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Análisis

Antes y después de Yaron Traub

El maestro de Israel concluye hoy su etapa como director titular de la Orquesta de València después de 12 años - Continuará como director asociado

Antes y después de Yaron Traub

La figura del director de orquesta es, posiblemente, la más controvertida de todo el panorama musical. El mítico Toscanini se despachó con un «asesinos» después de un ensayo que imaginamos catastrófico. Paul Hindemith afirmaba que la gente que hace música en conjunto no puede ser enemiga? Al menos, mientras dura esa música. Dimitri Mitropoulos nunca usaba la partitura para dirigir: ¿Entraría un domador de leones en la jaula con un manual para mantenerlos a raya? Pero siempre se puede llegar a más: Sir Thomas Beecham no quería mujeres en la orquesta porque si eran hermosas distraían a sus músicos y si eran feas, lo molestaban a él.

En València, Yaron Traub (Tel Aviv, 1964) lleva más 12 años subido al podio de la Orquestra de València, tanto en el Palau de la Música como en otras capitales de la Comunitat Valenciana con puntuales incursiones en territorio español y europeo.

Hay que rebobinar hasta 2003, cuando el maestro Traub inició su primer contacto con la OV, después de los 8 años de titularidad de Gómez Martínez. Su primer concierto tuvo lugar el 13 de junio de ese año y desde entonces han sido 217 ocasiones de un especial idilio con el público valenciano. Y le quedan algunas más en la próxima temporada.

Dirigir una orquesta sinfónica constituye una tarea de alto riesgo. Las horas de ensayos pueden transformarse en un campo de minas que en cualquier momento pueden detonar. Gran parte de la labor del director consiste en desactivar esos artefactos imponiendo su criterio con el diálogo, diplomacia y argumentos convincentes para unos instrumentistas que, por tradición, se las saben todas. Son múltiples las individualidades de cada profesor y dirigirlos no siempre resulta una labor confortable aunque cuando se logra resulta tan gratificante para el maestro como placentera para los músicos y, desde luego, para el auditorio.

En el momento en que Yaron Traub dirige por primera vez a la OV estaba sobre la mesa la renovación del titular de la orquesta. No le importó que fuera viernes y 13. Jugó fuerte con la primera audición de la Sinfonía domestica de Richard Strauss, monumento sonoro que recientemente volvió a defender aquí. Más rotundo que elegante, su estilo, sus maneras, su gestualidad y su criterio gustaron desde el principio a la mayoría de los profesores y pronto el público valenciano quedó atrapado por el magnetismo innegable del maestro israelí.

Como es habitual en estos casos, hubo todo tipo de presiones musicales y políticas, así como recomendaciones llegadas de todos los puntos cardinales. Pero Traub había subido con el pie derecho al podio. Ramón Almazán, responsable de temas orquestales en el Palau de la Música, tenía otras propuestas que no llegarían a cuajar. Pero, en esta ocasión, el colectivo de músicos, prácticamente por unanimidad, fue decisivo, con su voz y sus votos, para que la dirección del Palau firmara el primer contrato del joven maestro, desde octubre de 2005, con un excelente sueldo a nivel de su valía. El maestro inició aquí una nueva etapa y eligió la costa de Altea como lugar de residencia y meditación.

Y así comenzó una flamante andadura, convirtiéndose en el director titular nº 13 en una larga lista que incluye a Lamote de Griñón, Hans von Benda, Napoleone Annovazzi, Heinz Unger, José Iturbi, García Asensio, Pedro Pírfano, García Navarro, Martínez Palomo, Benito Lauret, Manuel Galduf y Gómez Martínez. También Ferríz, Cervera Collado y Cifre estuvieron al frente sin firmar la titularidad.

No puede dudarse que en todo este tiempo, Traub, contra viento y marea, ha sabido desplegar su indudable carisma para ir calando, concierto tras concierto, entre los abonados del Palau que supieron diferenciar el polvo de la paja para terminar rindiéndosele en cada actuación. Ha pulido el sonido, ha renovado repertorio, ha llevado a la orquesta al extranjero, ha corregido hábitos y, sobre todo, se ha hecho de querer del público. No en balde ha sido el director mejor preparado de todos sus antecesores.

El director israelí, que llegó con el aval de Baremboim después de sus temporadas en Bayreuth y sus años en Chicago, tuvo el acierto de renovar los atriles con obras Richard Strauss, Sibelius, Elgar, Mahler, Bruckner, Bartok, Schönberg, Ibert und alter. No desperdició la ocasión de ofrecer el ciclo completo de las sinfonías de Beethoven (2009) y la integral de sus conciertos para piano (2010) con Rudolf Buchbinder. Lo mismo hizo con Mahler en la temporada 2010-11 siguiendo con las sinfonías de Brahms (noviembre 2011). Incluso se le pudo escuchar en el concierto para dos pianos de Mozart, dejando constancia de su pasado como virtuoso del teclado aunque su catálogo orquestal se ha basado, principalmente, en el repertorio romántico y posromántico. Y ahí reside el secreto de su éxito.

Para aderezar sus conciertos, Traub ha sabido rodearse de grandes solistas, destacando las apariciones de la gran Waltraud Meier, los violinistas Mullova y Kremer, los pianistas Lupu, Virsaladze, Bronfman, Baremboim, pero también ha contado con artistas españoles y valencianos como Joaquín Achúcarro, León Ara, Ofelia Sala, Ainhoa Arteta, Santiago Cantó, Enrique Palomares, Josu Solaun, Anabel García, Nancy Fabiola Herrera e incluso el cantautor Raimon. No menos loable son las generosas oportunidades dadas a tantos profesores solistas de la orquesta (madera, metal o percusión) reconfirmando la calidad de todos ellos.

Pero como en la mayoría de los matrimonios (de hecho o de desecho) hay momentos en los que es mejor darse un respiro y pasar página. Por el bien de ambas partes. Y ese momento llegó hace medio año cuando un alto porcentaje (76 %) de los músicos mostró su descontento con el maestro en momentos de no poca tensión. Y no faltó quien fuera con la «queja» al político de turno al que le vino de perlas la movida sinfónica para relevar a Traub, lo cual antes o después tenía que llegar. Pero hay formas. Y esta ocasión, no se tuvieron en cuenta.

Desde hace años son varios y buenos los directores de orquesta valencianos dentro de los circuitos europeos y americanos: Forés, Bernàcer, Sanchís, Tebar, Alapont, Albiach, los Gimeno, Vicent, Valero Terribas, Martínez o Sanz. De entre todos ellos se ha encomendado la titularidad a Ramón Tebar (València, 1978) a quien su sobresaliente trayectoria en los EE UU le han convertido en un reconocido director sinfónico y lírico en aquel país.

Finaliza, pues, la era Traub, un periodo ostensiblemente dilatado que podría haber tenido un mejor finale. Como premio de consolación se le nombrará director asociado de la OV. Su permanencia -solo superada por el periodo de Manuel Galduf- ha marcado un antes y un después en la vida sinfónica de la ciudad. Por eso, los ecos de sus versiones en la Sala José Iturbi, tardarán en apagarse. Shalom y amén.

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