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Crítica musical

A corazón abierto

Recital de Grígori Sokolov

palau de la música (valencia)

Programa: Obras de Mozart y Beethoven. Entrada: 1.800 espectadores (lleno). Fecha: Sábado, 18 de febrero de 2017.

El silencio. Tras el perfecto do menor «diminuendo» y en pianísimo con que Beethoven cierra su última sonata para piano, sólo cabe el silencio. Grígori Sokolov cerró con este instante sublime el programa de su decimoséptimo recital en València. Supuso uno de los momentos más inolvidables y excelsos vividos en mucho tiempo en una sala de conciertos. Fue, también, el colofón a medias „luego vinieron seis bises„ de una velada única e irrepetible. Sokolov, sin duda el pianista más auténtico, honesto y dotado de nuestro tiempo y de muchos tiempos, transformó el Palau de la Música en un paraíso idealizado en el que las músicas de Mozart y Beethoven se reencontraron con su mejor intérprete.

Nadie que no haya asistido a este recital podrá jamás imaginar y dar pábulo a lo que hizo Sokolov. Su pianismo expresivo y auténtico reivindica las infinitas posibilidades de un instrumento que en sus manos alcanza la más absoluta y verdadera dimensión. Un modo de tocar que reivindica las infinitas posibilidades de un instrumento que en sus manos alcanza su más absoluta y verdadera dimensión. No cabe mayor derroche de virtuosismo, de potencia expresiva y física, de entrega incondicional a la música. La cultivada convicción de un artista absoluto cuya autoridad emana de la verdad que otorga el saber y el amor y fidelidad al pentagrama.

Con él, la música y la interpretación se adentran en otra dimensión. Su Mozart se despoja de las tradiciones impuestas para cobrar personalidad única y revivir y reinventarse desde los infinitos recursos del moderno piano gran cola. Fue el suyo un Mozart preciosista, transparente, claro y de absoluta pureza. Nunca ha asomado el genio absoluto del salzburgués con tan absoluta diversidad. El Mozart operístico „Don Giovanni, Così fan tutte„, el sinfónico o el camerístico asomaron con su máxima riqueza policroma, con fuerza dramática y avanzada construcción armónica y melódica.

Construyó toda la primera parte como un gigantesco retablo mozartiano que evolucionó desde la diáfana claridad en Do mayor de la Sonata K 545 a la sombría intensidad de la Sonata en do menor, K 457, que constituye una de las obras que anticipan más clara y tempranamente la inminencia de Beethoven. En medio, como dramático intermedio entre ambas sonatas y elemento articulador del impresionante y novedoso retablo, la oscura y enigmática Fantasía en do menor. Sokolov lo interpretó esquivando el aplauso, como una suerte de unitaria fantasía en torno a la tonalidad de Do. Seguro que Mozart se hubiera quedado boquiabierto escuchando el prodigio generado por Sokolov y su incomparable pianismo.

También Beethoven se hubiera quedado tan boquiabierto y emocionado como Mozart de haber tenido el privilegio de escuchar el milagro obrado en la segunda parte, integrada por sus sonatas números 27 y 32. La primera, fechada en 1814 y que constituye el punto de inflexión entre sus dos últimos periodos creativos, fue pórtico y preludio de la Sonata en do menor, la futurista y revolucionaria Opus 111. Grande entre los más grandes, Sokolov desplegó una vez más sus extraordinarios medios técnicos y su inmensa autoridad artística para compartir con el público su absoluta, profunda, intensa y futurista versión. No cabe más intensidad emocional, mejor uso de los recursos del piano y mayor implicación y lucidez de la inteligencia musical.

La Arietta final, con sus sencillos 16 compases y subsiguientes cinco variaciones, fueron el punto culminante de un recital seguido en un silencio a media luz, reverente y fascinador, que ni siquiera los soeces timbres de algunos teléfonos móviles pudieron distraer. Beethoven indescriptible y referencial. Original y valiente. Sin reservas y a corazón abierto. Plagado de giros, acentos y articulaciones absolutamente inéditos, pero empeñados en respetar y ahondar en lo más profundo de su esencia clásica. Nunca su entramado polifónico y contrapuntístico ha aparecido tan diáfano y latente. En los dedos increíbles del prodigio Sokolov, cada nota, cada detalle aparece resaltado dentro de una arquitectura en la que todo, absolutamente todo, cobra relieve y protagonismo.

Al final, claro, el delirio. Tanto y tan encendidos fueron los aplausos y bravos, tal la generosidad y fortaleza del genio, que el recital aún se prolongó fuera de programa en una inesperada tercera parte compuesta, por obras de Schubert, Chopin, Rameau y Schumann. Al final, tras tres horas de recital, la tanda de bises culminó definitivamente con un preludio de Chopin: el número 20, precisamente el compuesto en do menor. ¡Genial!

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