahora, antes de Navidad, los van a reactivar con el objetivo de ofrecer uno cada dos semanas. Más o menos. El primero será matinal el día 20. Arne ha formado un cuarteto con colegas de la Orquestra de la Comunitat Valenciana (OCV) y serán ellos los que empiecen con dos piezas de Beethoven (op. 95 y op. 130). En el futuro sonarán Bach, Mozart, Schubert, Shostakovich, Schönberg, Messiaen...

El objetivo no es comercial, sino estrictamente musical. No hay entrada. Ponen un recipiente y quienes acuden (unas 25 personas, el salón no da para más) dejan algo de dinero, que se utiliza para pagar el viaje de algún músico invitado, si ha venido de fuera de España, y costear a la canguro que atiende a los niños durante los ensayos. Si sobra dinero, se envía a un hospital de Camerún, explica Arne.

Los músicos no siempre son los mismos. Ha habido cuartetos de cuerda, tríos, conciertos de piano... El público lo han formado familiares, amigos y el que alcanza el boca a oreja.

«¿Por qué los conciertos? Porque el origen de la música clásica está en la música de cámara. El embrión está en la relación privada del intérprete con la música».

Arne desborda pasión cuando habla de su vida con el chelo. «No critico el ambiente de la ópera con nosotros en el foso, el público engalanado, las butacas caras, pero hay algo más y me produce tanta ilusión tocar en la ópera como en casa, en este ámbito íntimo, porque me interesa la comunicación con quienes escuchan y no quedarme muerto como intérprete».

El discurso de Arne Neckelmann se despliega entre retos y sueños cercanos, como la «idea loca», dice, de realizar cien conciertos en cien días, siempre con el chelo en el centro y viajando de Bach a la música contemporánea.

No quiere «otra interpretación más», sino «volver a la esencia», compartir el contacto con un público pequeño y «que ellos se encuentran también a sí mismos a través de la música».

Algo tan etéreo y a la vez grande esperan ofrecer Arne, Eun-Jin y sus amigos músicos en sus próximos conciertos. Quedan invitados. Y no olviden dejar sus zapatos en la entrada.

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