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La sonrisa del belcanto

Recital de Juan Diego Flórez

palau de la música (valencia)

Programa: Obras de Rossini, Mozart, Leoncavallo, Puccini, Massenet y Verdi. Intérpretes: J. D. Flórez (tenor) y Vincenzo Scalera (piano). Entrada: 1.800 espectadores (lleno).

Juan Diego Flórez (Lima, 1973) es una estrella de primerísimo orden. Y no sólo del belcanto, repertorio que él interpreta como nadie hoy lo hace, sino también mediática. El sábado, en una de las citas más esperadas de la temporada, el Palau de la Música se abarrotó para disfrutar de su espectacular manera de cantar, que le convierte en uno de los mejores tenores de su cuerda y en el indiscutible número uno en el ámbito belcantista desde la desaparición de su admirado Alfredo Kraus.

Son muchos los factores y virtudes que convierten a Juan Diego Flórez en un verdadero as de la agrietada escena lírica contemporánea. Un verdadero divo en el que, más allá de tantas y tantas cualidades, se impone su voz superdotada, armada con una técnica sofisticada e inteligentemente gobernada que le permite moverse con enorme soltura „y hasta desparpajo„ en el arriesgado repertorio belcantista. Sus sonrisas y chascarridos cómplices con el público durante los recitales, antes y después de escalar las más comprometidas tesituras vocales y de resolver los más afilados problemas técnicos, evidencian una seguridad portentosa. También el peso que la vivencia comunicativa ejerce en el artista. Su sonrisa generosa, comunicativa y sincera es la expresión del mejor belcanto.

Y es que a esa voz tan asombrosamente manejada el tenor limeño agrega una naturaleza expresiva que impregna todas sus versiones de calor escénico. Calor que él traslada de manera inevitable al oyente, y que acaba por imponerse sobre los peros de un modo expresivo uniforme, que hace que cante con pareja expresividad tanto las cancioncillas de Rossini que abrieron el recital, como La flor de la canela y el Cucurrucucú paloma que regaló al público o el prodigio del «Ah, dov´è il cimento», de Semiramide de Rossini, con el que cerró la primera parte y que supuso el punto álgido de la misma.

Antes de este Rossini insuperable, cantó dos peliagudos caballos de batalla del repertorio mozartiano: el aria «Ich baue ganz auf deine Stärke» que canta Belmonte al comienzo del tercer acto de El rapto en el serrallo, y la aún más comprometida aria «Vado incontro», de la ópera Mitridate, re di Ponto. Si en la primera, dicha en un alemán casi ininteligible, resolvió con soltura las inaccesibles coloraturas de la partitura, en la segunda lució su prodigiosa flexibilidad vocal para sortear los tremendos intervalos. Pero este Mozart, de diamantina cuadratura y universo rabiosamente clásico, de tan maravillosa factura y dicho partitura en mano (todo el resto del recital fue de memoria, detalle nimio pero significativo), no acaba de cuajar con la expresividad de Flórez, por mucho que sea difícil imaginar que la música del salzburgués encuentre hoy una voz tan perfecta, bella, matizada y rica de timbres y colores; tan soberanamente regida y proyectada, siempre perfectamente afinada, transparente, valiente y generosa.

En las tres canciones de Leoncavallo que abrieron la segunda parte, Flórez enfatizó el arraigo popular que las nutre y se recreó sin miramientos ni complejos en sus aromas veristas. Fueron el pórtico a la parte final del programa, integrada por páginas operísticas de Puccini, Massenet y Verdi. Del primero abordó con humor, chispa y empaque el aria «Firenze è come un albero Fiorito» de Gianni Schicchi y llevó a su terreno el famosísimo «Che gélida manina» de La bohème, un repertorio grato pero del que „como en su día hizo Alfredo Kraus„, deberá mantenerse distante para conservar la pureza de su prodigiosa vocalidad belcantista. La sombra del gran tenor canario se proyectó en el «Pourquoi me réveiller» de Werther, cantado con una morbidez, entrega y perfecta línea vocal que recuerda y le acerca a la referencia inalcanzable de Kraus. Reservó Verdi para el final del recital, con dos arias tan disímiles como «La mia letizia infondere» de I Lombardi y el conocido «De´ miei bollenti spiriti» de La Traviata, cantado con impulso y virtuosismo vocal, con esa proyección única que hace que su voz invada cada rincón de la sala y se adentre con fuerza en el cerebro oyente del espectador. Fue el inicio del final. Un cierre largo en el que, como en el siglo XIX, el público, encandilado, lanzaba sus piropos al artista y le pedía bises: «¡Canta La flor de la canela!» «¡Canta algo de mi país y del tuyo». «¡Eres el mejor!», apostilló uno, y otro matizó: «Bueno, con Jonas [Kaufmann]». «¡Canta Ah! mes amis!». Juan Diego Flórez, generoso y a gusto con el público que abarrotó el Palau, atendió a todos y a casi todos contestó: «¿Qué me das si canto Ah mes amis?», respondió con humor y empatía. Y sí, sin pedir nada a cambio cerró el recital y la serie de bises entonando como él solo sabe hacerlo los nueve famosos y temidísimos Do de pecho del aria de Tonio de La hija del regimiento, de Donizetti. ¡La apoteosis! Seguramente el mismísimo Alfredo Kraus hubiera vitoreado con el mismo entusiasmo que lo hicieron los valencianos la increíble interpretación del incomparable tenor peruano.

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