Ahora que crece día a día el alistamiento en las legiones de haters que odian La La Land (en muchos casos sin haberla visto, «no me gustan los musicales» es la frase del año) hay quien afirma sin sonrojarse que la película de DamienChazelle arrasará en la entrega de los premios Oscar (2.30 de la madrugada del domingo al lunes, Movistar+) porque es una cinta fabricada para encandilar a una Academia de Hollywood dominada por votantes de más de 60 años y nostálgicos de los años dorados de la industria, cuando nacían musicales esplendorosos como Cantando bajo la lluvia. Lo cierto es que la primera oferta que recibió Chazelle para realizar su guión fue de un millón de dólares, y eso a cambio de que el protagonista fuera un guitarrista de rock en lugar de pianista de jazz y que el final agridulce fuera inequívocamente feliz. Una pieza de museo sin futuro, eso pensaba «la ciudad de las estrellas» de una obra que dentro de unas horas podría irritar desde Los Ángeles a los que tanto la detestan.

¿Será así? El carrerón de la película en los Globos de oro y los Bafta británicos son señales claramente positivas, pero las turbulencias políticas que viven los Estados cada vez más Desunidos bajo el mandato de Donald Trump podrían traer alguna sorpresa. Comanchería, Hasta el último hombre, Lion o La llegada no están en esa carrera, pero Moonlight tiene la bala en la recámara de ser un título ideal para fastidiar, y mucho, al tuitero Trump. Esa historia de un homosexual negro en una América de profundas desigualdades y violencia furibunda tiene los suficientes ingredientes espinosos (y además con sus resquicios poéticos y alérgicos a la moralina conservadora) para ser vista como una manera de protesta frente a las murallas políticas. Fences y Figuras ocultas también cargan contra la desigualdad racial (que el año pasado hizo de los Oscar un ejemplo de cerrazón al talento negro, al igual que ahora lo es respecto al latino) pero la primera no tiene unos valores cinematográficos dignos de mención, más allá de las grandes interpretaciones de Viola Davis (favorita a rabiar como secundaria, aunque su trabajo es claramente principal) y Denzel Washington. Yla segunda, con hechuras de telefilme correcto y poco más, puede plantar cara en el terreno interpretativo (Octavia Spencer como secundaria) pero no da para más.

Al margen de consideraciones extra cinematográficas, otra obra que podría discutirle el trono a La La Land es Manchester frente al mar, un melodrama que se salta todas las leyes de género y que provoca tanta admiración como rechazo. Lo tiene difícil Kenneth Lonergan frente al dinamismo entusiasta de Chazelle (aunque quizá triunfe como guión original), pero sólo él y Barry Jenkins, por Moonlight, parecen rivales a considerar, por más que Denis Villeneuve haga un trabajo soberbio en La llegada y Mel Gibson ofrezca una hora de cine bélico sobrecogedor en la descompensada Hasta el último hombre.

Una de las grandes dudas de la madrugada será saber si los votantes tendrán en cuenta las turbulencias privadas de Casey Affleck para privarle de la estatuilla por Manchester frente al mar, llevando así la contraria a los Globos de Oro, los Bafta y el festival de Gijón. Sería injusto porque la agradable y esforzada actuación de Ryan Gosling, su gran rival en las apuestas, no está a la misma altura. Y no parece que Viggo Mortensen o Denzel Washington, espléndidos en Captain Fantastic y Fences, lleguen con suficientes papeletas. Sí las tieneMahershala Ali por su breve pero bravísimo trabajo en Moonlight, aunque sea a costa del gran Jeff Bridges en Comanchería. No hay que descartar tampoco a Dev Patel, aunque su trabajo en Lion sea tan desigual como la propia película. Si en la categoría de actriz secundaria Viola Davis destaca por delante de otros buenos trabajos de Naomi Harris, Octavia Spencer o Michelle Williams, y el simplemente correcto de Nicole Kidman, en la batalla por la mejor interpretación femenina es temerario hacer predicciones, aunque es inevitable descartar (no por sus méritos indudables) a la francesa Isabelle Huppert por Elle y Meryl Streep por Florence Foster Jenkins. Natalie Portman por su sobresaliente recreación de Jackie Kennedy (un papel tan resbaladizo que hay que tener muchas agallas para aceptarlo y mucho talento para no estrellarse) y la casi desconocida Ruth Negga en la injustamente olvidada Loving son las que pueden amargarle la noche a la encantadora y dúcil Emma Stone y, de paso, quitarle a La La Land una de las 14 estatuillas a las que aspira. Con toda justicia.