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Batir el cobre

Obras de Daugherty, Piazzola y Bernstein | Sociedad Filarmónica de València

Batir el cobre

Batir el cobre

Intérpretes: Carlos Apellaniz y Oscar Oliver, pianos; Jesús Salvador «Chapi» y Javier Eguillor, percusión.

Magnífico regalo anticipado de Reyes el programado por la SFV. Pero en esta ocasión los Magos fueron cuatro esplendidos músicos que programaron pentagramas del siglo XX. Con un repertorio escaso de duración pero rebosante de energía e intensidad, los duchos componentes del Liber-Quartet, literalmente encandilaron a los socios de la SFV desde la primera obra: el Concierto para timbales y orquesta sinfónica, (2003), del norteamericano Michael Daugherty (Iowa, 1954).

Acompañado al piano por Carlos Apellániz, la obra puso a prueba todas y cada una de las habilidades de Javier Eguillor, solista de la Orquesta de València, un auténtico y entusiasta virtuoso quien despachó la polirritmia de la obra con la valentía de quien amaestra partitura y timbales. Al acecho, cuidando cada matiz, Apellániz puso seguridad, precisión y solvencia, como sucede en todos sus trabajos. Fue un espectáculo total en el cual Eguillor, para el asombro filarmónico, supo como batir el cobre de sus cinco timbales.

Del «Libertango», de Astor Piazzola (Mar del Plata, 1921) se han hecho un sinfín de adaptaciones. Con Oscar Oliver al piano y Jesús Salvador «Chapi» al vibráfono, esta versión del tango libertario acusó la nada fácil compatibilidad de esos dos instrumentos. Quizá la disposición del piano, de espaldas y a tapa levantada, colaboró a que las sonoridades no llegaran con la nitidez deseada a pesar de la ejecución impecable de Chapi y Oliver. Peccata minuta.

La mirra final llegó con la selección de «Danzas» de West Side Story, el musical (1957) -y más tarde película (1961)- compuesto por Leonard Bernstein. Con la base del arreglo para dos pianos de John Musto (Brooklyn, 1954), los del Liber, a decir de una espectadora, hicieron visionar de nuevo toda la plástica de la película, gracias a un muy sólido estudio de los nueve fragmentos de la suite, una laberinto de melodías y ritmos, sorteado con decisivo oficio por los cuatro solistas. La intimidad del «Somewhere» y la brillantez del «Mambo» fueron sencillamente extraordinarias. Magos y maestros.

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