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Música | crítica

Antítesis del bolo

Philippe Jaroussky

Palau de la Música

Ensemble Artaserse. Pro­gra­ma: Arias y fragmentos de conciertos de Händel. Lugar: Palau de la Música. Entra­da: Alre­de­dor de 1650 perso­nas. Fe­cha: Miércoles, 15 noviembre 2017.

El contratenor francés Philippe Jaroussky (1978) es desde hace años una de las grandes estrellas mediáticas de la lírica. Sin embargo, en sus recitales y conciertos es siempre la música eje y objeto de los mismos. Más allá del portento de su voz, y de esa expresividad contagiosa y fiel que distingue todas sus actuaciones, el miércoles, en su nueva actuación en el Palau de la Música, con un perfectamente hilvanado monográfico Händel, Jaroussky ha vuelto a hacer que la música, su poderosa capacidad de emocionar y de hacer sentir, sea protagonista de una de esas veladas que quedan marcadas para siempre en la memoria del melómano.

Todo, absolutamente, rezumaba calidad y honestidad artística. La antítesis del bolo. Detrás de la aparente y fácil naturalidad con la que se sucedían las diversas páginas de Händel que integraban el extenso programa -más de 100 minutos de música-, late un enorme esfuerzo cargado de profesionalidad y talento, en el que todo todo está sopesado al milímetro. Importa la música, en torno a la gira lo demás. Ya en la magníficamente interpretada obertura de Radamisto que abrió el programa a modo de aperitivo, se estableció el grado de excelencia que marcó todo la velada. Sin la participación aún del divo Jaroussky, los formidables instrumentistas del Ensemble Artaserse mostraron desde la primera nota que su cometido en absoluta iba a ser el de telonero o mero acompañante de la estrella.

Luego, con el listón ya así de alto y sin solución de continuidad, Jaroussky dejó sentir su voz en el aria Bel contento de la ópera Flavio, precedida del recitativo Son pur felice. La belleza del registro, la afinación milagrosa, la naturalidad de una voz que jamás se percibe forzada o artificiosa, cuyo brillo y pureza evoca los mejores momentos de Alfredo Kraus, fueron cualidades que se añadieron a la fidelidad estilística y fuerza dramática que el contratenor galo imprime a sus interpretaciones. Rara vez se siente con tal certeza que la ópera, además de pura música, es también puro teatro. Tal es la contagiosa convicción dramática de este Händel imborrable que no necesita escena ni artilugios para ser lo que es. Luego se sucedieron en el generoso festín händeliano recitativos y arias de Siroe, Solomon, Imeneo, Radamisto (Vile, se mi dai norte), Giustino y Tolomeo. Fue, sí, una verdadera exhibición vocal, proyectada desde esa asombrosa «normalidad» que el cantante dice haber alcanzado en sus interpretaciones virtuosas. Pero fue, sobre todo, el goce y la emoción de disfrutar del genio operístico de uno de los más grandes creadores líricos de la historia, muchas de cuyas óperas -¡43!- nada tienen que envidiar a las de colegas tan dispares como Monteverdi, Mozart, Wagner, Verdi, Prokófiev, Britten o Henze. El público, que casi abarrotó las 1.790 butacas de la Sala Iturbi, captó de inmediato las excelencias de todo tipo de este concierto ejemplar y perfecto. También ¡cómo no! se impregnó de la fuerte carga emocional que brotaba del escenario: de la voz de Jaroussky de los selectos instrumentistas del Ensemble Artaserse. El éxito fue, claro, monumental. Los bravos y aplausos arreciaron con énfasis al final, después de más de dos horas de programa. Aún llegaron tres bises más, siempre de Händel, anunciados y comentados por Jaroussky en un aceptable y afrancesado español. Podrían haber sido muchos más -a lo Sokolov-, pero la voz no permite los excesos del teclado. La famosa aria Ombra mai fu de la ópera Serse fue guinda de este concierto redondo.

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