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Crítica musical

Mahler para Brotons

La familia de Alfredo Brotons junto al director del Palau, Vicent Ros; el director de la Orquesta de València, Yaron Traub; y la presidenta del auditorio y concejal Glòria Tello.

La familia de Alfredo Brotons junto al director del Palau, Vicent Ros; el director de la Orquesta de València, Yaron Traub; y la presidenta del auditorio y concejal Glòria Tello. eva ripoll

A lfredo Brotons estaría contento. El Palau de la Música y la Orquesta de València han querido recordar y homenajear a quien, además de una de las firmas más rigurosas e incisivas de la música española, fuera crítico de Levante-EMV hasta su inesperado y temprano fallecimiento, el 22 de julio del pasado año. Y lo han hecho dedicándole la interpretación de una de las sinfonías más monumentales de la historia de la música, la sobrecogedora Tercera de Mahler, en una versión que marca uno de los puntos álgidos del binomio Orquesta de València y Yaron Traub. Fue una lectura sobrecogedora e idiomática, a la que ni siquiera un crítico tan exigente, cabal y puntilloso como Alfredo hubiera puesto muchos peros.

Posiblemente, nuestro amigo y predecesor hubiera aplaudido, sobre todo, la manera en que músicos y director dieron aire, espacio y entidad a la ciclópea partitura, en una versión cuidada y de honda intensidad emocional. Yaron Traub, que dirigió de memoria los seis largos movimientos que integran el complejo monumento sinfónico, estuvo atento a cada detalle y administró con esmero y criterio las contrastadas intensidades dinámicas. Fue su batuta flexible y dúctil como pocas veces, y transitó con hondura, coherencia y solvencia los disímiles universos anímicos que se suceden. Sutil, profundo y parsimonioso en los momentos más lentos y delicados (como el inmóvil inicio del cuarto movimiento); brillante y dramático en los pasajes más luminosos.

Ya desde el colosal inicio, en la frase enunciada al unísono por la muy ampliada sección de trompas (nueve instrumentistas), se sintió la total involucración de músicos y director. Atriles y maestro cuidaron y se plegaron a los mil matices y gradaciones que hay entre ambos extremos. A pesar de episodios de ostensibles patinazos y deficiencias instrumentales -¡tremendas trompetas y trombones en el delicado pasaje que precede la explosión final que corona la sinfonía!-; de más que evidentes desequilibrios -la enorme masa sonora exige una sección de cuerdas más numerosa y calibrada, capaz de compensar la aumentadísima plantilla de vientos que exige Mahler: había únicamente nueve violas y seis contrabajos-, o de que en el tercer movimiento no se utilizara el Posthorn que prescribe la partitura, la versión entrañó episodios de realzada calidad instrumental, con intervenciones de tanto fuste como las protagonizadas por el concertino Enrique Palomares, el oboe Roberto Turlo, los timbaleros Javier Eguillor y Luis Osca (también la sección de percusión, especialmente Josep Furió en el repetido e importante motivo del bombo), la trompa María Rubio (y el ayuda Juan Pavía), la flautín Teresa Barona, o el más que notable solista invitado de trombón, Edmundo Vidal.

Al alto nivel de la versión contribuyó de manera significativa la veterana mezzosoprano Waltraud Meier (1956), que cantó los textos de Nietzsche y del ciclo Das Knaben Wunderhorn que incorpora Mahler en los movimientos cuarto y quinto. Ni los años, que no pasan en balde para nadie -ni siquiera para una cantante tan grande como ella-, ni el oscuro registro de la partitura -que reclama una voz más grave, más densa, más de contralto-, mermaron la formidable interpretación de la diosa wagneriana, tan admirada por Alfredo Brotons y los mejores melómanos. Profunda en la palabra y en su sentido expresivo, impuso recogimiento desde el «O mensch! Gib acht!» («¡Oh, hombre! ¡Presta atención!») que abre su intervención. Su canto conmovedor cargado de intención e interés elevó aún más la temperatura sensitiva de intérpretes y público.

Junto a ella intervinieron las secciones de sopranos y mezzosopranos del Orfeó Valencià que dirige Josep Lluís Valldecabres y el Orfeó Valencià Infantil. Unas y otro defendieron con ilusión y disciplina su sustancial cometido. Tras el impactante y grandioso final de la sinfonía, con todos los músicos dando el máximo, el concierto concluyó con una verdadera explosión de júbilo, provocada más por la intensidad de la interpretación que por sus generosos decibelios. Un Mahler que quedará en los anales como una de las mejores actuaciones de la Orquesta de València bajo la batuta de Traub. Quiero pensar que a Alfredo también le hubiera parecido así. Al menos, su viuda Yolanda y su hijo Pau -sentados cerca de quien esto firma-, aplaudieron con emoción lo que acababan de oír desde las mismas butacas que siempre ocupó él.

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