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Faena de aliño

Obras de Coll y Mahler

palau de les arts (valència)

Director: George Pehlivanian. Solistas: Elena Zhidkova (mezzosoprano), Nikolai Schukoff (tenor). Entrada: Alrededor de 1200 personas. Fecha: Jueves, 6 de abril.

La canción de la tierra es una de las obras más rotundamente hermosas y conmovedoras del sinfonismo mahleriano. Ni lo uno ni lo otro hubo en la deficiente versión ofrecida por George Pehlivanian (1964) al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. A pesar de algunas destacadas intervenciones solistas -sensacional la flautista Magdalena Martínez-, el director de origen armenio-libanés no hizo más que una faena de aliño, que desaprovechó las muchas posibilidades que brinda una orquesta como la titular del Palau de les Arts y una composición tan cargada de significaciones en la que -como escribe Luis Gago- «la canción se hace sinfonía y la sinfonía deviene en canción».

Escrita al final de su vida, entre 1908 y 1909, bajo el dolor de la muerte temprana de su hija Maria Anna, y el presentimiento de su propia partida, Mahler, que contaba entonces 47 años, hace realidad la conocida frase de William Hazlitt «No hay hombre joven que crea que se morirá alguna vez». El compositor se aferra con pasión y nostalgia a los recuerdos de lo que fue y no será más. Un canto a la vida desde el umbral del más allá. Evoca, con una punzante pátina de tristeza y distancia, la vida, sus placeres, el vino, el amor, la naturaleza y tantos otros recuerdos de los que hablan los versos de diversos poetas chinos que sirven de fondo a esta «sinfonía para tenor, mezzosoprano y orquesta» estrenada por Bruno Walter en Múnich en noviembre de 1911, seis meses después de la muerte del compositor. Nada de ello vislumbró Pehlivanian desde su versión poco ensayada, cogida con alfileres y en la que en absoluto asomó el competente director de orquesta de otras ocasiones. Para colmo, tuvo el desacierto de ubicar a los dos cantantes en el centro de la orquesta, entre las cuerdas -nunca mejor dicho- y las maderas. El pobre Nikolai Schukoff se las vio y deseó para intentar hacer oír su voz en medio de una orquesta y de un maestro que parecían ignorar tanto a los cantantes como a la particular y problemática acústica del Auditori del Palau de les Arts. Su generosa voz se estranguló y hasta desgañitó en ocasiones en el estéril empeño. Algo mejor suerte corrió Elena Zhidkova, cuya vocalidad de mezzosoprano se mostró menos vulnerable al desequilibrio dinámico. Para completar el desaguisado, durante el delicadísimo e infinito final en pianísimo que transita al silencio absoluto, el micrófono que amplificaba la mandolina pegó un zurriagazo de aquí te espero que casi deja sordo a medio auditorio.

Antes, en la primera parte, se produjo el estreno en València de Mural, composición ambiciosa que, en palabras de su autor, el valenciano Francisco Coll (1985), «podría definirse como una sinfonía en cinco movimientos». Gestada entre 2013 y 2015 como respuesta a un encargo mancomunado entre la Filarmónica de Luxemburgo (que la estrenó el pasado 23 de septiembre, bajo la dirección del también valenciano Gustavo Gimeno), la Joven Orquesta del Reino Unido y el propio Palau de les Arts, Coll evidencia en ella las razones por las que hoy es uno de los compositores españoles de mayor proyección. Brilla su buen oficio en una amalgama conformada por los estilos, modos y manera por los que ha transitado su cada día más interesante universo expresivo. Las influencias cercanas de Messiaen, Bernstein y su admirado maestro Thomas Adès resultan palmarias. Pehlivanian desarrolló una version más vistosa que profunda, algo que acaso guardara relación con la poco calurosa acogida dispensada por un público no muy hecho a las vanguardias y que apenas prorrogó el aplauso más allá del saludo desde el escenario del compositor.

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