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Crítica musical

Chopin en las Antillas

Obras de Liszt, Ravel, Chopin, Schumann, Beethoven, Vivaldi y Piazzola s

Sociedad Filarmónica de valència

Palau de la Música

Int. Pepe Rivero Trío (Pepe Rivero, piano; Reinier Elizarde, contrabajo y Georvis Pico, batería).

Hay «grandes» intérpretes actuales que a los 20 compases ya se les ve el cobre: son pura fachada y postureo. Afortunadamente, existen otros que, con los primeros acordes, ya se muestran como músicos de oro y lomo. A estos últimos pertenece el cubano Pepe Rivero (Manzanillo, 1942), pianista de formación clásica y vocación antillana, lo cual demostró en el ultimo concierto de la SFV, versionando con sus arreglos, obras de fácil reconocimiento, pero aplicándoles un espléndido y sorprendente tratamiento de choque.

Hay que estar muy seguro de su propuesta para atreverse a «des-componer» obras tan intocables como el Bolero, de Ravel o el Sueño de amor, de Liszt. Más Rivero le planta cara y le suma imaginación a esas y otras partituras para modificar el original y filtrarlo por su concepto personalísimo. Cierto es que alguna de estas piezas soporta mejor que otras su delicado bisturí pero, por encima de todo, prima en Rivero el respeto por el original y el buen gusto. Su técnica se lo permite y su facilidad para la improvisación -y ¡qué facilidad!- lo lleva por cumbres de alta fidelidad que no perturban el original, más bien todo lo contrario: le dan una frescura actualizada donde priman los ritmos que le son más afines como el son, el bolero, la habanera o el guaguancó.

En esta aventura, Elizarde al contrabajo y Pico en la batería fueron piezas esenciales para apoyar todos y cada uno de sus trabajos. Se les escucha sin que su presencia estorbe el protagonismo del teclado lo cual supone una garantía en los resultados finales.

Pero la velada venía cargada de sorpresas. Sin estar anunciado en el programa (¿?) Rivero presentó al oboísta Roberto Turlo, solista de la Orquesta de València, para integrarse al trío en el Bolero africano y el Preludio en Do menor, de Chopin. Con este último mostró su nivel de fino intérprete que sabe obtener sonido y matices realmente emocionantes. Turlo volvió al escenario para interpretar el arreglo del Largo de El invierno vivaldiano lo que le valió una gran ovación por parte de los socios de la SFV.

Pero aún faltaba el fin de fiesta con la aparición del jovencísimo violinista Pablo Turlo. Con una seguridad envidiable, el hijo de Roberto Turlo defendió con arco y espada otra obra de Vivaldi, cuya interpretación cortó la respiración del auditorio y dejó probado que, con estudio -y si la suerte le acompaña-, podrá convertirse, en pocos años, en un excelente violinista. Posee carisma y tiene «gancho», su ataque es seguro y su izquierda corre sin obstáculos por el mástil del instrumento obteniendo un sonido que irá aumentando con el trabajo diario. Una apuesta de alto riesgo pero jugada con garantía musical y solvencia artística.

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