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Crítica de música

Bartoli all´ italiana

La ganadora de un Premio Max en 2016 coordina un ciclo de danza en La Fábrica de Hielo

Recital de Cecilia Bartoli

palau de la música (valència)

Int. Cecilia Bartoli (mezzosoprano), Antoni Parera (piano). Programa: «Una viaje por 400 años de música italiana». Entrada: 1.800 espectadores (lleno). Fecha Miércoles, 29 de marzo.

Más italianísima que nunca, la diva Cecilia Bartoli (Roma, 1966) retornó el miércoles al Palau de la Música con un programa-popurrí que, bajo el recurrente título «Un viaje por cuatrocientos años de música italiana» y la colaboración de Levante-EMV, agrupaba obras dispares y difíciles de conciliar, que se expandían desde las músicas remotas de Caccini, Alesandro Scarlatti o Caldara hasta canciones de Domenico Modugno. El batiburrillo se salpimentó fuera de programa con, entre otros regalos, con las seguidillas de Carmen y hasta el O sole mio.

Seductora, simpática y sabiéndose «stupenda», la Bartoli se metió al público en el bolsillo con chascarrillos y gracietas, pero sobre todo con esa refulgente voz «ágil, oscura, cálida, bien emitida, gutural y cavernosa» de la que habla Arturo Reverter en las notas al programa, y que le permite las agilidades, florituras y coloraturas que siempre han distinguido su canto. El repertorio de esta nueva visita a València era ligero, cómodo y para todos los públicos. Parecía más diseñado para entretener, divertir y lucir que para ahondar de verdad en la música.

La gran mezzosoprano asomó en las primeras piezas del programa, con las canciones de Caccini, Scarlatti y Caldara. También en el aria Lascia la spina, de Händel (¿qué diablos pintaba el compositor alemán en este batiburrillo?), o, por supuesto, en La farfalletta de Bellini, y en Me voglio fa na casa, de Donizetti. La excelsa rossiniana brilló con fuerza y seducción en la brillante Canzonetta Spagnuola y en la tarantela napolitana La danza, verdadero trabalenguas en el que hizo gala de sus agilidades y técnica, mientras que su proverbial coloratura se impuso y exhibió en la canción napolitana Munasterio’e Santa Chiara, de Alberto Barberis.

En la segunda parte, la mezzosoprano se metió en camisa de once varas y defendió como pudo una vocalidad y un universo distintos y ajenos. Puccini tiene que ver con la Bartoli lo que Wagner con Alfredo Kraus o Donizetti con la Nilsson. De ahí que en la inapropiada selección de canciones que interpretó no fuera más allá de la corrección. Artista mayúscula y sabia, salió indemne del reto, sí, e incluso se atrevió con el O mio babbino caro de Gianni Schicchi, que pese a su discreta versión encandiló a un público bien predispuesto por las tablas y maneras de una cantante que sabe lucir como nadie simpatía y empatía. Incluso tuvo desparpajo para convertir, durante el delicado final en piano de la canción Casa mia, algo tan incordiante como una tos mal disimulada de un espectador en acontecimiento y motivo de aplauso, al interrumpir la nota final en la que estaba embelesada para dirigirse al acatarrado oyente y lanzarle un sonoro «¡Salud!». Aplausos de un público aún más encantado.

Luego, ya al final, se impusieron canciones y cancioncillas populares sin mayor trascendencia, como la divertida Tammurriata nera, de Giovanni Ermete Gaeta (conocido bajo el pseudónimo de E. A. Mario), cuya letra habla con retintín de los muchos niños «negros-negros-negros» que nacieron en Nápoles tras la entrada de las tropas estadounidenses en la ciudad. La cantó con la misma picardía y expresividad abierta y contagiosa que derrochó en todo el recital, culminado en plan melódico con la romanticona canción Nel blu dipinto di blu, el famoso Volare de Domenico Modugno, que intentó defender enfatizando sus acentos populares.

El recital contó con la inesperada colaboración al piano del compositor, pianista y productor discográfico manacorí Antoni Parera Fons, que reemplezaba al anunciado Sergio Ciomei, indispuesto con un trancazo tan mayúsculo como el del acatarrado espectador. La acompañó con un pianismo mesurado y siempre en segundo plano, acaso para no desbordar su no potente voz, y con la tapa totalmente cerrada siempre. Tocó en solitario y con similares características páginas de Puccini (incluido un arreglo del vals de Musetta de La bohème) y un tema propio, el melodioso T’estim i t’estimaré. Tras cuatro bises, el recital concluyó all’italiana: con la diva lanzando besos a tutti quanti mientras escuchaba una sarta de piropos. Pero aún resonaban esas raras y nada italianas seguidillas de Carmen…

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