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Delirio en la beneficencia

Obras de Falla, Cassadó. Mompou, Rodrigo, Guastavino, Ginastera, Ovalle, Ernesto Halffter, Hahn, Massenet y Chausson.

Salón de actos del Centre Cultural

de la Beneficencia (valència)

Fundación Columbus. Concierto Benéfico. María José Montiel (mezzosoprano), Ramón Tebar (piano) Ángel Luis Quintana (violonchelo). Entra­da: Alre­de­dor de 400 perso­nas. Fe­cha: Lunes, 11 diciembre 2017.

María José Montiel ha vuelto a su «queridísima» València. Y una vez más, la mezzosoprano madrileña ha dejado constancia de su categoría artística y a lucir esa vocalidad poderosa, dúctil y apasionadamente cálida que tanto la distingue. Ha sido en el marco hermoso pero poco musical del salón de actos del Centre de la Beneficencia, en un concierto benéfico promovido por la Fundación Columbus. Junto a la diva, el acompañamiento al piano del director de orquesta Ramón Tebar, y el añadido ocasional y -musicalmente- prescindible del violonchelista Ángel Luis Quintana.

La Montiel se volcó en un programa bien rodado y que le va como anillo al dedo. Las Siete canciones populares españolas de Falla volvieron a sonar en ella con desgarro, sensibilidad y vocalidad popular y a un tiempo liederista. Desde el arrojo del Polo a la intimidad susurrada de la Nana, de la expresión de la de la Canción a la vehemencia de la Seguidilla murciana o a la emoción de la jota, la Montiel se centró en la esencia de ese «folclore imaginario» que alienta las siete pequeñas joyas fallescas. El matiz, el detalle, la intención de la palabra, de la sílaba€ difícil imaginar una versión más clara, tan directa, tan desde el corazón, y dicha desde una vocalidad poderosa que la Montiel, artista de raza, lejos de exhibirla, la vuelca al servicio de una interpretación plena de luz y de destellos, y de intención. Hay que remontarse a las más grandes, a Victoria de los Ángeles, a Teresa Berganza€, para encontrar una interpretación tan fascinante y fiel.

Tras este inicio desde la cúspide, la Montiel transitó por el mundo íntimo de Mompou, del mejor Rodrigo -Pastorcito santo-, y por los pentagramas próximos pero allende el Atlántico de Guastavino y Ginastera, dichos con esa expresividad intensa, cómplice y auténtica que tanto la hace sintonizar con el público, que así hasta casi llega a sentirse coprotagonista de la interpretación. Cerraron la primera parte del programa dos joyas en las que ella es reina absoluta junto a la gran Victoria: la canción Azulao, del brasileño Jayme Ovalle y la nostalgia infinita y portuguesísima del fado Ai que linda moça, segundo título del ciclo Seis canciones portuguesas, compuesto por Ernesto Halffter en 1943, durante sus años lusitanos.

Contó con el acompañamiento desde el teclado de Ramón Tebar, un virtuoso que hace años ya que optó por la batuta, pero que mantiene vestigios de su clase como pianista. Brindó un acompañamiento cómplice, generoso, seguro y de oficio, aunque faltaran registros y colores. También timbres y detalles, como suele ocurrir cuando quien acompaña no es un especialista, como sí lo fueron Gerald Moore o, más cerca, el inolvidable Miguel Zanetti, que tanto colaboró con la Montiel.

Si no alcanzó la excelencia, el nuevo titular de la Orquesta de València salió bien airoso del brete de retornar furtivamente al piano. Particularmente en la segunda parte, en el colofón del recital, en un terreno para él tan familiar como la ópera. La Montiel se transformó en Dalila para bordar, bien acompañada por Tebar, una interpretación verdaderamente magistral, plena de sensualidad y opulencia vocal y escénica de la gran aria Mon coeur s´ouvre à ta voix, del Samson et Dalila de Massenet. Difícil imaginar hoy una versión más visceral, apasionada y convincente. Antes, en un universo más intimista y sugerente, la maravilla romántica de Le temps des lilas, de esa obra maestra que es el Poema del amor y del mar, de Chausson, donde María José Montiel dejó asomar sus rasgos más sugestivos y etéreos.

Tanto en el poema de Chausson como también en el aria de Dalila, cantante y pianista contaron con la colaboración del violonchelista Ángel Luis Quintana, que hizo sonar el estupendo instrumento Il Soldato. Se trata de una maravilla construida entre 1760 y 1770 por Giuseppe Gudagnini, adquirido por la Fundación Columbus, que ha tenido a bien cederlo al chelista. Su sonido centenario brilló en los Requiebros de Cassadó, en la Elegía de Massenet y una Meditación de Thaïs dicha a velocidad de vértigo.

El público que completó el aforo del singular salón de La Beneficencia se volcó con el canto seductor de María José Montiel. Aplaudió a rabiar y la colmó de bravos. Exitazo. Visiblemente emocionada -en «València me encuentro en casa», dijo en respuesta a tanto aplauso sin disimular unas lágrimas que casi no la dejaban hablar-, tuvo coraje aún para convertirse, fuera de programa, en una Carmen de armas tomar. ¡El delirio!

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