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Crítica musical

«Moches grachies»

Obras de Adams, Komgold

y Dovrák

palau de la música (valencia)

Director: David Robertson. Solista: Gil Shaham (violín). Intérpretes: Orquesta Sinfónica de San Luis.

Por razones personales que no vienen al caso, al crítico le hubiera gustado hacer una reseña positiva del debut de la Orquesta Sinfónica de San Luis en Valencia. Pero, como dice la romanza de La tabernera del puerto, «no puede ser». La centenaria formación estadounidense, fundada en 1880 y segunda más antigua de su país, es un conjunto solvente, pero dista mucho muchísimo de sus grandes orquestas compatriotas.

Especialmente la sección de vientos, configurada por unos metales fallones y estridentes y unas maderas que no alcanzan las sonoridades que cabe esperar de un conjunto de tanta solera. Tampoco es propia de las grandes sinfónicas norteamericanas la calidad de su nutrida cuerda, sin duda la mejor familia del conjunto.

Tampoco su aplaudido director titular, David Robertson (1958), es un maestro de primera, por mucho que cayera simpático al público, al que sin arrobo se dirigió al final del concierto («Moches grachies€») con una locuacidad ni siquiera reprimida por un español que no llega al nivel de lo macarrónico. Su gestualidad paródica, empeñada en marcar lo obvio, deparó tibias versiones que no llegaban más allá de la mera corrección. Nada interesante y sí rutina hubo en una Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvo?ák en la que apenas se lució la corno inglés en su sustancial intervención en el segundo movimiento e iniciada con una chirriante entrada de las trompas que auguraba lo peor.

Mejor resultó el Foxtrot de John Adams que abrió el programa. Música de raíz minimalista, sin ambición pero bien escrita, que arranca de material descartado del tercer acto de la ópera Nixon en China, compuesta entre 1985 y 1987, y que describe un supuesto e irreverente foxtrot bailado por Mao Zedong. Su empastada sección de cuerdas (60 profesores), una percusión bien cuidada y la cercanía con los compases de Adams propiciaron una versión de fuste, como también lo fue la brillante y radiante interpretación que ofrecieron fuera de programa de la obertura de Candide, la bienhumorada opereta compuesta por el paisano Leonard Bernstein en 1956.

Pero el gran momento de la tarde lo protagonizó el violinista Gil Shaham (1971) en la primera parte del programa, con una excepcional versión del cinematográfico Concierto para violín y orquesta de Erich Korngold. Shaham, que desde años figura entre los más grandes violinistas de nuestro tiempo, ya debuto en el Palau de la Música en diciembre de 1997, cuando interpretó magistralmente el Concierto de Sibelius.

En esta ocasión ha vuelto a dejar clase de su categoría artística y de su virtuosismo a un tiempo mesurado y apasionado, directo y armado en esa calidez y verdad que siempre transmiten sus interpretaciones. Cuando se escucha su legendario Stradivarius, se siente sin vericuetos su arte mayúsculo. Culminó su nueva actuación en Valencia con un bombón kreisleriano ofrecido fuera de programa, bien acompañado por la orquesta y siempre bajo la dirección de su cuñado David Robertson, esposo de su hermana la pianista Orli Shaham.

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