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¡Pedazo de concierto!

Pedazo de concierto!». No se equivocaba el amigo del crítico cuando con entusiasmo no disimulado le susurró al oído tan coloquial expresión al final del último bis. Efectivamente, el ruso Andréi Boreiko (San Petersburgo, 1957) cuajó el viernes una actuación memorable, que recordaba los no lejanos tiempos de gloria en los que el podio de la Orquesta de Valencia era frecuentado por grandes directores. Hubo desajustes y deslices, sí, pero abundó, sobre todo, lo más importante: música a raudales. Para redondear tan sobresaliente noche, Boreiko contó en la primera parte del programa con el concurso de dos musicazos de la OV tan admirables como la viola Pilar Marín y el clarinete veterano de José Vicente Herrera, solistas ambos en el poco escuchado Concierto para viola, clarinete y orquesta de Max Bruch. El director sanpetersburgués bordó en su debut con la Orquesta de Valencia una versión cargada de magia y pulso chaikovsquiano de una selección del ballet La bella durmiente preparada por el pianista y director de orquesta Mijaíl Pletnev. Hubo pasión, drama, preciosismo instrumental, rubateo sin azúcar, sutileza y riqueza de matices. Como ocurre siempre que un gran director ruso „Mravinski, Kondrashin, Svetlanov, Temírkanov?„ aborda los compases paisanos y cercanos de Chaikovski, su música cobra relieve, intensidad, autenticidad y un carácter y naturalidad únicos. Así ocurrió también anteayer en el Palau de la Música, con un Boreiko implicado y bien metido en faena, que hizo sonar a la OV y a sus diferentes secciones con ese virtuosismo, lúdico, exhibicionista y dramático a un tiempo, tan característico de las orquestas rusas. Especial mención merece la destacada y protagonista intervención del concertino Enrique Palomares en el extenso solo del segundo acto del ballet.

Al final, y tras reiteradas salidas a saludar de Boreiko, el unánime éxito propició que aún se escuchara, ya fuera de programa y a modo de regalo, el célebre y apasionado Pas d'action que antecede al final del Acto I del ballet. Bravos y aplausos arreciaron, y el director ruso disfrutó de la ovación entusiasta que llegaba tanto del público que casi llenaba el Palau de la Música como de los propios profesores de la Orquesta de Valencia. Andréi Boreiko y la savia nueva y rejuvenecedora que ha imprimido al conjunto valenciano le convierten en candidato a considerar para la titularidad de la Orquesta de Valencia.

El programa comenzó con una versión más impresionista y romanticona que expresionista del interludio orquestal «Nocturno sinfónico», de la ópera Der ferne Klang, compuesta por el austriaco Franz Schreker entre 1903 y 1910, que subía por primera vez a los atriles de la OV. También el Concierto para viola y clarinete de Bruch que completó la primera parte del programa permanecía inédito para los profesores valencianos. Nada de ello se notó en la lectura ofrecida por Pilar Marín y José Vicente Herrera con la complicidad de sus compañeros de orquesta y de Boreiko. Una y otro dejaron constancia de su categoría instrumental y artística con una interpretación de fuste y altos vuelos, que hubiera fascinado al mismísimo compositor. Cerraron la actuación con la propina del conocido Oblivion, donde hicieron aflorar el contagioso encanto que siempre envuelve los pentagramas de Astor Piazzolla.

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